El País
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Crítica: El verano de nuestro descontento

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Les combattants

Lo mejor:
La química entre los dos jóvenes protagonistas

Lo peor:
Las enternecedoras pretensiones de originalidad en registros muy codificados

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 07/08/2015
  • Director: Thomas Cailley
  • Actores: Adèle Haenel (Madeleine Beaulieu), Kévin Azaïs (Arnaud Labrède), Antoine Laurent (Manu Labrède), Brigitte Roüan (Hélène Labrède), William Lebghil (Xavier), Thibaut Berducat (Victor), Nicolas Wanczycki (teniente Schlieffer), Maxime Mège (Adrien), Clément Allemand (Jordan)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Tal y como puso de manifiesto la entusiasta recepción crítica y popular que se le dispensó en la última edición del Festival de Gijón -certamen abonado en años recientes a una idea de cine joven y alternativo no tan revulsiva como se pretende transmitir-, Les combattants es una tragicomedia romántica más convencional de lo que dan a entender unas formas ariscas en comparación a las que ostenta el grueso del cine comercial francés que llega a la cartelera española, y un personaje femenino protagonista igualmente huraño, poco habitual en el imaginario mainstream.

 Ella es Madeleine ( Adèle Haenel), una chica introvertida, nada proclive a efusiones amorosas, y obsesionada con la inminencia del Apocalipsis, de la que se encapricha apenas iniciado el verano Arnaud (Kévin Azaïs), un joven al que la muerte de su padre ha desorientado emocionalmente. Tras una experiencia laboral a las órdenes de su hermano mayor no demasiado gratificante, Arnaud se enrola siguiendo los pasos de Madeleine en un cursillo de entrenamiento y supervivencia organizado por el ejército. Durante el mismo, ambos tendrán la oportunidad para bien y para mal de conocerse mejor pero, sobre todo, de testar frente al otro y ellos mismos de qué están hechos realmente, más allá de las fachadas de carácter que han erigido para protegerse ante la llegada próxima de la madurez.

  Les combattants supone el debut en el ámbito del largometraje de su co-guionista y director, Thomas Cailley, nacido en 1980. Los cuatro cortos previos en que se ha forjado como escritor y/o realizador, anticipan las inquietudes de que da cuenta Cailley en esta su puesta de largo. En ellos, por lo general, los personajes están en el umbral de la edad adulta, pertenecen a una clase media que se percibe amenazada por una precariedad ideológica y económica creciente, y se ven obligados por las circunstancias a desarrollar una serie de habilidades para abrirse paso en la vida que, a la postre, tienen que ver tanto con la subsistencia material como con el aprendizaje de un nuevo alfabeto sentimental para el que su entorno familiar y global había fallado hasta entonces en adiestrarles.

 Madeleine y Arnaud responden punto por punto a ese perfil, y, por tanto, las peripecias por las que atraviesan en Les combattants ostentan un marcado talante generacional y social. Que la película se titule los combatientes, que en sus primeras escenas muestre a Arnaud y su hermano construyendo con sus propias manos un ataúd en condiciones para su padre, que las calles y las playas y los locales nocturnos se nos pinten fantasmagóricos, que la zona donde transcurre la acción esté siendo devorada por incendios forestales, poco a poco nos va señalando con claridad que los vaticinios cataclísmicos de Madeleine y las inseguridades de Arnaud, que responden en primera instancia a sus respectivos talantes individuales, son también signos subconscientes de sus temores y sus aspiraciones ante un panorama colectivo sin duda desalentador, que lleva coqueteando con la catástrofe el tiempo suficiente como para ser víctima de un desliz fatal en cualquier momento.

 Por lo demás, gracias principalmente a la química entre ellos que establecen en pantalla Adèle Haenel y Kévin Azaïs, la película funciona bien a grandes rasgos en los registros de lo (secamente) humorístico, lo (ligeramente) dramático y lo (esquinadamente) romántico. Aunque, como apuntábamos al comienzo, las estrategias empleadas por Cailley para que no caigamos en la cuenta de que nos está planteando lo de siempre son menos novedosas y rupturistas de lo que se piensa, y, además, están lejos en ocasiones de concretarse con plena efectividad. Véase, en especial, la larga y dubitativa introducción a la presencia de los chicos en el campamento.

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