El País

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Crítica: Delitos y faltas

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Mientras seamos jóvenes

Lo mejor:
El reparto

Lo peor:
El inequívoco regusto a película menor

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 04/09/2015
  • Director: Noah Baumbach
  • Actores: Ben Stiller (Josh), Naomi Watts (Cornelia), Amanda Seyfried (Darby), Adam Driver (Jamie), Charles Grodin (Leslie), Maria Dizzia (Marina), Brady Corbet (Kent), James Saito (Dr. Kruger), Dree Hemingway (Tipper), Adam Senn (barman)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Como hizo en Hombres, mujeres y niños (2014) su compatriota Jason Reitman -ocho años más joven que él-, el guionista y director Noah Baumbach presta atención en Mientras seamos jóvenes al argumento eterno de las diferencias generacionales, que las nuevas tecnologías y el auge de lo virtual parecen haber hecho hoy por hoy más evidentes y problemáticas que nunca.

 La mirada de Reitman sobre el tema era global y apelaba sobre todo al poder de los signos, a las dificultades para seguir aprehendiendo el mundo y las propias emociones cuando no se dominan pautas comunicativas y relacionales inéditas. Baumbach es tanto o más ambicioso que Reitman, aunque acote su perspectiva a los habitantes de un entorno muy determinado: los burgueses bohemios como él, practicantes del arte y la cultura en las grandes ciudades, que tratan de conciliar la superioridad que se arrogan en tanto valedores de ciertas ideologías, con su conciencia más o menos velada de que como individuos están lejos de la perfección, como creadores son simples aderezos con los que se engalana el orden establecido, y de que sus desvelos intelectuales y existenciales resultan en última instancia fútiles.

 Baumbach -el sobrino más despierto de Antón Chéjov y de Woody Allen, Mientras seamos jóvenes bien podría considerarse reinterpretación de Delitos y Faltas (1989)- ya había abordado el malestar de su clase en títulos como Una historia de Brooklyn (2005), Margot y la boda (2007) y Greenberg (2010). Pero en Frances Ha (2012), quién sabe si víctima de una crisis de madurez o harto de mirarse el ombligo, el realizador neoyorquino ya empezaba a atender a las generaciones posteriores a la suya -hipsters, millennials, como se les quiera llamar-, abonadas en todos los aspectos a la precariedad, la falta de prejuicios, la bulimia cultural y la anorexia cerebral; criaturas post-apocalípticas, mesas de mezclas vivientes, tan ingeniosas, cautivadoras y hasta intimidantes en primera instancia como inofensivas en definitiva, carentes como están de rasgos diferenciales susceptibles de contribuir de manera significativa al rumbo del mundo.

 En Mientras seamos jóvenes, Baumbach plantea una comparativa entre ambas generaciones. La suya se encarna en la pareja formada por Josh ( Ben Stiller), un documentalista sumido en un largo atasco creativo, y Cornelia ( Naomi Watts). Ambos acaban de franquear la barrera de los cuarenta sin haber ni haberse demostrado nada aún a nivel artístico; son niños grandes, hijos de papá que se niegan a atravesar como han hecho casi todos sus amigos la barrera de lo que algunos llaman madurez: el establecimiento de una familia tradicional, con hijos y responsabilidades vulgares. La más joven está representada por Jamie (Adam Driver) y Darby ( Amanda Seyfried), dos jóvenes aprendices de todo, que devuelven a Josh y Cornelia las ilusiones perdidas de juventud y las ganas de vivir, aunque poco a poco desvelen facetas más oscuras, sus propios delitos y faltas, que en su mundo ya no son sino cualidades.

 Puede que Mientras seamos jóvenes sea una de las películas más divertidas de Baumbach, pero también una de las más insustanciales. Como tragicomedia deja bastante que desear, es solo gracias al buen hacer del reparto que podemos transigir con diálogos tópicos y enunciativos, situaciones trilladas, y una evolución narrativa cuya torpeza dejan en evidencia dos finales sucesivos -el enfrentamiento durante una cena de homenaje, las reflexiones en un aeropuerto- que se cuentan entre los peores, amén de cobardes, momentos de su autor. Baumbach ha apostado en desdoro de la ficción por la película de tesis -de tesis pusilánime y simplona-, hasta que le ha salido algo curiosamente parecido a esas comedias de costumbres, entre lo didáctico y lo anecdótico, que se filmaban en España hace cuatro y cinco décadas con títulos como Por qué pecamos a los cuarenta (1969) y Pisito de solteras (1974). Lo que aborda la película, desde luego, nos atañe a todos, y más aún en el ámbito de la cinefilia y la crítica cinematográfica, donde el tema del salto generacional es candente desde hace un tiempo. Pero, como le sucedía a Jason Reitman en Hombres, mujeres y niños, Baumbach adolece en demasiadas ocasiones a lo largo de Mientras seamos jóvenes de ser menos un cineasta que un articulista progre, rancio, digno de suplemento dominical.

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