Crítica: Copiarse a sí mismo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Mea culpa

Lo mejor:
La honestidad de Fred Cavayé a la hora de afrontar cine de género y popular

Lo peor:
Su insistencia en registros que clona sin detenerse a pensar si son los que se precisan en cada momento.

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 12/09/2014
  • Director: Fred Cavayé
  • Actores: Vincent Lindon (Simon), Tomi May (Oleg), Sofia Essaïdi (Myriam), Eric Bougnon (Karl), Gilles Lellouche (Franck Vasseur), Nadine Labaki (Alice), Gilles Cohen (Pastor), Max Baissette de Malglaive (Théo), Medi Sadoun (Jacquet), Velibor Topic (Milan), Cyril Lecomte (Jean-Marc), Gilles Bellomi (Jean-Marc), Sacha Petronijevic (Pietr), Pierre Benoist (Boris), Alexis Manenti (Slobodan)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, 2014
  • Calificación: Pendiente por calificar

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Puede que Mea culpa sea una de las películas más decepcionantes de la temporada. Al menos, para quienes hemos seguido con atención la carrera de su guionista y director, el francés Fred Cavayé. A pesar de haberse estrenado también comercialmente en nuestro país sus dos anteriores películas, Cavayé nunca ha suscitado demasiado interés entre el público y la crítica españoles. Ni siquiera cuando su ópera prima, Cruzando el límite (2008), dio lugar a un remake estadounidense, Los próximos tres días (2010), que tampoco fue precisamente un éxito.

 En cualquier caso, a Cavayé cabe considerarle junto al firmante de Asuntos pendientes (2004) o Les Lyonnais (2011), Olivier Marchal -colaborador habitual de Cavayé, a él se debe el argumento de Mea culpa-, uno de los renovadores más inspirados del polar. Cavayé ha sabido aportar al relevante acervo del cine negro galo un hincapié mayor de lo tradicional en la acción física, y un ojo clínico para los alcantarillados de lo cotidiano.

 En la citada Cruzando el límite, un hombre hacía lo posible y lo imposible por sacar a su esposa de la cárcel, a costa incluso de sus sentimientos hacia ella. Y en Cuenta atrás (2010), que sabía reconocer sus deudas con uno de los mejores thrillers franceses de las últimas décadas, Diva (Jean-Jacques Beineix, 1981), un enfermero se veía obligado a ayudar a que escapase del hospital donde trabajaba un delincuente bajo custodia policial.

 En Mea culpa, interpretada por los protagonistas respectivos de sus dos películas anteriores, Vincent Lindon y Gilles Lellouche, Cavayé vuelve a plantear una intriga que, lejos de ceñirse al ámbito detectivesco, acaba repercutiendo gravemente en la vida íntima de los personajes. En esta ocasión, un policía y su mejor amigo -expulsado del cuerpo por su responsabilidad en un accidente automovilístico-, que unen fuerzas en el límite mismo de la ley para salvar la vida del hijo del segundo, testigo accidental de uno de los ajustes de cuentas mafiosos que se están sucediendo en la ciudad.

 Esa primera coincidencia forzada -que sea un familiar directo el testigo de los asesinatos que investigan sus mayores-, es una señal de alarma temprana de lo que resulta ser una película fallida en casi todos sus aspectos. El desarrollo narrativo es absurdo, sus ramificaciones domésticas dejan indiferente al espectador, y, a nivel estrictamente técnico, Mea culpa transmite cierta sensación de indigencia. Por otra parte, el auténtico leitmotiv de la historia, que brinda su sentido al título de la película, no pasa de ser un truco, explotado desvergonzadamente en los últimos compases del metraje por aquello de invocar una profundidad trágica que no cala en el espectador.

 Sin embargo, lo más chocante, desmoralizador, de Mea culpa reside en sus escenas de tiroteos y persecuciones, en las que Cavayé siempre se había movido como pez en el agua. La final, que tiene lugar en un tren, cumple por los pelos el expediente. Pero la palma se la llevan las que acontecen en una plaza de toros y sus aledaños, y la que sigue a la salida de un hospital. Esta última, especialmente calamitosa, se extiende en el tiempo y el espacio hasta alcanzar cotas ridículas, autoparódicas. Cavayé ha cometido el error de rendir pleitesía a las señas creativas de identidad que le habían funcionado antes, en vez de reflexionar sobre lo que demandaba la película que tenía entre manos. Como consecuencia, sufre un revolcón en toda regla. Esperemos que en su próxima realización sea más hábil, o que acierte a reinventarse.

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