El País

Crítica: Arte y simulacro

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
La última canción

Lo mejor:
El retrato en off de Hunter, el músico fallecido.

Lo peor:
La afectación de Jason Sudeikis y Rebecca Hall en su afán por resultar encantadores.

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  • Género: Comedia romántica
  • Fecha de estreno: 30/12/2016
  • Director: Sean Mewshaw
  • Actores: Jason Sudeikis (Andrew McDonnell), Dianna Agron (Finley), Joe Manganiello (Curtis), Rebecca Hall (Hannah), Blythe Danner (Ellen), Maggie Castle (Shannon), Alex Quijano (Ben)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Canadá, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Como las recientes Life (2015), The End of the Tour y El editor de libros (2016), La última canción es una película centrada en la tortuosa ligazón del artista contemporáneo con el mundo que le rodea y, en especial, con una burbuja mediática capaz en base a su propia agenda de endiosarle, malinterpretarle y, si se tercia, sacrificarle. Tema estructurado en unos y otros casos a través del punto de vista de un cronista, tan sensibilizado por el talento del creador en cuestión, como por las exigencias de una esfera pública hiperreal más interesada casi siempre en el personaje del actor, el escritor o el compositor, que en sus obras.

Lo que diferencia a La última canción de las restantes películas citadas, es que no se basa en figuras existentes, y el artista en cuestión ha fallecido cuando arranca el metraje; lo que se debate en ella, por tanto, es el sentido que ha de adoptar su legado. Los protagonistas del filme, escrito por los noveles Desi van Til y su pareja, Sean Mewshaw -que debuta asimismo como realizador-, son Hannah (Rebecca Hall), poetisa amateur y viuda de un cantante folk de Maine, Hunter, que obtuvo gran repercusión popular merced al único álbum que tuvo oportunidad de publicar; y Andrew (Jason Sudeikis), un profesor de universidad neoyorquino que quiere materializar una biografía sobre el fallecido. Con ese objetivo, contacta con Hannah, que resulta estar elaborando también un libro conmemorativo de la relación que mantuvo con su esposo.

Aunque sus perspectivas sobre Hunter no pueden ser más diferentes, y no se caen muy bien al encontrarse, Andrew y Hannah acuerdan por el bien de la imagen del muerto que se concrete antes la biografía, para lo cual el primero se muda temporalmente a casa de la segunda a fin de familiarizarse con el entorno y los conocidos del músico. Ello da lugar a una serie de situaciones de progresiva intimidad entre la viuda y el académico, incluido un toma y daca en torno a las expectativas y necesidades de cada cual a partir de la admiración que ambos sienten por las canciones de Hunter; pulso susceptible de trasladarse a las reacciones de los fans cuando el libro salga a la luz.

Es el aspecto realmente sugestivo de La última canción, aunque a punto esté de quedar sepultado por dos decisiones creativas muy discutibles, puede que exigidas por los productores para que el proyecto de Van Til y Mewshaw viese la luz, tras la friolera de nueve años en preparación. La primera, articular la relación entre Andrew y Hannah en términos de comedia romántica y pintoresca, lo que desvirtúa el argumento de fondo e irrita; tanto por su torpe evolución, como porque Rebecca Hall y Jason Sudeikis tratan de suplir la falta obvia de química entre ellos apelando al mohín histriónico.

La segunda decisión errónea atañe, a nuestro juicio, a que La última canción, una producción independiente, intenta travestirse, a fin de brindar una fachada apetecible para cierto target de público, con los ropajes de algo diferente: una producción indie. Su estereotipada estética, en la que juegan papel decisivo el diseño de producción y vestuario, y la fotografía de Seamus Tierney -cómplice ya de imposturas similares como Adam (2009) y Happythankyoumoreplease (2010)-, hace de la película un ejemplo paradigmático de ese mercado cultural al margen sintomático de los últimos años. Resulta paradójico que, tratando La última canción de la pureza de lo artístico y su posible corrupción vía las manipulaciones interesadas del receptor o la influencia del capital, se revele un simulacro absoluto a la medida de determinadas sensibilidades. Incluyendo en su recurrir, para que preste voz al cantante de la ficción, Hunter, a un músico real como Damien Jurado; "trovador en cinemascope de un extraño magnetismo forjado en una dimensión paralela", según alguna desquiciada revista de tendencias.

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