Crítica: Esculpir en el tiempo

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
La muerte de Luis XIV

Lo mejor:
Sus hipnóticos últimos minutos, que difuminan las fronteras entre el cine y otras formas del audiovisual

Lo peor:
Que la sutileza de sus mecanismos formales pueda hacerla pasar por la película más conservadora de Serra

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  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 25/11/2016
  • Director: Albert Serra
  • Actores: Jean-Pierre Léaud (Luis XIV), Patrick d´Assumçao (Fagon, el médico), Marc Susini (Blouin), Bernard Belin (Maréchal), Irène Silvagni (Madame de Maintenon), Vicenç Altaió (Le Brun), Jacques Henric (Padre Le Tellier)
  • Nacionalidad y año de producción: España, Portugal, Francia, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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El plano que cierra el último largometraje del realizador catalán Albert Serra supone una síntesis sutilmente irónica y precisa de la actitud que se halla tras las incansables búsquedas del director de Honor de Cavalleria (2006) o Historia de mi muerte (2013), situándose en las antípodas del que culminara Malditos bastardos ( Quentin Tarantino, 2009): mientras en aquel, de frente a la cámara, Aldo Raine ( Brad Pitt) aseguraba "esta es mi obra maestra", el filme que nos ocupa concluye con Fagon, el médico real (Patrick D´Assumçao), mirando a los ojos del espectador y prometiéndole que la próxima vez lo hará mejor. Una labor obsesivamente ligada a la subversión de los relatos hegemónicos y códigos arquetípicos asociados a ellos en la cultura occidental, reinventados mediante el sacrificio de las aristas narrativas en el altar de la imagen sublimada. Importan menos las vivencias relatadas que la poética del desvío que aplica Serra: la iconoclastia que lleva a volver a aprehender lo consensuado reorientando la mirada, distanciándola de los meandros de la narración.

 Un ejemplo privilegiado de ello lo encontramos en la estupenda El canto de los pájaros (2008), crónica del viaje de unos reyes magos sin Baltasar negro, ni camellos, ni estrella que los guíe hasta el belén donde María ha dado luz al hijo de Dios. Empleando un recurso similar al de la posterior El caballo de Turín (Béla Tarr, 2011), en una escena los dubitativos monarcas de Oriente se alejan hacia el horizonte, aparecen y desaparecen del plano, vagando frente al ojo de una cámara impávida que nos impulsa a dudar del sentido de su gesto, de lo fructífero de la aventura que han emprendido, de la fecundidad espiritual de su desplazamiento. Como vemos, los malabares formales en Serra se hallan fuertemente relacionados con un ominoso discurso existencial.

 En La muerte de Luis XIV, las expresiones inefables del rostro pétreo de Jean-Pierre Léaud devienen en figuración tarkovskiana, sincrética, capaz de proyectar múltiples significados a propósito de la vida interior del moribundo protagonista. Un ser pensativo y melancólico en quien se concretan los conflictos derivados de la imposibilidad de trascender un medio, el cuerpo, que siempre limita de una manera u otra el ejercicio absoluto de la voluntad. Un ser a punto de liberarse de las frivolidades de la existencia pero, a su vez, caprichosamente dependiente todavía de ellas; como el propio Serra, quien persigue tenazmente el sueño de un estadio despojado, inédito, del audiovisual, pero frustradamente atrapado en otro ´cuerpo´: el cinematográfico.

 Las excelencias plásticas de los encuadres y la perfecta simbiosis expresiva entre imágenes y diálogos de La muerte de Luis XIV no deben despistarnos: lo que menos importa aquí es la Historia y lo que representó el ocaso de este hombre-Estado. La agonía se manifiesta como máxima expresión del cine en tanto arte de las imágenes mutando en el tiempo, y símbolo de la ansiedad inagotable de un artista vocacionalmente experimental atrapado en un medio que lucha por trascender. En un tramo final al borde del videoarte, se produce ese extraño sortilegio que a veces -ya ocurría en los minutos postreros de Historia de mi muerte- transforma la película en algo distinto, inefable: la reiteración dramática, sumada a la combinación de una continuidad en el montaje del sonido con las elipsis de lo narrado, nos conducen a un estadio alucinatorio y único de la percepción de lo temporal.

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