El País

Crítica: David Fincher reinventa el fenómeno Larsson con el genio que se le presupone con una película a la que, para variar, benefician las comparaciones

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2011)

Lo mejor:
Que Fincher si sabe exprimir el zumo

Lo peor:
Que no se estrenase hace dos años o dentro de diez

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 13/01/2012
  • Director: David Fincher
  • Actores: Daniel Craig (Mikael Blomkvist), Rooney Mara (Lisbeth Salander), Stellan Skarsgard (Martin Vanger), Embeth Davidtz (Annika Blomkvist), Robin Wright (Erika Berger), Christopher Plummer (Henrik Vanger), Joely Richardson (Anita Vanger), Joel Kinnaman (Christer Malm), Goran Visnjic (Dragan Armansky), Elodie Yung (Miriam Wu), Yorick van Wageningen (Nils Bjurman), Donald Sumpter (Detective Morell), Steven Berkoff (Frode)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, Suecia, Alemania, EE.UU., 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Por una vez lo de las comparaciones es una ventaja. No hay duda de que a la saga Millennium facturada en Suecia y estrenada a lo largo de los dos últimos años le faltaba algo, lo fundamental, un director a la altura de la sordidez irrespirable del prometedor material. Niels Arden Oplev, y sucesores, iban siempre a rebufo del material, aplicando un librillo rígido e inorgánico en el proceso de adaptación; más preocupados por una oportunista fidelidad al texto original que por dotar a Millennium de una identidad y entidad cinematográfica propiamente dicha.

La primera aprobaba por el magnetismo de los retratos, aunque descarrilaba en cuanto cuajaba en thriller criminal, arrastrando el lastre de un punto de vista exageradamente mecánico. David Fincher está aquí para enseñarnos la película que pudo ser, para inyectar desasosiego en las planas imágenes de la exitosa versión sueca y para exprimir, como solo un catedrático de la moralidad tenebrosa podría, el reverso oscuro del relato y, de paso, acicalar el thriller y la mecánica criminal propiamente dicha optimizando los recursos de la novela y consiguiendo, quizá, que para variar la adaptación sea mejor película que la novela como tal.

Fincher, decíamos, era el tipo adecuado para el trabajo; lo único que condiciona el elogio es el cansancio, las prisas estratégicas de Hollywood por reinventar a Larsson y, digámoslo, el empacho de Millennium que arrastramos en los últimos tiempos. Digamos pues que Fincher llega demasiado tarde, o pronto, según se mire, como para entusiasmarnos con su impecable reseteo del primer volumen de la saga.

El director de Seven no marca territorio; es decir, la distancia argumental y contextual con respecto a la película de Oplev es inexistente; es una lástima que la dimensión mediática del fenómeno haya propiciado que Fincher no se atreva a americanizar el producto, a trasladarlo a un atrezo propio, a un universo de sombras doméstico en el que proyectar la novela en una nueva dimensión. No hay tal dimensión, lamentablemente.

Con todo, objetivamente, no hay color; este Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2011) muerde y sus virajes más sórdidos y sombríos te ponen los pelos de punta; la intriga no sestea, y se traza una continuidad mucho más redonda entre el primer acto y los dos siguientes. En fin, que hay crescendo y no su opuesto, como antaño. Rooney Mara lidia con el marrón más gordo, conseguir que olvidemos a la escalofriante Noomi Rapace, que era la sal y la pimienta del producto sueco. Asombra porque lo logra; hace suyas las rencorosas y vulnerables tribulaciones del icono trazando un camino propio, bordando ese equilibrio precario y explosivo de un personaje que en sus manos oscila sutilmente entre la sociopatología y la ternura con coraza.

La diferencia es que en este Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (2011) no sólo hay Salander; Fincher filma con la fiereza que se le presupone, exprimiendo la baza del paisaje helado, de las tinieblas nevadas bordando el compendio de afectividades perturbadas, de psicopatologías familiares en una Europa nórdica incivilizada, corrupta y brutal, en las antípodas del estereotipo escandinavo de corrección ética y política.

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