El País

Crítica: Forjar la propia identidad

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Mis hijos

Lo mejor:
Su reflexión sobre el precio a pagar en términos identitarios para madurar

Lo peor:
Que pase desapercibida entre tantas otras películas sobre israelíes y palestinos

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 13/03/2015
  • Director: Eran Riklis
  • Actores: Tawfeek Barhom (Eyad), Ali Suliman (Salah), Yaël Abecassis (Edna), Marlene Bajali (Aisha), Laëtitia Eïdo (Fahima), Razi Gabareen (joven Eyad), Norman Issa (Jamal), Daniel Kitsis (Naomi)
  • Nacionalidad y año de producción: Israel, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Resulta difícil no sentir cierta prevención ante una película como Mis hijos. Su argumento es el conflicto que enfrenta desde tiempo inmemorial en tierras de Oriente Medio a palestinos e israelíes. Han sido producidas innumerables cintas sobre el asunto, y, por alguna razón que se nos escapa, muchas de ellas se han abierto paso en nuestras carteleras. El efecto, sumado a la presencia en medios durante décadas de unos y otros, es el de un hastío considerable: lo crea el lector o no, uno de los primeros recuerdos de este crítico es la imagen en un telediario de unos combatientes refugiados tras un montículo arenoso, mientras una voz en off noticiaba puede que la enésima campaña militar israelí en el Líbano, puede que la enésima infiltración guerrillera palestina en territorios ocupados.

  Mis hijos logra romper con esos prejuicios, con el temor a que como ficción no sea otra cosa que una declaración maniquea de principios ideológicos, buenas intenciones, corrección didáctica. La película se estrena en nuestro país tras su paso por el festival de Locarno y la obtención de cuatro nominaciones a los premios de la Academia de Cine israelí, y con el aval de adaptar Árabes danzantes, novela de Sayed Kashua publicada en España en 2006 por la editorial Tropismos; un best-seller de prestigio en el que Kashua, guionista asimismo de la película que nos ocupa, relataba con tonos autobiográficos la historia de Eyad, un joven palestino nacido a mediados de los años setenta en la ciudad israelí de Tira.

 Durante su infancia, Eyad vive de acuerdo con los principios instaurados en el hogar familiar por sus mayores, todos ellos empeñados en considerar a los israelíes sus enemigos. Sin embargo, cuando en la adolescencia es admitido en un prestigioso centro de estudios sito en Jerusalén, nuestro protagonista empieza a sentirse fascinado por quienes debería odiar, hasta el punto de cuestionarse la relevancia de sus orígenes y la educación recibida. Una relación sentimental del todo inapropiada para los tiempos que le han tocado vivir, termina de arrojar a Eyad a una tierra identitaria de nadie; a una travesía del desierto emocional e intelectual, antesala de una madurez en la que nada es seguro, salvo la conciencia de haberse reinventado a sí mismo de acuerdo con la desesperación que le ha procurado la experiencia.

 Un periplo existencial que le será familiar a quien haya visto películas anteriores de Eran Riklis, director de Mis hijos, como Los limoneros (2008) y El viaje del director de recursos humanos (2011). A tenor de lo que nos brindan las imágenes, Riklis debe haber sentido una afinidad considerable con las inquietudes de Sayed Kashua, ya que su narración visual se manifiesta férrea, impecable, muy hábil en lo relativo a traspasar las fronteras entre la comedia y el drama, y en lo tocante a subrayar o insinuar mediante la duración de un plano o el montaje las muchas cavilaciones que torturan al protagonista a lo largo del metraje.

 Así -podríamos decir que afortunadamente, en concordancia con lo que hemos apuntado al principio de esta crítica-, lo menos importante es que la historia se ubique en una cierta región o en un determinado periodo, lo que podría dejar fuera de juego a un espectador inculto o desinteresado por un anecdotario histórico concreto. Al fin y al cabo, también los personajes de Mis hijos, como este crítico, viven los acontecimientos políticos y bélicos pegados siempre al televisor, como si fuesen testigos lejanos, menos partícipes que intérpretes, de los bombardeos y los atentados. Si la película de Riklis tiene valor, es, ante todo, por constituirse en lograda reflexión acerca de lo que supone madurar, afrontar la construcción del yo y las afinidades electivas; dirimir a partir de un momento dado qué ser y cómo actuar para conseguirlo, con las inevitables consecuencias que ello tiene para nuestro pasado.

 Cuando Eyad es pequeño, su padre se resiste a la opresión israelí clamando que él y su familia "solo quieren vivir con dignidad". Cuando acaba Mis hijos, queda flotando en el aire la perturbadora incógnita de qué significa exactamente vivir con dignidad, y cuánto tiene que ver en ello lo que decidimos al respecto, caiga quien caiga. Quien haya visto Gattaca (1997) sabrá a qué nos estamos refiriendo.

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