El País

Crítica: Ojos que no ven, corazón que no siente

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha: 20/04/2015
La mecánica del corazón

Lo mejor:
La película acaba por no dejar en muy buen lugar las tozudas aspiraciones románticas de sus protagonistas

Lo peor:
Lo errático de la historia no siempre tiene justificación expresiva

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 17/04/2015
  • Director: Stéphane Berla, Mathias Malzieu
  • Actores: Mathias Malzieu (Jack), Olivia Ruiz (Miss Acacia ), Grand Corps Malade (Joe), Jean Rochefort (Méliès), Rossy de Palma (Luna), Babet (Anna), Marie Vincent (Madeleine 1 ), Emily Loizeau (Madeleine 2), Arthur H. (Arthur)
  • Nacionalidad y año de producción: Bélgica, Francia, 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Hay muchos  Luc Besson. Su labor como director, guionista y, sobre todo, productor al frente de la compañía EuropaCorp es variada y prolífica hasta el punto de que empieza a resultar tan difícil de aprehender como la de un gran estudio. Entre las películas que auspicia Besson nos topamos con las absolutamente derivativas: la saga Taxi, Colombiana. Con las que, a pesar de serlo, tienen interés por el grado insólito de locura que manifiestan: VenganzaLucy. Y con esas rarezas que solo pueden gestarse en el seno de productoras con procesos automatizados, cuando sus engranajes aciertan por cualquier razón a cobrar vida propia, más allá de la función subsidiaria para la que habían sido diseñados.

Es el caso de  La mecánica del corazón, nueva apuesta de EuropaCorp por el lucrativo ámbito de la animación tras la ignota película de episodios Zéro un (2003), la serie Valérian & Laureline (2007), la trilogía  Arthur y los Minimoys (2006-2010) y el relato neogótico Un monstruo en París (2011), que ya esbozaba las líneas maestras del título que ahora nos ocupa: recuperación sombría del musical animado a lo Disney, que Pixar hizo parecer obsoleto y que la propia Mouse House ha revitalizado con éxito en  Frozen (2013); primacía de las atmósferas sobre la coherencia narrativa; la exigencia al espectador infantil de que vaya más allá de los imaginarios y las moralejas convencionales, ñoños, a que le ha acostumbrado la animación mainstream; y una autoconciencia en tanto artefacto cultural que trae aparejados guiños complejos –llenos de consecuencias para la ideología del relato– al propio cine, pero también a otros ámbitos expresivos.

La mecánica del corazón lleva tales características hasta el extremo. Su origen está en la novela homónima para adolescentes de Mathias Malzieu, que él mismo reinterpretó musicalmente en el sexto álbum de la banda que lidera, Dionysos, allá por 2007, y que ahora ha trasvasado al cine en su ópera prima como guionista y director, faceta esta última en la que se ha visto respaldado por Stéphane Berla. No hay modificaciones sustanciales de unos a otros medios en lo que respecta al argumento: el 16 de abril de 1874, "quizás el día más frío de la historia", nace en Edimburgo Jack. Su madre renuncia a cuidarlo y es la misteriosa y extravagante doctora Madeleine la que se hace cargo de él. Una labor nada fácil, ya que, debido a las circunstancias de su nacimiento, Jack ha nacido con el corazón congelado, lo que obliga a Madeleine a cambiárselo por un delicado mecanismo que no podrá soportar nunca que su dueño trastee con él, se encolerice o se enamore. Por supuesto, apenas llegado a su adolescencia, Jack se prendará de una artista callejera, y los avatares de esa relación le llevarán a romper también con las otras dos reglas impuestas para su supervivencia.

La típica fábula marcada por un enunciado arbitrario, un desarrollo errático, y una animación tan preciosista como desangelada, que menoscaba el efecto enternecedor de las canciones y de las cuitas folletinescas del protagonista desde que es niño hasta que roza la edad adulta. Poco a poco, sin embargo, la imposibilidad de aferrarnos emocionalmente a las imágenes, y el recurso promiscuo de estas al 3D, la magia del cinematógrafo primitivo (no podía faltar Georges Méliès), el tren, el circo y las atracciones de feria, van esbozando un escenario sincrético no tanto de referencias culteranas y fantasiosas pretéritas, como de nuestro imaginario sociocultural presente. Un imaginario que no tiene más remedio que terminar concretando unos perfiles incómodos en lo que se refiere a sus apuntes sobre el amor en los tiempos del ébola.

Y es que, lejos de constituirse en el típico y tópico romance con final feliz porque toca,  La mecánica del corazón plantea una relación entre un chico empeñado en sentir aunque su corazón no esté preparado para ello, y una chica cegada metafórica y literalmente por las ideas recibidas en torno al amor, cuyo final deviene comentario tan lúcido como melancólico sobre la imposibilidad de seguir aferrándonos en tiempos mutantes como los actuales a convenciones sentimentales trasnochadas. Un mensaje nada habitual en el cine popular occidental, no sabemos hasta qué punto prudente en una propuesta de este tipo, que procura desde ya a  La mecánica del corazón un hueco –el tiempo determinará de qué hondura– en el boom de la animación que vivimos desde hace un tiempo y que amenaza con saturarnos

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