El País

Crítica: Tres mujeres

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Loreak

Lo mejor:
Las interpretaciones del terceto protagonista y, en especial, de Nagore Aranburu

Lo peor:
Que sea celebrada como paradigma de lo alternativo, cuando sus imágenes llegan a caer en lo rancio

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 31/10/2014
  • Director: Jon Garaño, Jose Mari Goenaga
  • Actores: Nagore Aramburu (Ane), Itziar Aizpuru (Tere), Itziar Ituño (Lourder), Josean Bengoetxea (Beñat), Jox Berasategui (Jexus), Ane Gabarain (Jaione)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Hace pocas fechas, una productora holandesa de vídeos virales acudía a una feria alimentaria, y organizaba una cata de supuestas alternativas ecológicas a la comida rápida de grandes cadenas, a la que se incitaba a participar a expertos culinarios y críticos gastronómicos. En realidad, lo que probaban los entendidos era precisamente comida rápida, adquirida en un local cercano a la feria pero servida y ofrecida como si fuese orgánica, fresca, natural. Como ya habrá anticipado el lector, los consultados se deshacían en halagos hacia la comida -"tiene un sabor muy puro (...) definitivamente se trata de un producto ecológico"- y, de paso, aprovechaban para arremeter despectivamente una vez más contra la perversa fast food que nos venden los grandes grupos de restauración.

La gamberrada de la productora holandesa dice mucho sobre las infinitas imposturas que caracterizan el comportamiento humano cotidiano, en especial como parte de cualquier colectivo; pero, a efectos de esta crítica, puede extrapolarse a la recepción de las películas según lleguen a la cartelera precedidas por una campaña publicitaria masiva, o por una campaña no menos invasiva pero auspiciada por festivales especializados y medios afines, publicaciones "cinéfilas", programas de radio y televisión "alternativos", y blogs varios. En muchas ocasiones, lo que se está alabando como si fuese especial, no es más que un simulacro de ello; un film que hemos visto mil veces, y cuyos presuntos méritos emanan, no tanto de sus imágenes, como del deseo de cierta audiencia por revestirse de cualidades más enaltecedoras que las achacadas al zombie de multicine.

Dios nos libre de escribir que Loreak es comida rápida presentada como si fuese comida ecológica. Pero sí nos atrevemos a afirmar que bajo los subterfugios de "su paso por los certámenes de San Sebastián, Londres, Zurich y Tokio" (en el último citado, las tres protagonistas del film compartieron  ex aequo el premio a la mejor actriz); su condición de "primer largometraje totalmente en euskera a competición en el Festival de Donosti"; su ambición por "profundizar en la naturaleza femenina"; y sus hechuras de "cine pequeñito, intimista y a contracorriente", valores ideológicos que permiten a algunos endosarle sin más a una película cuatro estrellas, lo que ofrece la segunda realización de Jon Garaño y José María Goenaga no es nada más allá de lo correcto.

Garaño y Goenaga ya habían obtenido cierta repercusión en el ámbito de festivales con su ópera prima conjunta, 80 días (2010), drama en torno a dos ancianas que tenían la oportunidad de concretar una relación lésbica apuntada en su juventud. Loreak comparte con 80 días las reflexiones acerca del peso en nuestras vidas de las ausencias -a veces mucho más gravoso y relevante que el de las presencias-; la visión de la muerte como evento que corta de raíz el (sin)sentido existencial del día a día y fuerza su reinvención; y el recurso a los flashbacks y otras estrategias de fractura narrativa destinadas a diluir la idea fácil para el espectador de un relato lineal, predecible, con su catarsis y su moraleja.

Sin embargo, 80 días estaba aquejada del mismo defecto que mina las excelencias de Loreak: unas maneras tibias, morosas, juiciosas, que se pretende produzcan un efecto elegante y acaban redundando por el contrario en una sensación de artificio, de producto con presunciones mal disimuladas de gravedad y respetabilidad. En Loreak esto se ve potenciado por un esteticismo fotográfico digno de cortometrajista con ínfulas o película española de los años noventa, que no le hace ningún bien a una(s) historia(s) que, interpretadas a través de ese prisma formal, nunca escapan a su condición de relatos de mesa camilla para la sobremesa.

De esta manera, ni una primera mitad que entrecruza las peripecias de tres mujeres en cuyas vidas entran misteriosos ramos de flores (el título en vasco de la película significa en castellano "flores") que desarbolan los universos de indolencia, luto o duelo en que se habían acostumbrado a desenvolverse por razones varias; ni una segunda parte que redefine la primera por la vía de los cambios en los puntos de vista, ostentan el poder cinematográfico necesario para hacer de veras relevante la película.

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