Crítica: El fin de la inocencia.

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Ninja Turtles

Lo mejor:
La película no es tan horrible como cabía esperar.

Lo peor:
Intenta complacer con resultados discutibles tanto a los niños de hoy como a quienes lo fueron hace veinte años y simulan seguir siéndolo.

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 17/10/2014
  • Director: Jonathan Liebesman
  • Actores: Megan Fox (April O´Neil), Pete Ploszek (Leonardo), Alan Ritchson (Raphael), Jeremy Howard (Donatello), Noel Fisher (Michelangelo), Danny Woodburn (Splinter), William Fichtner (The Shredder), Will Arnett (Vernon Fenwick), Whoopi Goldberg (Bernadette Thompson), Abby Elliott (Taylor), Minae Noji (Karai), K. Todd Freeman (Dr. Baxter Stockman)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Las películas son expresivas hasta cuando aspiran a no serlo. Hasta cuando, como interesa que ocurra en gran parte del cine comercial de hoy y, más concretamente, en el caso de Ninja Turtles, sus imágenes han sido purgadas de cualesquiera aristas creativas, ideológicas, que pudiesen permitirles trascender la condición de productos encantados de satisfacer las exigencias consumistas de quienes los adquieren.

 En este aspecto, sin ser un prodigio de calidad ni albergar discurso ninguno, de las tres películas consagradas entre 1990 y 1993 a los superhéroes quelónidos creados en 1984 por Kevin Eastman y Peter Laird, sí puede decirse que hacían honor al turmix pop que dio forma al cómic original, y que sabían reconfigurarlo con acierto de cara a un público masivo. En la actualidad, sumidos por completo en un universo de imágenes saturadas de significantes y vacías de significados, nos resulta difícil comprender que las Tortugas Ninja pudiesen esconder cargas de subversión por su recurso a la basura literal y cultural generada por las sociedades desarrolladas. Pero, como se detalla en el reciente documental Turtle Power: The Definitive History of the Teenage Mutant Ninja Turtles (2014), nadie daba un duro en su momento por el éxito de cuatro tortugas antropomorfas cuyos nombres rendían homenaje a otros tantos artistas del Renacimiento, cuya comida preferida era la pizza, y cuyo hábitat eran las insalubres cloacas de la ciudad de Nueva York.

 En cambio, hoy por hoy, Ninja Turtles se concibe como producción absolutamente estándar que, como subraya ese momento en el que Raphael, Leonardo, Michelangelo, Donatello y la intrépida periodista April O´Neil cuelgan como si estuviesen en una atracción de una torre que se ha derrumbado durante su lucha final con el maléfico líder del Clan del Pie, Shredder, solo aspira a que las imágenes sean los bastante vistosas y excitantes como para compensar el precio de la entrada. Es justo reconocer que durante su primera mitad, Ninja Turtles logra volver a contarnos con cierta habilidad -debida en buena medida a su director, Jonathan Liebesman, un todoterreno eficiente- el origen de las tortugas y su maestro, la rata Splinter; e, incluso, establecer de manera ingeniosa una ligazón con las producciones de los noventa. Pero, a partir de la escena de persecución automovilística de rigor, la película deviene un espectáculo de luz y color impersonal, lejos de la locura maníaca que singulariza al menos las realizaciones del productor de la película, Michael Bay.

 Pero, como apuntábamos al comienzo, hasta una película tan premeditadamente impersonal como la que nos ocupa, deja resquicios para que haga acto de aparición la extrañeza. Fruto de una apuesta por el realismo en la imaginería y el argumento que debe lo suyo al renacer de otra franquicia, la de Batman, a cargo de Christopher Nolan, los diseños y los comportamientos de Splinter o Raphael acaban siendo agresivos, algo siniestros. Y, como quizás cabía esperar tratándose de una producción Bay, la protagonista femenina (una Megan Fox cada vez más digna de lástima) se ve asediada sexualmente durante todo el metraje por un compañero de trabajo amargado y añoso y por la tortuga Michelangelo.

 En estos detalles se aprecia que, tratando de reconvertir un artefacto pop -el cómic de Eastman y Laird- y películas para toda la familia como fueron las de los noventa, en un parque temático que revitalice una marca, Ninja Turtles solo certifica una cosa: la pérdida de la inocencia en lo que se refiere a las ficciones para los más pequeños, la simulación de un candor que solo delata su inexistencia. Como anticipaba el ensayista Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia (1995), los rasgos de nuestra época son el infantilismo, la victimización y la irresponsabilidad; pero lo único que se ha conseguido al arrogarse los adultos esas características, es que después depositen una mirada contrahecha, obscena, sobre lo infantil, sujeto y objeto de representaciones cada vez más turbias.

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