El País
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Crítica: Recoger lo que se siembra

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Mandarinas

Lo mejor:
O lo más curioso, ciertas similitudes en espíritu con la reciente "Negociador", de Borja Cobeaga.

Lo peor:
Está condenada a no ser más que otra muesca en la agenda de espectadores concienciados de cine en v.o.s.

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 30/04/2015
  • Director: Zaza Urushadze
  • Actores: Lembit Ulfsak (Ivo), Elmo Nüganen (Margus), Giorgi Nakashidze (Ahmed), Mikheil Meskhi (Niko)
  • Nacionalidad y año de producción: Rusia, 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Mandarinas ostenta rasgos temibles. Se trata de una película gestada en ese tipo de países (Estonia, Georgia) sobre los que lo desconocemos absolutamente todo, por cuyo día a día jamás nos interesamos; países cuyos innumerables conflictos étnicos, políticos, armados han acabado por convertirlos en parodias cartográficas, que los medios y la cultura están encantados de agudizar con tremendismo como estampa única y excluyente de ellos; algo que, por otra parte, siempre viene muy bien para cubrir nuestra dieta semanal de conciencia frente a los altares del especial informativo y la versión original subtitulada.

 La propia Mandarinas gira en torno a una coyuntura bélica, que retrata con la corrección política justa y necesaria como para que las reseñas hablen de "cine necesario" y "humanista", y como para que sus responsables se hayan paseado por festivales tan exóticos como los de Jerusalén y Palm Springs y hasta por la alfombra roja de los Oscar y los Globos de Oro. Pese a todo ello, y a que goce de innumerables críticas que le cuelgan tres y cuatro y cinco estrellas, en esta ocasión hemos tenido suerte, y resulta que la película sí vale la pena. Más que nada, porque hace gala de una modestia en todos sus aspectos creativos y de un humor lacónico que suenan verosímiles, y que dejan casi en evidencia todas las alharacas y distinciones con que se la ha intentado asfixiar.

 El guionista y director del film es el georgiano Zaza Urushadze, menos conocido internacionalmente hasta la fecha por sus escasas cuatro realizaciones previas en veinticinco años -ninguna de ellas estrenadas en España- que por ser hijo de un célebre guardameta ruso. Leyendo entrevistas con él, parece que Urushadze se hubiese tomado lo despacioso de su filmografía y lo irrelevante de la misma con estoicismo; véase también ese momento de Mandarinas en que una camioneta se precipita al vacío sin explotar, y uno de los personajes musita "el cine es un fraude", manifiesto lúcido acerca del valor que Urushadze concede a su actividad y, por extensión, a todo afán humano.

 Es el mismo estoicismo que caracteriza de hecho al protagonista de su trabajo más reciente, Ivo (Lembit Ulfsak), un carpintero que se gana la vida fabricando las cajas donde se cosechan las mandarinas producidas por un vecino, Margus (Elmo Nüganen). Ambos son los únicos residentes de una pequeña población desierta tras estallar la guerra de Abjasia, que enfrentó entre 1992 y 1993 al gobierno de Georgia, flamante república ex-soviética, y a los independentistas de la zona donde transcurre la acción. Ivo y Margus mantienen la esperanza de que el odio y la muerte pasen de largo. No será así, por supuesto. Pero su actitud de primar ante todo el contacto cercano entre las personas y de vivir las realidades tangibles por encima de los delirios colectivos, hará que la situación delicada en que se verán inmersos adquiera un signo enaltecedor para todos los implicados; a la postre, aliados, sin importar sus diferencias aparentes, en la defensa de un pequeño territorio que no es geográfico, sino el que les permite expresarse como individuos libres de cortapisas ideológicas, deseosos de abrirse a los demás.

 Con apenas cuatro personajes en sus planos durante la mayor parte del metraje (que, por otra parte, no llega ni a la hora y media) y solo un par de localizaciones vecinales, las imágenes de Mandarinas se las apañan para articular una fábula llena de resonancias morales y momentos elegíacos. Resulta curioso que Urushadze haya citado a Sergio Leone como uno de sus directores preferidos, cuando, en sus escenas más inspiradas, Mandarinas, respira el hálito expresivo de un John Ford. Con ello no pretendemos dar a entender que nos hallemos ante ninguna obra maestra; pero sí ante una propuesta que abraza todos los tópicos esperables en cuanto a sus mecanismos de producción y distribución, y que, sin embargo, logra ser verdad. Algo que no suele ocurrir, que conviene destacar.

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