El País
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Crítica: Afasia ideológica

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Mi gran noche

Lo mejor:
Mario Casas, lo más vivo de la película aunque su personaje también sea un refrito

Lo peor:
Es una película inocua, pese a todo el gamberrismo trasnochado que despliega

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 23/10/2015
  • Director: Álex de la Iglesia
  • Actores: Pepón Nieto (José), Blanca Suárez (Paloma), Mario Casas (Adanne), Santiago Segura (Benítez), Hugo Silva, Carolina Bang (Cristina), Antonio Velázquez (Antonio), Carmen Machi (Rosa), Carlos Areces (Yuri), Carmen Ruiz (Amparo), Ana Polvorosa (Yanire), Tomás Pozzi (Perotti), Raphael Martos Sánchez (Alphonso)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Ha causado cierta polémica la concesión del Goya de Honor 2016 a Mariano Ozores, el prolífico artífice de comedias abanderadas del landismo y el destape. Lo que parecen no entender los ultrajados por ello es que, más allá de las razones esenciales que hayan asistido a la Academia Española de Cine para homenajear a un creador discutible artísticamente, y cómplice además por acción u omisión de una época sombría para nuestro país, es que la jugada tiene una vertiente, a saber si premeditada, genial, que no mira al pasado, sino al presente y aun al futuro: la de ganarse, sobre todo de cara a la ceremonia de entrega de los Goya y su repercusión en redes sociales, a esa generación nostalgia prorrogada irónicamente por la hípster, propiciadoras ambas de que, en zonas en plena gentrificación de Madrid y otras ciudades, se puedan comprar camisetas ilustradas con referencias a películas de Ozores como Los bingueros (1979) o Yo hice a Roque III (1980).

 La afasia ideológica que manifiesta ese consumo, explicativa de casi todo lo que sucede hoy por hoy en el ámbito de la cultura y la crítica 2.0, tenía expresión perfecta en otra propuesta reciente del co-guionista y director de Mi gran noche, Álex de la Iglesia: Balada triste de trompeta, cuyos créditos iniciales mezclaban, en un cóctel pop tan hipnótico como desactivador, a los monstruos reales del franquismo y la Transición, con las criaturas coetáneas de la ficción y el espectáculo que permitieron en aquellos momentos a los españoles soslayar su realidad y sus responsabilidades; criaturas, cromos, que actualmente han devenido objeto de culto camp. A lo largo de Balada triste de trompeta -que debe su título a una canción de Raphael, icono musical patrio de los años 60 y 70 con papel destacado como actor en Mi gran noche, amén de que vuelva a inspirar el título de la película-, De la Iglesia trataba de forjar una alegoría que le explicase y nos explicase, vía el recurso posmoderno a imaginarios de signo diverso, de dónde venimos como sociedad y adónde vamos, si es que resulta posible percibir algún tipo de progreso real en nuestro camino.

 Una inquietud transversal a toda la filmografía del cineasta vasco, pero que solo halló expresión orquestada tan temprano como en El día de la bestia (1995), su segunda realización: el sacerdote protagonista de aquella comedia satánica, comprendía demasiado tarde que los demonios familiares de todo un país habían sabido mudar sus rasgos, con la aquiescencia general, desde el ámbito de La España Eterna al del capitalismo tardío y sus escenificaciones. Todo el cine de De la Iglesia gira en torno a la verificación de que la sociedad española continúa lastrada, bajo sus imposturas compasivas y bonancibles, por la caspa ideológica y los dejes tiránicos del ayer, por las concepciones goyescas del duelo a garrotazos y el sueño de la razón; y de que el pútrido orden mediático-económico contemporáneo es una sublimación sofisticada de ello, no exenta de flatulencias y regüeldos justificados como conscientes: véanse asimismo el célebre programa televisivo Sálvame o la saga Torrente.

 Algo ante lo que un cineasta nacido a mediados de los años 60 como De la Iglesia, a quien se negó la Ruptura en nombre de la Reforma; a quien se pidió acatar sin explicaciones, a pesar de sus sospechas numerosas y fundadas, la Cultura de la Transición, solo sabe reaccionar una y otra vez abocando sus relatos, apenas han sido esbozados, al caos primordial y violento, inarticulado; un caos más fácil, más agradecido, que un discurso de combate elaborado que le obligaría, para empezar, a abjurar del sentimentalismo con que disculpa sus filias infantiles y juveniles, cómplices en sí mismas de lo que pretende denunciar. Mi gran noche -fábula sobre los fantasmas, no tanto de las navidades pasadas, como de las galas televisivas de las Nocheviejas pasadas- da cuenta nuevamente de esas paradojas, contradicciones e impotencia.

 Haya sido la intención deliberada o no de Raphael y De la Iglesia, resulta imposible no leer el personaje que encarna el cantante, Alphonso, un artista despótico cuya escenografía remite al Darth Vader de Star Wars y cuya impronta en nuestro presente se revela, con malas artes y en alas de la nostalgia, firme y carismática, como alegoría de un orden pretérito de las cosas con un perturbador ascendiente sobre nosotros, algo que confirma cualquier encuesta sobre intención de voto; a su hijo infeliz, neurótico ( Carlos Areces), como el enésimo niño de la Transición en el cine del autor, emasculado y en tierra de nadie, incapaz de articular una rebelión con fundamentos; y al tortuoso fan despechado de Alphonso al que da vida Jaime Ordóñez, ansioso en el fondo por reemplazar a su ídolo, como ejemplo de una clase creativa en auge, líquida, sin atributos, que ambiciona erigirse en gestora del mañana haciendo suyo el adagio inmortal de Francisco Franco: "Haga usted como yo, no se meta en política".

 Pero esa alegoría brutal sobre la herencia y configuración ideológicas de nuestro país a fecha de hoy, es víctima quién sabe si de la inconsciencia, el miedo, la autocomplacencia, o el compartir vicios que se aspiraba a poner en solfa. Y ello deriva en una película que juega al camuflaje formal; a ser farsa coral histérica, espectáculo procaz sobre la sociedad del espectáculo que se piensa dirigido según el momento por Federico Fellini, Luis García Berlanga o Matteo Garrone. El resultado no solo peca de tosco, balbuceante, inocuo: irrita, al vislumbrarse lo que podía haber sido y no es. Álex de la Iglesia lleva ya demasiadas películas gritando a pleno pulmón que está muy loco, quizás porque no se atreve a encarar una forma de locura más peligrosa para los demás y él mismo: la lucidez.

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