Crítica: Ni pasión, ni calor

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La memoria del agua

Lo mejor:
La película intenta trascender la simple condición de drama, uno más, por el que será alabada

Lo peor:
Los interrogantes que se plantea en torno a su condición cinematográfica no son muy fructíferos

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 05/08/2016
  • Director: Matías Bize
  • Actores: Elena Anaya (Amanda), Benjamín Vicuña (Javier), Néstor Cantillana (Marcos), Sergio Hernández (Pedro), Silvia Marty (Mónica), Etienne Bobenrieth (Hernán), Antonia Zegers (Pamela)
  • Nacionalidad y año de producción: España, Alemania, Argentina, Chile, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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"Perdida ya la creencia / Que permite edificar / Estar y santificar / Habitamos en la ausencia / Después, se pierde de vista / A los seres más cercanos". La clarividencia melancólica de estos versos -incluidos en Configuración de la última orilla, flamante poemario de Michel Houellebecq- es idónea para aproximarse a este nuevo largometraje del guionista y realizador Matías Bize. Con películas como En la cama (2005) y La vida de los peces (2010), Bize se ha ganado en ciertos ámbitos críticos y festivaleros fama de cineasta intimista, sensible y humanista. Epítetos que ya no significan nada, que apelan a categorías sumidas en una crisis más profunda que nunca; sin ir más lejos, enlazan vía Google, ligados al nombre de Bize, a tantos o más textos que los resultados de emparejar en el buscador lugares comunes en otros sentidos como Michael Bay y "espectáculo". Y epítetos, lo más interesante, que se hallan sometidos a cuestionamiento en el cine mismo del autor, más despierto que muchos de sus exégetas.

 Para comprender qué busca el director chileno, hay que volver a recordar que ninguna película es comprensible en su justa medida por el espectador si este se limita a tasar hasta qué punto el metraje ha sido efectivo a la hora de ilustrar la sinopsis argumental que le animó a escoger en primera instancia ese título en cuestión, y no otro; si se limita a valorar hasta qué punto han quedado satisfechas las expectativas despertadas por su configuración emocional y cultural como individuo. Es del debate entre los tropos que conforman las imágenes, las alegorías y metonimias que florecen en el seno del plano y de la colisión entre unos y otros planos, de donde emana lo más profundo y auténtico que tiene que ofrecernos la ficción; crisol de valores expresivos, no narrativos ni discursivos.

 Por ello, La memoria del agua no es un drama sobre el proceso de duelo al que trata de sobrevivir una pareja, Javier (Benjamín Vicuña) y Amanda ( Elena Anaya), cuando pierden en un accidente a su hijo de cuatro años. Como En la cama no versaba acerca de la problemática del amor y el deseo en nuestros tiempos líquidos. Ni La vida de los peces sobre el error de pensar que el pasado existe, cuando el hincapié en sus vestigios solo sirve al propósito de maquinar cálculos ventajistas ligados al presente. Javier y Amanda, como la efigie esquiva del niño ahogado en su piscina, son en La memoria del agua figuras retóricas, a través de las cuales Bize nos habla de lo único que puede hablarnos en puridad: del duelo por unas maneras trasnochadas de representar la ausencia y el dolor, dado que hemos pasado a transitar unos tiempos en los que, quien más, quien menos, podría declamar -volvemos a Houellebecq- que "Ya no tengo interior / Ni pasión, ni calor; / Pronto me reduciré / A mi estricto volumen"; y de la posibilidad o no de edificar a través de las imágenes sentidos capaces de ennoblecer la falta de sentidos a que se ha abocado nuestra época, demasiado consciente, como le grita en un momento dado Amanda a Javier, de que "todos estamos solos en el universo y a nadie le importa una mierda".

 Como ha sucedido en otros estrenos recientes centrados asimismo, no por casualidad, en la pérdida y la aflicción - Truman (2015), El amor es más fuerte que las bombas (2015), Demolición (2015)...-, el drama esencial que plantea La memoria del agua, como subraya su mismo título, atañe a las dudas de su responsable en lo tocante a apelar a estereotipos sobre lo intimista, lo sensible y lo humanista en una época caracterizada ya por lo volátil y lo superficial, por la renuncia a la huella, la gravitas. Dudas que, todo hay que decirlo, están lejos de derivar en algo estimulante, por culpa de factores tanto creativos como ideológicos. Elena Anaya no sabe, o no le han sabido explicar, en qué tipo de película se halla, y tira nuevamente de un histrionismo gestual que está fuera de lugar. Las formulaciones de la puesta en escena son vulgares y reiterativas, a lo que contribuyen unas labores de fotografía y ambientación musical que en ocasiones remiten a lo televisivo o a los anuncios amparados por el Ministerio de Hacienda. Y, en líneas generales, Matías Bize pretende apelar a una elegancia y una sutileza en la plasmación de los sentimientos que es estéril, reflejo incómodo de este tiempo átono y lábil que nos ha tocado vivir. Como las anteriores películas de Matías Bize, La memoria del agua es más interesante de lo que está dando a entender lo que escriben sobre ella sus admiradores, pero menos de lo que podría esperarse una vez aprehendida en sus propios términos.

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