Crítica: Mano de hierro, guante de seda

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
No respires

Lo mejor:
La calidad incuestionable de realización, montaje y fotografía

Lo peor:
La sensación en ocasiones de hallarnos únicamente ante un circo de tres pistas al que no apetecerá volver

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  • Género: Terror
  • Fecha de estreno: 02/09/2016
  • Director: Fede Alvarez
  • Actores: Stephen Lang (El hombre ciego), Jane Levy (Rocky), Dylan Minnette (Alex), Daniel Zovatto (Money), Emma Bercovici (Diddy), Franciska Töröcsik (Cindy), Christian Zagia (Raul)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Mientras que las superproducciones estadounidenses estrenadas en lo que llevamos de 2016 continúan sucumbiendo con toda justicia a taquillas equiparables en su mediocridad a sus calidades artísticas, las películas coetáneas de género facturadas en aquel país siguen procurando alegrías al cinéfilo con inquietudes. A La invitación, Bone Tomahawk, Green Room, Infierno Azul o Nunca apagues la luz hay que añadir ahora No respires, segundo largometraje de Fede Álvarez; un uruguayo que frisa ya los cuarenta años, y que saltó a la fama hace ocho por un corto titulado Ataque de pánico (2009). Aquella producción tan modesta como ambiciosa, que devino fenómeno viral en Internet, daba cuenta de un fan rabioso decidido a renovar todo un acervo del fantástico, apelando para ello sin complejos al sentido del espectáculo y las nuevas tecnologías.

 Dichas cualidades, así como una falta evidente de discursos propios de fondo -al menos, hasta la fecha-, permitirían ligar el nombre de Fede Álvarez al de un J.J. Abrams, y pueden explicar el fracaso creativo de su ópera prima: Posesión infernal (2013), empeñada como remake del film homónimo de 1982 en aproximarse a un clásico de lo más idiosincrásico sin otros argumentos que la musculatura formal, y un hincapié mórbido en los efectos más sangrientos. Recursos que barrían con la mítica de lo artesano y lo sobrenatural que convirtieron al original en un referente, sin que, a cambio, se percibiese en pantalla nada enriquecedor ligado al tiempo en que la película de Álvarez había sido realizada.

 El uruguayo ha aprendido la lección, y, en No respires, pasa de remitirse a ningún título célebre en concreto susceptible de delatar sus insuficiencias, su falta de carácter. Ha preferido saquear, pesas en mano, infinitas convenciones argumentales de algunos de sus géneros preferidos -el terror, el thriller-, con resultados, digámoslo ya, brillantes, de un control y una potencia muy meritorios. La película, escrita por el propio Álvarez junto a un colaborador habitual, Rodo Sayagues, cuenta la intrusión en una casa de las afueras de Detroit -quizás la ciudad más deprimida de Norteamérica- de tres jóvenes informados de que el dueño de la morada, un veterano ciego de la Guerra del Golfo, guarda en metálico una cuantiosa indemnización recibida tiempo atrás. Los chicos creen que el invidente es presa fácil, pero no cuentan con que su minusvalía ha potenciado en él otros sentidos y, sobre todo, con que la vivienda no solo alberga dinero en una caja fuerte; también, unos cuantos secretos deudores de una mente desequilibrada.

 Álvarez evidencia en todo momento una gran madurez en la gestión de personajes, diálogos y situaciones esquemáticos, trillados, que sublima merced a un ejercicio impecable de planificación, cadencias, gestión de los espacios, atmósferas, en el que tienen mucho que ver las interpretaciones de Stephen Lang y Jane Levy, la soberbia fotografía digital de Pedro Luque, y la labor de hasta tres montadores. Ello no solo incide en una inmersión total del espectador en lo que se nos plantea. Por añadidura, se logra que vaya aceptando sin pestañear una trama progresivamente desagradable, casi grotesca, que, sin embargo, nunca abandona unos cauces expresivos calculados al milímetro. El efecto es perturbador, linda con lo subversivo, como si estuviésemos viendo una película de los Wes Craven o Eli Roth más salvajes, pero dirigida por David Fincher. constituye así un divertimento ejemplar, pero, también, una carga de profundidad imprevista contra las intrigas asépticas y declamativas que anegan hoy por hoy grandes y pequeñas pantallas.

 Por otra parte, el malestar -bienvenido- que suscita la película de Álvarez cabe extenderlo a su retrato anímico de toda una sociedad, en la que la sensación de estafa y falta de horizontes se ha constituido en apreciación transversal a varias generaciones, a las que solo queda aferrarse al instinto de supervivencia. Un retrato que, dada la -insistimos, en nuestra opinión- afasia discursiva que han manifestado hasta la fecha las imágenes de Álvarez, vale la pena que sea señalado, pero no tiene visos de ser premeditado ni se exterioriza con demasiada contundencia. Ante todo, a No respires le interesa -los planos primeros, sobre los que se vuelve al final, son significativos al respecto- erigirse en ejercicio implacable, vertiginoso de suspense. Y eso lo alcanza de sobra.

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