El País

Crítica: Mamá, mamá, ¿ese es Hannibal Lecter?

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Las nuevas aventuras de Caperucita Roja

Lo mejor:
Clarice Starling como señora de la limpieza en una institución psiquiátrica

Lo peor:
Imaginar cómo puede dejarle el cerebro la película a una criatura impresionable.

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  • Género: Animación
  • Fecha de estreno: 29/08/2014
  • Director: Mike Disa
  • Actores: Hayden Panettiere (Caperucita Roja), Glenn Close (Abuelita Puckket), Cheech Marin (Mad Hog), Patrick Warburton (el gran lobo malo), Joan Cusack (la bruja Verushka ), David Ogden Stiers (Nicky Flippers), Bill Hader (Hansel), Amy Poehler (Gretel), Cory Edwards (Twitchy), Martin Short (Kirk the leñador), Brad Garrett (el gigante)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2011
  • Calificación: Todos los públicos y especialmente recomendada para la infancia

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Tres años después de su calamitoso estreno en Estados Unidos, nueve después de que fuese realizado el film original, llega a las pantallas españolas esta secuela de una producción animada independiente y singular, La increíble pero cierta historia de Caperucita Roja (2005). El objetivo evidente, que los niños obliguen este verano por última vez a que sus padres pasen por las taquillas de los cines.

 Sin embargo, la sonrisa ilusionada de los chavales puede devenir rictus, habida cuenta de lo extraño de una película destinada a ellos que no duda en hacer decir a Caperucita Roja "nos patearemos las calles para ver quién está detrás de esos matones" o en incluir guiños a películas de terror como Psicosis (1960) y El silencio de los corderos (1991).

 La increíble pero cierta historia de Caperucita Roja seguía la estela de Shrek (2001) y sus secuelas, al transformar el cuento clásico sobre Caperucita Roja en un ejercicio gamberro y referencial de intriga, muy pobre en lo relativo a la animación, pero con una cierta coherencia en su excentricidad, que por otra parte procuraba no caer de lleno en lo ofensivo. Las nuevas aventuras de Caperucita Roja, sin embargo, insiste en unos aspectos técnicos feos, de tercera categoría, dignos de esas producciones videográficas infantiles que se venden en gasolineras codo a codo con películas porno, pero a cambio no brinda ningún asomo de lógica interna en su argumento o sus gags; lo que puede hacer de ella una propuesta muy poco recomendable a pequeña edad, pero también un futuro clásico de culto que disfrutar en la adolescencia con amigos y entre nubes de marihuana y alcohol.

 El disparate se percibe ya en las primeras escenas, que nos presentan a unos personajes apenas ligados a lo que fueron en La increíble pero cierta historia de Caperucita Roja. Ahora, Caperu, su abuelita, el Lobo Feroz y Balita, la pequeña ardilla atiborrada siempre de cafeína -clonación contrahecha de la Scratch de Ice Age (2002)- forman parte de la organización secreta Hoy Estamos Alegres, dedicada a procurar finales felices a los cuentos de siempre. En el prólogo, la HEA no solo fracasa a la hora de liberar a Hansel y Gretel de las garras de la bruja, sino que la abuelita es secuestrada; ello obligará a Caperucita Roja, que estaba como el Bruce Wayne de Batman Begins (2005) tratando de reconducir espiritualmente su agresividad en un santuario recóndito, a volver al seno de la HEA, y a liderar la operación de rescate de los niños golosos y su abuela.

 Arranca así una aventura episódica, un desvarío, que abarca numerosos registros -de James Bond a la superproducción catastrofista, pasando por los videojuegos de plataformas y secuencias de transición ilustradas por temas pop- y en el que nos topamos con los tres cerditos llevando máscaras de gas y disparando lanzagranadas, o con una cabra que en la anterior ocasión tenía un papel de cierta relevancia, y que ahora se limita a sufrir accidentes que hacen de ella algo entre el Coyote de los cartoons de la Warner y el Kenny de South Park

 Por aquello de simular una duración estándar de hora y media, ni más ni menos que once minutos de créditos finales culminan esta marcianada, aunque en puridad el relato no supere los setenta y cinco. Demasiado metraje, de cualquier manera, para una película en la que los planteamientos y los esfuerzos de sus artífices han recorrido caminos tan tortuosos, que han logrado que las imágenes rocen a veces lo dadaísta. Por desgracia, el noventa por ciento de los niños no sabrán apreciarlo. Se limitarán a removerse en la butaca, tratando de que el pánico no acabe llevándoles a hacerse encima sus necesidades.

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