El País

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Crítica: Melancolía

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Las sillas musicales

Lo mejor:
La imagen crepuscular que se nos brinda de Francia

Lo peor:
Carmen Maura, de nuevo con bata y chanclas

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 28/08/2015
  • Director: Marie Belhomme
  • Actores: Isabelle Carré (Perrine), Carmen Maura, Philippe Rebbot
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Lo pretendan o no en cada caso sus artífices, existen no pocos paralelismos entre la práctica cinematográfica de la comedia y la del terror, en virtud de la extrañeza, la incomodidad, que ambos géneros proyectan en lo que respecta a nuestra ligazón con lo consensuado como real. En el primero de los casos, bien puede suceder que la sonrisa vaya convirtiéndose poco a poco en rictus en el rostro del espectador. En el segundo, que termine por aflorar la risa histérica ante lo grotesco de los horrores que es capaz de brindarnos nuestro mundo.

 Resulta difícil precisar si es la ambición o la incompetencia de sus responsables la que hace de Las sillas musicales una comedia de terror, un ejercicio de terror cómico; pero lo cierto es que su metraje transmite una desazón continua, como si su directora y co-guionista, la debutante Marie Belhomme, y su protagonista, la veterana Isabelle Carré -nominada a los premios César del cine francés hasta en ocho ocasiones, se alzó con el galardón gracias a Acordarse de las cosas bellas (2001)- hubiesen tenido en mente hacernos reír para que no lloremos o, con más exactitud, para que no temblemos.

 Carré, adicta a la interpretación de personajes aquejados de todo tipo de lacras patológicas o psicopáticas, persiste en tal querencia al dar vida en Las sillas musicales a Perrine, una mujer que atraviesa la crisis de los cuarenta sumida en la precariedad laboral y el desamparo emocional más absoluto. Como indica el título de la película, Perrine está a punto de perder definitivamente el célebre juego que consiste en competir por sentarse a tiempo en una silla para no quedar eliminado; en su caso, de la vida.

 Apenas iniciada la película, comprendemos que Perrine no tiene ninguna oportunidad de habitar la cotidianidad; pero el destino le brinda una de esas circunstancias singulares, estrafalarias, que a un individuo integrado le abocarían a la desesperación y que a personas como ella le vienen como anillo al dedo: en un accidente, la violinista que se gana la vida disfrazándose de plátano para ejercer como animadora sociocultural en asociaciones de ancianos tentados por el suicidio, deja en coma a un profesor de música; Perrine oculta su responsabilidad en el hecho, y pasa mórbidamente a ocuparse del enfermo durante su convalecencia en el hospital y a vampirizar lo que constituía su día a día..

 Han sido muchas las comedias románticas que han planteado un escenario extravagante similar al descrito con el objetivo de sorprender al espectador con una historia de amor diferente, de hacernos comprender que por frustrados que nos sintamos en nuestras relaciones sentimentales siempre es factible que surja algo de la manera más inesperada. Pocas veces, sin embargo, se ha plasmado tal argumento con una estrategia visual tan chocante como la que se percibe en las imágenes de Las sillas musicales: con una labor de cámara y dirección artística feísta, lánguida, la película opone al carácter contrahecho de Perrine un paisanaje humano y social fantasmal, casi post-apocalíptico.

 De resultas de ello, aunque en términos objetivos de ingenio, ritmo y verosimilitud la cinta hace aguas por todas partes, acaba erigiéndose en simpática vindicación de lo melancólico, lo demente, a la hora de hacerse un hueco en una existencia que la colectividad transforma para su supervivencia en un páramo de mediocridad intelectual y emocional. Y, en segunda instancia, nos ofrece una de las visiones de la sociedad francesa más desoladoras que se han visto en la gran pantalla en mucho tiempo. En este sentido, Las sillas musicales actúa como recomendable contrapeso al cine galo que llega un viernes sí y otro también a España para complacencia del público afecto a la versión original subtitulada, por lo general de una superficialidad y una petulancia exasperantes.

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