El País

Crítica: Autoría de diseño.

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha: 02/01/2015
Leviatán

Lo mejor:
El incómodo y cruel sentido del humor que aflora en algunos instantes

Lo peor:
Que aún nos cueste entender que películas así puedan ser productos tan prefabricados como cualquier telefilme de sobremesa

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 01/01/2015
  • Director: Andrey Zvyagintsev
  • Actores: Aleksey Serebryakov (Nikolay), Elena Lyadova (Lilya), Vladimir Vdovichenkov (Dmitriy Seleznyov), Roman Madyanov (Mer), Anna Ukolova, Sergey Pokhodaev, Lesya Kudryashova (Yulya)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Cuando Andrei Zvyagintsev presentó en el Festival de Venecia su ópera prima, El regreso (2003), alzándose con el León de Oro, se convirtió de manera automática en uno de los autores jóvenes más reputados del cine europeo actual. El aplauso crítico y el favor de los jurados han ido acompañando al resto de sus trabajos, dramas sombríos como The Banishment (2007) o Elena (2011), de los que se ha alabado, entre otras virtudes, la laboriosa arquitectura visual, el sabio manejo por parte del realizador de un amplio instrumental de recursos cinematográficos,  el sugestivo hermetismo de las imágenes y un don extraordinario para «oler la psicoesfera» de la Rusia actual.

 Su última película hasta la fecha, Leviatán, es la más ambiciosa de todas tanto por su sofisticación narrativa como por sus pretensiones alegóricas, y marca asimismo la definitiva consolidación de su máximo responsable, quien se expande hacia nuevos nichos de audiencia al competir, por primera vez, en los Globos de Oro, los Independent Spirit Awards y los Critic Choice Awards, amén de haber sido premiado en Sevilla y Cannes. A grandes rasgos, Leviatán cuenta la historia de Kolya (Vladimir Vdovichenkov), dueño de un taller mecánico que vive con su mujer e hijo a orillas del mar de Barents y que asiste, furioso pero impotente, a la descomposición de su familia y a la destrucción de las raíces que lo unen a la tierra que habitaron sus antepasados durante varias generaciones. La pretensión última de Zvyagintsev es elaborar un fresco desesperanzador de la Rusia de hoy, masacrada por una corrupción que no afecta únicamente a lo político y lo económico, sino a las tradiciones y fundamentos sobre los que se asienta la nación.

 Sin embargo, Leviatán se ve aquejada de los mismos problemas que las producciones previas de Zvyagintsev, agravados a fuerza de impostura: plano a plano, el cineasta trata  de modular —estilización mediante— un tono solemne, afectado, que solamente contribuye a inflamar las carencias del largometraje. Lejos de configurar un estilo, el director invoca figuras retóricas y ecos audiovisuales que popularmente se asocian al mejor cine de autor europeo, incluyendo, por supuesto, referencias oblicuas a tótems como Andrei Tarkovski, Alexander Sokurov, Theo Angelopoulos o Michelangelo Antonioni. Una puesta en escena manierista, planos generales de paisajes insinuantes, el uso del fuera de campo en los momentos más dramáticos, la profusión de tiempos muertos, una narrativa libre de ataduras —que aquí se traduce en una terrible arbitrariedad—, escenas que sitúan a los desconcertados personajes frente a la vastedad del entorno y las consabidas dosis de exotismo son algunos ejemplos de cómo Zvyagintsev ejerce el simulacro de la autoría.

Leviatán cae por su propio peso, en primer lugar, al negarse a dejar un resquicio para que el espectador filtre su mirada, reflexione y extraiga sus conclusiones sobre lo que está viendo y escuchando; las ampulosas imágenes —pese a los fatigosos esfuerzos formales— no dicen más que lo que enuncian, atrapadas en un uso unívoco, elemental, de lo simbólico. En segundo lugar encontramos la formulación deshilachada del filme, una falta alarmante de cohesión interna que vislumbramos, especialmente, en los artificiosos golpes de trascendentalismo que colisionan contra el fondo costumbrista de Leviatán. Con todo, y visto lo visto, ya es hora de reconocerle a Zvyagintsev un talento admirable para conjurar triunfalmente la ilusión de un sello creativo.

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