El País

Crítica: Justicia poética

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Lío en Broadway

Lo mejor:
Imogen Poots

Lo peor:
Muchos espectadores no dispondrán ya ni de las claves que les permitirían disfrutar con plenitud de la película

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 24/07/2015
  • Director: Peter Bogdanovich
  • Actores: Owen Wilson (Arnold Albertson), Jennifer Aniston (Jane Claremont), Imogen Poots (Isabella Patterson), Quentin Tarantino (Quentin Tarantino), Kathryn Hahn (Delta Simmons), Lucy Punch (Kandi), Debi Mazar (Vickie), Rhys Ifans (Seth Gilbert), Will Forte (Joshua Fleet), Colleen Camp (Cece), Ahna O´Reilly (Elizabeth), Cybill Shepherd (Nettie Finkelstein)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Tiene mucho de justicia poética que Peter Bogdanovich vaya a estrenar en nuestro país justo en el verano de 2015. El ensayista y cineasta norteamericano, que tuvo su momento de gloria entre El héroe anda suelto (1968) y Luna de papel (1973), sobrevive desde hace décadas en la industria a base de practicar un clasicismo deudor explícito de la Edad de Oro de Hollywood que ha hecho de él un dinosaurio. Como, salvando las distancias que se quieran, José Luis Garci en España, Bogdanovich ejerce como figura pública y como realizador el papel de intelectual melancólico, de militante a favor de un cine pretérito y en contra del actual, lo que ha llegado a costarle no pocas burlas.

Sin embargo, de manera imprevista, figuras como las de Bogdanovich y Garci han pasado a erigirse en precursores visionarios de la juventud presente, encantada cuando alaba indiscriminadamente títulos como Jurassic World (2015), Terminator Génesis (2015) o Mad Max: Furia en la Carretera (2015) de abonarse a una cinefilia plañidera, acrítica, que cifra en las películas producidas hace tan solo veinte o treinta años la Arcadia del cine. Una epidemia de nostalgia a destiempo, grotesca, que con el estreno de Star Wars Episodio VII en navidades alcanzará proporciones apocalípticas, y que para colmo de paradojas hace gala de un rigor analítico y referencial muy inferior a los manifestados por un setentón como Garci en Tiovivo c. 1950 (2004) o por un casi octogenario como Bogdanovich en Lío en Broadway.

Hacía casi quince años que Bogdanovich no lograba concretar un largometraje, desde El maullido del gato (2001). Si el que nos ocupa ha visto la luz es gracias a la implicación como productores de dos fans, ambos a su vez directores, Wes Anderson y Noah Baumbach, a quienes secundan cómplices en la carrera y la vida de Bogdanovich como la actriz Colleen Camp, Antonia (su hija) y Louise Stratten (su ex-mujer, asimismo co-guionista del film). Todos ellos se han prestado a que el autor de clásicos como La última película (1971) y ¿Qué me pasa, doctor? (1972) se marque un ¿último? autohomenaje a su manera de entender el cine a través de las peripecias en flashbacks de Izzy ( Imogen Poots), tal y como esta las rememora en una entrevista con una ácida reportera de espectáculos: Izzy comienza siendo una chica de compañía en Nueva York que encandila a uno de sus clientes, Arnold ( Owen Wilson), director embarcado en el montaje de una obra teatral. Este quiere "salvar" a Izzy ayudando a que cumpla su sueño de ser actriz, pero la irrupción de la chica en los ensayos que coordina Arnold solo será la gota que colme el vaso de una producción tan llena de complicaciones y equívocos sentimentales como para superar en interés lo que va a escenificarse sobre el escenario.

Como puede apreciarse, un argumento propio de screwball comedy, las películas chispeantes producidas en Estados Unidos durante la Gran Depresión; identidades equivocadas, diálogos de doble sentido, agolpamiento inconveniente de personajes en restaurantes y habitaciones de hotel… Aunque Lío en Broadway haga concesiones puntuales a lo meta, a la autoconciencia acerca de lo que intenta, y al rey de la comedia durante las últimas décadas, Woody Allen, el grueso de su metraje es una comedia de enredo estereotípica, efectiva, apoyada en el timing de los actores ( Imogen Poots está soberbia) y en la disposición tan discreta como inspirada de la cámara: véanse el paseo en calesa de Izzy y Arnold o la discusión de cuatro personajes en un pasillo. Y, por si no bastase con su argumento y estilo, Lío en Broadway subraya su linaje de manera ostentosa en varias ocasiones: los títulos de crédito iniciales, acompañados por el Cheek to Cheek que cantaba Fred Astaire en Sombrero de Copa (1935); un letrero que nos advierte de la conveniencia de dejar a un lado el cinismo y abrazar la fantasía; los consejos inspiradores de Arnold a Izzy, robados a Ernst Lubitsch; y el inserto de una escena de El pecado de Cluny Brown (1946).

En todo caso, el detalle más significativo puede que sea el cameo postrero de Quentin Tarantino, fruto también de su admiración por Bogdanovich. Tarantino, rey del sampleo, de lo referencial y la cinefilia enfermiza, ha tenido el valor de reconocer así públicamente a un par, y lo mismo deberían hacer valorando en su justa medida Lío en Broadway quienes tienen pensado disfrazarse -si se lo permite la calvicie, la gordura y la vergüenza- de Marty McFly para celebrar en octubre vete a saber qué nadería relacionada con Regreso al Futuro (1985).

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