El País

Crítica: El espectáculo de lo real

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Marea negra

Lo mejor:
La película atesora cine de mucho quilates, sobre todo en su primera mitad, e imágenes espectáculo aterradoras en la segunda

Lo peor:
El foco argumental tan limitado con que recrea los hechos, aunque ello contribuya a su intensidad formal

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 25/11/2016
  • Director: Peter Berg
  • Actores: Mark Wahlberg (Mike Williams), Kurt Russell (Jimmy Harrell), John Malkovich (Vidrine), Ethan Suplee (Jason Anderson), Dylan O´Brien (Caleb Holloway), Kate Hudson (Felicia), Douglas M. Griffin (Landry)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Hong Kong, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Es cuanto menos paradójico que, tras la realización de su película y, sobre todo, su serie, acerca de la vivencia del deporte por los vecinos de un pueblo norteamericano, Friday Nights Light (2004-2011), una y otra celebradas por el público y la crítica que atinaron a prestarles atención, Peter Berg no haya logrado como guionista y director que ninguna de sus propuestas posteriores goce de la misma apreciación unánime. Ni cuando se abonó con La sombra del reino (2007) al thriller bélico y crítico de moda durante el cénit de la Guerra contra el Terror; ni cuando, con Hancock (2008) -su mayor éxito comercial hasta la fecha-, abordó lo superheroico; ni cuando, con Battleship (2012), apostó por la superproducción veraniega.

 Estos cambios de registro en la labor de Berg han sido una constante, achacable quizás a sus ansias por hacerse de una manera u otra un nombre en el audiovisual mainstream, algo que ya pusieron de manifiesto dos títulos tempranos de su carrera, la tarantiniana comedia negra Very Bad Things (1998) y la película de aventuras humorísticas El tesoro del Amazonas (2003). Pero, a partir del fiasco que le supuso Battleship, Berg se ha especializado en odiseas de heroísmo patriótico inspiradas en hechos reales y lo cotidiano, en las que se le aprecia cómodo; a pesar de que, a la espera de lo que ocurra en los próximos meses con Día de patriotas (2016), ni El único superviviente (2013) ni la película que ahora nos ocupa, Marea negra, han disfrutado de la notoriedad esperada.

 Como decíamos, ello es paradójico, por cuanto los personajes que pueblan estas películas no son ni más ni menos que prolongaciones maduras de los que habitaron la aclamada Friday Nights Light. El cine de Berg, asociado a menudo despectivamente con la América profunda, el votante de Donald Trump, el white trash, gira en torno a hombres arraigados ideológicamente en la cultura tradicional de lo Americana, de extracción social modesta, que ven puestas a pruebas sus convicciones por los tiempos imprevisibles, sumidos en mutaciones y temblores incesantes, que les ha tocado vivir. Vuelve a suceder en Marea negra, recuento entre lo dramático y lo vistoso de la catástrofe que se llevó por delante en abril de 2010 la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, sita en el Golfo de México, debido a negligencias varias en su gestión.

 El objetivo de Berg y los demás responsables creativos de Marea negra -escrita por Matthew Sand y Matthew Michael Carnahan a partir de un artículo publicado en The New York Times- no pasa por denunciar las consecuencias para el medio ambiente de la explosión y el hundimiento de la plataforma, entre ellas el mayor vertido tóxico jamás registrado de petróleo al océano. Su interés radica en oponer a la filosofía del trabajo manual y riguroso llevado a cabo por los operarios y los técnicos que trabajaban en la instalación, la que aplicaban sus mandos; más pendientes de ahorrar costes, y de no perturbar el sueño plácido de los dueños de la plataforma y los accionistas de la compañía petrolífera que la había arrendado. Un argumento sin duda demagógico, reiterado con algo de cinismo en el cine estadounidense mayoritario, pero materializado en esta ocasión con un ánimo crítico convincente, inapelable.

 Esa convicción emana, lógicamente, de la destreza cinematográfica de Berg -pura maestría en algunas secuencias-, que hace de Marea negra y, en especial, de su primera mitad, lo mejor que ha filmado nunca. La presentación del escenario y de los personajes, la descripción de su intimidad y sus rutinas laborales -socavadas por indicios ominosos- rozan lo excepcional, gracias a la imbricación entre la dinámica realización, el montaje, y la fotografía de Enrique Chediak. El efecto es una suerte de espectáculo de lo real, que honra sus perfiles y, a la vez, los sublima, otorgándoles rasgos arquetípicos. De ese modo, el apocalipsis desencadenado a partir de cierto punto en la plataforma, y los osados esfuerzos de los trabajadores por frenar el vertido de petróleo y salvar las vidas de sus compañeros, se erigen en una reinvención del cine épico de gran presupuesto -ya esbozada por Battleship- adaptada a nuestros tiempos de imágenes portátiles, que pone al mismo tiempo de manifiesto la vigencia de ciertos valores. Lo curioso es que la calidad inmersiva de la hora inicial es tal, que el festín último de estampas cataclísmicas sabe a poco, tiene algo de decepcionante.

 Ello no obsta para que esos minutos procuren, merced a unos efectos especiales extraordinarios, momentos de una belleza y un vértigo de tintes infernales que arrebatan la mirada, y que tienen su contrapeso estremecedor en un rezo colectivo en mitad de la noche por parte de los supervivientes al suceso. Una escena que hace comprender al espectador que ha asistido a una fábula capaz de dirimir cuestiones de profundo calado moral y alegórico a partir una anécdota histórica, y que hermana Marea negra al cine clásico de Hollywood sobre epopeyas colectivas adscritas al trabajo duro, el sacrificio y la fe. Como Friday Nights Light en su momento, Marea negra despierta la sospecha de que la obra de Peter Berg devendrá en unos años referencia a la hora de analizar las derivas fílmicas del ser norteamericano, como ahora lo son Hombres intrépidos (1940) o Por el valle de las sombras (1944).

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