El País

Crítica: Lo que queda del Dogma

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Lejos del mundanal ruido (2014)

Lo mejor:
Hacía tiempo que Craig Armstrong no componía una banda sonora tan inspirada

Lo peor:
Todos los atractivos aparentes de la película en su primera mitad se revelan lastres en la segunda.

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 12/06/2015
  • Director: Thomas Vinterberg
  • Actores: Carey Mulligan (Bathsheba Everdene), Juno Temple (Fanny Robin), Michael Sheen (William Boldwood), Matthias Schoenaerts (Gabriel Oak), Tom Sturridge (Sargento Troy), Jessica Barden (Liddy), Hilton McRae (Jacob Smallbury), Eloise Oliver (bailarina), Jamie Lee-Hill (Laban Tall), Bradley Hall (Joseph Poorgrass)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Coincide el estreno de esta cuarta adaptación de la novela homónima escrita por Thomas Hardy en 1874, con el cumplimiento de veinte años desde que su director, Thomas Vinterberg, firmase junto a Lars von Trier el manifiesto danés Dogma 95. Con el mismo, se pretendía advertir de cierto estancamiento creativo del cine recién cumplido un siglo de su existencia, y de purificar y revitalizar el medio de acuerdo con una serie de normas espartanas de realización que materializaron films como Los idiotas (Lars von Trier, 1998) y Celebración ( Thomas Vinterberg, 1998).

 El manifiesto Dogma dio lugar a un movimiento, al que también se sumaron directores como Kristian Levring, Jean-Marc Barr y Susanne Bier, que fue difuminando poco a poco sus estrictos rasgos hasta devenir una suerte de declaración de intenciones formal; menos una manera de reinventar lo narrativo y lo dramático, que de adaptar sus perfiles a las mutaciones del audiovisual que por entonces empezaban a apuntar maneras. Transcurridas dos décadas, resulta obvio que el Dogma 95 no ha sabido imponerse ni siquiera al talante artístico de su principal impulsor, Lars von Trier, como evidencian Melancolía (2011) y Nymphomaniac (2013). Pero eso es comprensible: lo importante de una tendencia no es que se erija en canon, sino que marque huellas indelebles en el rumbo del ámbito en que se inscribe...

 Y es aquí donde se plantea el problema grave: viendo Lejos del mundanal ruido, uno se pregunta por la valía y profundidad de esas huellas, y la respuesta no es muy alentadora. Teniendo en cuenta además que la novela de Thomas Hardy y la versión dirigida en 1967 por John Schlesinger establecían una relación apasionante en torno a los argumentos que ambas compartían -el individuo y las coerciones sociales, la independencia de la mujer frente a un orden patriarcal arraigado, los afanes existenciales y las burlas del destino-, es todavía más decepcionante la actitud que Vinterberg, en complicidad con un guionista de muy escaso vuelo, David Nicholls, ha adoptado.

 Y es que las peripecias de una joven que trata de imponer su voluntad a una Inglaterra rural y victoriana que ejemplifican tres pretendientes a casarse con ella, son transformadas por Vinterberg y Nicholls en una mezcla de melodrama y comedia romántica de la que resulta difícil extraer lecturas de ningún tipo en lo referido al marco social, los roles de género, o los comportamientos de los propios personajes. No cabe negar que también hay en esta Lejos del mundanal ruido un deseo por interactuar con la novela de Hardy y la adaptación de Schlesinger, pero en la práctica solo se consigue a un nivel absolutamente superficial.

 La estrategia, por discutible que nos parezca, era susceptible de quedar validada por su acierto cinematográfico; es decir, podría llegar a parecernos hasta subversivo, muy sintomático de nuestra época en cualquier caso, que la obra de Hardy fuese convertida en un producto idóneo para que vírgenes y señoras mayores lancen hondos suspiros una sobremesa de domingo entre comentario y comentario sobre lo bonito del vestuario y la fotografía. Pero es que, incluso así, Lejos del mundanal ruido está lejos de funcionar, pasada una primera mitad en la que el atractivo de los protagonistas y la ambientación logran distraernos. Después, queda en evidencia que los actores se están limitando a poner mohínes y pucheros -en especial Carey Mulligan- ante lo endeble de los diálogos y las situaciones que tienen entre manos, y que no existe ningún control sobre el desarrollo de la historia, en la que los acontecimientos empiezan a precipitarse porque así sucedía en la novela de Hardy, no en base a la organicidad de lo planteado por Nicholls y Vinterberg.

 En este último, por cierto, recae la responsabilidad última de que la película esté a punto de sucumbir a la catástrofe. Su estilo, que sigue siendo desde los tiempos del Dogma el de la cámara trémula e impresionista y el montaje brusco -véanse Submarino (2010) y La caza (2012)-, se revela a estas alturas tan académico como años ha podría serlo el de un James Ivory; perfectamente asimilable al de una serie televisiva cualquiera o, peor, un anuncio de colonias o ropa de lujo. No faltan soluciones brillantes de realización y montaje, ni la atención habitual de Vinterberg a la expresividad de los actores. Pero, en líneas generales, Lejos del mundanal ruido es un fiasco, y más si se compara a la reciente Serena (2014), en la que otra feligresa en su momento del Dogma, la ya citada Susanne Bier, se enfrentaba también a un material lejano culturalmente a su sensibilidad, y atinaba al menos a plasmar en pantalla una mirada de extrañeza sobre lo melodramático que atañía al espectador.

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