El País

Crítica: Fábula en el fin de los tiempos

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Lost River

Lo mejor:
Sabe articular una mirada propia, singular, pese a sus muchas deudas estilísticas.

Lo peor:
A menudo se muestra incapaz de reciclar el legado de sus referentes, limitándose a remedar sus imágenes

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 17/04/2015
  • Director: Ryan Goslin
  • Actores: Christina Hendricks (Billy), Saoirse Ronan (Rat), Eva Mendes (Cat), Matt Smith (Bully), Ben Mendelsohn (Dave), Iain De Caestecker (Bones), Reda Kateb (conductores), Barbara Steele (Belladonna), Demi Kazanis (barman)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 18 años

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El actor Ryan Gosling dio sus primeros pasos en la cultura del espectáculo a una edad temprana, gracias al Mickey Mouse Club. Pasados los años, ha sabido fraguar una carrera interpretativa notable, alternando inteligentemente el cine popular y proyectos concebidos en los márgenes de la industria, sin perder nunca el pie. De ello dejan constancia un clásico del cine romántico que marcó a toda una generación de espectadores como es El diario de Noa ( Nick Cassavetes, 2004); producciones hoy algo olvidadas que, en su momento, despertaron la atención de la crítica como The Believer (Henry Bean, 2001) o Half Nelson (Ryan Fleck, 2006); rarezas como Lars y una chica de verdad (Craig Gillespie, 2007) y Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010); o Drive (2011), su primera colaboración con el danés Nicolas Winding Refn, cuya poderosa iconografía le ha facilitado un lugar en la memoria mitómana de cierta cinefilia.

 Sin embargo, nadie estaba preparado para el giro creativo que supone Lost River, su debut como realizador y guionista. Un largometraje acogido con gelidez, cuando no con indisimulada antipatía, en su estreno en Estados Unidos. Vista la película, no obstante, a un servidor le costó reonocer el bodrio que tantas retinas había ofendido. Lost River escapa por completo a lo que podríamos esperar de la ópera prima de un sex-symbol habitual en los posts de perezhilton.com, y da la sensación de que a Gosling no se le perdona el haberse atrevido a tomar las riendas de una obra que rompe visiblemente con los esquemas creativos del mainstream hollywoodiense. Lo cual, por supuesto, no implica que algunos de los ataques al filme no estén cargados de sentido: atinan quienes señalan su extremada dependencia de referentes como David Lynch, Harmony Korine, Nicolas Winding Refn, Andrei Tarkovski o Geroges Franju, cuyos ecos reverberan en las imágenes de Lost River, pero sin ser capaces de cobrar vida más allá de su carácter de cita o de remedo.

 La secuencia inicial de créditos define el tono que impregna Lost River: un niño balbucea una frase mientras baja las escaleras del porche de su casa, corretea por los alrededores, juega con su hermano y recibe el cariño de su madre. Una estampa melancólica -con un aura de recuerdo añorado- en la que varios elementos perturbadores -un coche averiado, una casa en llamas- hacen intuir una realidad más sombría de lo que sugiere la felicidad del pequeño. Es esta mirada pueril, pese a la sordidez de la historia, la que sobrevuela los dramáticos avatares de los protagonistas, imbuyendo el relato de un lirismo elemental, internándonos en una mágica nocturnidad de reverberaciones mitológicas, en la que la belleza y la crueldad resuenan con la fuerza de lo legendario.

 Si finalmente los resultados son estimables es porque, al margen de los problemas anteriormente mencionados, Lost River acaba hablándonos con un lenguaje propio anclado en una reelaboración de los imaginarios postapocalípticos contemporáneos que, a medio camino entre el naturalismo alucinado -al modo de Bestias del sur salvaje (Behn Zeitlin, 2012)- y la fantasía mitológica, encuentra su encarnación más precisa en Detroit, paisaje a la vez familiar y despiadado, ruinas de una América de sueños ahogados, como la ciudad por la que vaga Bones (Iain de Caestecker) en busca de piezas de olvidadas piezas de cobre. Como escribía Werner Herzog a propósito de la mileniarista Gummo (Harmony Korine, 1997), atisbamos en las imágenes de Lost River, con inusitada claridad, los signos de un futuro aterrador, despojado de todo sentido de la espiritualidad, aunque aquí sí exista la esperanza de reconquistar lo perdido. Con los peros que puedan ponérsele, Ryan Gosling nos ofrece una atractiva fábula cuyo tono somnoliento, letárgico, hace de su visionado una experiencia más que recomendable para sesiones de madrugada.

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