El País

Crítica: William Monahan despacha por la vía rápida un libreto lleno de tópicos y muletillas de neo-noir que se salva, si lo hace, gracias al oficio de Colin Farrell y Ray Winstone

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
London Boulevard

Lo mejor:
Ray Winstone

Lo peor:
La previsible mecánica del thriller

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 11/11/2011
  • Director: William Monahan
  • Actores: Colin Farrell (Mitchel), Keira Knightley (Charlotte), David Thewlis (Jordan), Anna Friel (Briony), Ben Chaplin (Billy Norton), Ray Winstone (Gant), Eddie Marsan (DI Bailey), Sanjeev Bhaskar (Dr. Raju), Stephen Graham (Danny), Ophelia Lovibond (Penny), Jamie Campbell Bower (Whiteboy), Velibor Topic (Storbor), Lee Boardman (Lee), Alan Williams (Joe)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2010
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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William Monahan transfiere arquetipos y tipismos del noir americano clásico al paisaje de un thriller británico posmoderno en la estela, no estilística, pero sí caracterial, de Layer Cake, Rocknrolla. William Monahan dibuja un paisaje criminal de libro, poblado por mafiosos de corta-pega y ajustes de cuentas de Perogrullo. Como neo-noir London Boulevard es extremadamente previsible, encorsetada y formulaica. El eje del manido relato es un matón que sale de la trena con propósitos de enmienda, pero su redención se antoja imposible porque los pajarracos del pasado picotean en el umbral de su puerta entorpeciendo sus esfuerzos por rehacer su vida lejos de la violencia.

En, fin, que es imposible imaginar un antihéroe más arquetípico, más de cajón. El problema de "London Boulevard" es la escasez de matices, de ingredientes diferenciales; todo el despliegue dramatúrgico es de manual y la sensación de déjà vu omnipresente. Monahan matiza donde no debe, mediante personajes pintorescos absolutamente accesorios (¿qué pinta David Thewlis en este embrollo?) tratando de distinguirse sin éxito, incapaz de eludir el corsé y el topicazo.

En la turbia odisea de redención de Colin Farrell (sólido) interfiere una derivación romántica igualmente rígida y disfuncional. Keira Knightley se agarra el puño de la camisa y despliega su tradicional galería de gestos de mujer atribulada ensayados frente al espejo para lucir guapa en cada lance.

Su composición hace justicia a la oquedad del personaje que le tocó en suerte; a través de él Monahan esboza una torpe y esquemática reflexión acerca de los fantasmas de la fama y el contraluz de la celebridad. El resultado está más cerca de El guardaespaldas de Mick Jackson de lo que seguramente Monahan querría. Solo el oficio de Farrell y la magnética presencia escénica de Ray Winstone evitan males mayores.

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