El País

Crítica: Reinventar el cine navideño

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Los tres reyes malos

Lo mejor:
Michael Shannon, que se hace con la película con solo cuatro escenas, y la fotografía de Brandon Trost

Lo peor:
Nos hallamos ante una película mediocre, pero, sobre todo, decepcionante

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 04/12/2015
  • Director: Jonathan Levine
  • Actores: Seth Rogen (Isaac), Jillian Bell (Betsy), Lizzy Caplan (Diana), Heléne Yorke (Cindy), Ilana Glazer (Rebecca Grinch), Aaron Hill (Tommy Owens), Tracy Morgan (Narrador/ Santa), James Franco (James Franco), Miley Cyrus (Miley Cyrus)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Hay una película significativa, relevante, pugnando por asomarse a las imágenes de esta comedia gamberra que reúne a los actores Joseph Gordon-Levitt y Seth Rogen con el guionista y director Jonathan Levine tras 50/50 (2011). En aquel film, como en Seducción mortal (2006), The Wackness (2008) y hasta Memorias de un zombie adolescente (2013), Levine supo arreglárselas para brindar un testimonio valioso sobre el angst de una generación incapaz de conjugar el angst, y para trastear de manera enriquecedora con las convenciones representativas de géneros diversos. En Los tres reyes malos también lo intenta, aunque con suerte regular.

 La película cuenta las disparatadas aventuras de tres amigos en la treintena, Ethan, Isaac y Chris -a Gordon-Levitt y Rogen hay que sumar en esta ocasión a Anthony Mackie-, que llevan celebrando juntos desde hace quince años unas navidades heterodoxas, y que deciden despedirse a lo grande de dicha costumbre dado que, por culpa de los rumbos antagónicos que han tomado sus vidas, ha perdido su razón de ser. En este aspecto, es inevitable remitir Los tres reyes malos a ese subgénero del humor estadounidense, de nuevo en boga desde hace un tiempo, que responde al nombre de stone comedies; es decir, comedias en las que el tráfico y el consumo de drogas juegan un rol determinante, como sucedía en Superfumados (2008), High School (2010) o la citada The Wackness.

 En tal registro, la comedia de Levine hace gala de una considerable pereza. Como suele ocurrir, las frustraciones de Ethan, Isaac y Chris no hallarán mediante el recurso a los excesos y los estupefacientes más que un consuelo momentáneo. La ficción obligará al final a los tres a hacer lo que se exige socialmente de ellos. Además, hace falta talento para que, como pasa en la vida real, las supuestas gracias de personajes hasta arriba de marihuana y pastillas no aburran mortalmente a quien les contempla sobrio. En muchas escenas de Los tres reyes malos, ese talento brilla por su ausencia. Si a todo ello le añadimos gags y golpes de efecto muy fáciles, lo burdo en ciertas escenas del product placement, y la aparición poco justificada para animar el argumento de celebridades coyunturales como Miley Cyrus y amiguetes como James Franco, el neto creativo de la propuesta acaba siendo escaso, por no decir irritante.

 Es una lástima, porque, como adelantábamos al comienzo, Los tres reyes malos es, además de una stone comedy, una reflexión de tintes próximos a lo sombrío acerca de la inmadurez masculina y la evolución de las amistades con el paso del tiempo; temas habituales en el género en años últimos, pero que, ocasionalmente, apuntan en la cinta de Levine vertientes insólitas de interés. Más aun: de la tragedia familiar que sacude a Ethan en el invierno de 2001 y que precipita en navidades sucesivas la celebración alocada de las fiestas junto a Isaac y Chris, pueden inferirse lecturas melancólicas en torno a toda una generación, que hacen de Los tres reyes malos curiosa heredera en espíritu de un clásico dramático contemporáneo como La última noche (2002), de Spike Lee.

 Y, por otra parte, se aprecia un esfuerzo loable, casi diríase que heroico, de la película por reinventar un cine navideño que no puede seguir apelando ni a valores ni a imaginarios tradicionales para calar en un público joven. Las citas al Cuento de Navidad escrito en 1843 por Charles Dickens, o a Qué bello es vivir (1946), lejos de limitarse a ser guiños agradecidos, se erigen en hitos desde los que atreverse a enunciar nuevos sentidos para las fechas señaladas a que nos abocaremos en apenas tres semanas. Sin embargo, a diferencia de La jungla de cristal (1988) o Solo en casa (1990), también referenciadas a lo largo de su metraje, no creemos probable que Los tres reyes malos acabe deviniendo un clásico navideño representativo de la época en que fue producida.

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