El País

Crítica: Una cacería humana sin sangre y para chavales; una paradoja que Gary Ross no sabe torear en la decepcionante adaptación de las novelas de Suzanne Collins

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Los Juegos del Hambre

Lo mejor:
Jennifer Lawrence y el carcaj de flechas inagotables

Lo peor:
No sabe resolver sus agudos dilemas de personalidad

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  • Género: Ciencia-ficción
  • Fecha de estreno: 20/04/2012
  • Director: Gary Ross
  • Actores: Jennifer Lawrence (Katniss Everdeen), Nelson Ascencio (Flavius), Josh Hutcherson (Peeta Mellark), Liam Hemsworth (Gale Hawthorne), Elizabeth Banks (Effie Trinket), Woody Harrelson (Haymitch Abernathy), Stanley Tucci (Caesar Flickerman), Donald Sutherland (Presidente Snow), Toby Jones (Claudius Templesmith), Wes Bentley (Seneca Crane), Lenny Kravitz (Cinna)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2012
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Precedida de un histérico halo de polémica, a causa, presuntamente, de la violencia explícita que rezuman sus imágenes, Los Juegos del Hambre es un pez que se muerde la cola. La audiencia potencial es, obvio, el lector de las novelas de Suzane Collins, luego, en consecuencia, la película está fundamentalmente orientada al público adolescente. Y es ahí donde surge el dilema de fondo, un marrón que, lamentablemente Gary Ross no sabe resolver. Los Juegos del Hambre es, quizá, demasiado dura para críos en plena edad del pavo y, seguro, demasiado blanda para que un espectador adulto la tome razonablemente en serio. Al fin y al cabo los mimbres son los de una chase movie con cacería humana, muy lejos pues de lo que uno espera de una película para chavales.

La violencia elíptica del libro ofrece aquí un desafío mayúsculo: se trata eludir las vísceras y la agresividad explícita que haciendo encaje de bolillos. Ross se permite algún machetazo: es imposible filmar una pelea a degüello por la supervivencia tapando toda la sangre, pero su aproximación es insatisfactoriamente ambigua.

Es decir se trata de enseñar poco, para que la adaptación no resulte incongruente pero a la vez para no espantar al consumidor preferente de la película. Al final, claro, ni lo uno ni lo otro: los padres se mosquean por el repelús sombrío que las imágenes de la cinta pueden despertar en sus retoños (aunque seguramente luego les dejen ver en casa el reportaje sobre la guerra en Mali de Informe semanal), pero los adultos sestean ante la naif panorámica de ese Gran Hermano boscoso y depredador, sórdido solo de boquilla, que se da de bruces con la dura verdad: Los Juegos del Hambre es un libro imposible de adaptar bajo el letrero de película apta para todos los públicos.

No lo es, seguramente, pero tampoco es otra cosa que una inocente metáfora sociológica llena de enfáticos fluorescentes que habla de las amenazas del totalitarismo y del incalculable poder de la esperanza que consigue abrir grietas en la pared del miedo. Ross diseña un mundo postapocalíptico de película infantil, a expensas de un futurismo kitsch exageradamente florido mientras se masca la tragedia entre chavales guapos y musculosos que se retan a muerte en la espesura del bosque sin despeinarse ni ensuciarse la cara más de la cuenta. Los Juegos del Hambre dibuja una tensión muy light (necesaria y obligatoriamente viniendo de donde viene) pero nunca hace camino porque siempre sabemos exactamente donde están sus límites, sus líneas rojas.

Y son demasiadas para una ficción de atrezo tan truculento. Dicen que Gary Ross se ha desentendido recientemente del rodaje de la inminente secuela. Mejor para todos, quizá su sucesor encuentre un trípode para fijar la cámara. Pocas veces el objetivo vibró tanto y tan gratuitamente: se trata, entiendo, de crear atmósfera, pero el balance es, solo, un sensacional mareo y dolor de cabeza

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