Crítica: Pensarse en otro

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Pasolini

Lo mejor:
Para entrar en la película basta con comprender y participar de su condición de mirada de un cineasta sobre otro y, por tanto, sobre sí mismo

Lo peor:
Nos guste o no, la repercusión del estreno dirá mucho de la pervivencia de Pasolini en nuestro hábitat cultural

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  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 19/03/2015
  • Director: Abel Ferrara
  • Actores: Willem Dafoe (Pier Paolo Pasolini), Ricardo Scamarcio (Ninetto Davoli), Ninetto Davoli (Epifanio), Valerio Mastandrea (Nico Naldini), Maria de Medeiros (Laura Betti), Adriana Asti (Susanna Pasolini), Francesco Siciliano (Furio Colombo), Andrea Bosca (Andrea Fago), Giada Colagrande (Graziella Chiarcossi)
  • Nacionalidad y año de producción: Bélgica, Francia, Italia, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 18 años

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No han faltado críticos que ante todo han celebrado el talante respetuoso y la atención al detalle con que se abordan en Pasolini los compases postreros en la vida del escritor y cineasta italiano, asesinado brutalmente el 2 de noviembre de 1975, cuyo apellido presta su título al film. Y algún que otro realizador devenido articulista ha aprovechado que vivimos tiempos revueltos a nivel socioeconómico para subrayar la faceta más literalmente política del director de Accattone (1961) y Teorema (1968); faceta que le habría granjeado ser víctima, no de un chapero o extorsionistas, sino de un crimen de Estado: Había que matar a Pasolini.

 Es, desde luego, meritorio el esfuerzo del director Abel Ferrara y su co-guionista, Maurizio Braucci, por convertir las horas últimas de Pier Paolo Pasolini en un compendio de sus inquietudes creadoras y vivenciales, su entorno familiar y sentimental, y la Italia del momento, tan descompuesta como para hacer exclamar al propio creador pocas horas antes de morir "todos estamos en peligro"; las ideas de Pasolini, su oposición radical al contubernio mafioso que hacía y deshacía a su antojo en la política de su país, quedan patentes desde los diálogos iniciales.

 Sin embargo, la película está lejos de ser una biografía fílmica al uso. No hay intenciones didácticas, inspiradoras o hagiográficas. El público es arrojado sin introducciones a una cotidianidad de Pasolini fragmentaria, mediada por claves y resonancias que la trascienden, y puntuada por recreaciones de Petróleo, novela inconclusa del artista, y Porno-Teo-Kolossal, el guión que habría rodado tras la célebre Saló, o los 120 días de Sodoma (1975) de no haber fallecido.

 El empeño de Abel Ferrara no pasa, pues, por ser puntilloso, explicativo; sino por proponer un collage de argumentos y un clima emocional en torno a Pasolini, que exigen del espectador familiaridad con la figura que encarna Willem Dafoe, y comprender que la política no era en su caso tanto ideología como una forma de conciencia medular, una manera de interpretar el mundo y el arte caracterizada por "el cuestionamiento tenaz de los sentidos comunes de la polis y las certezas automáticas de la cultura" (Eduardo Grüner). Como afirma el propio Pasolini en los primeros minutos de metraje, "no hay nada que no sea político".

 Con la estructura descrita, que honra una concepción nada autocomplaciente de la existencia, a la vez ebria de sus grandezas y sus miserias, empeñada siempre en desentrañar la relación del yo con las formas que crea y que le crean, Ferrara somete el universo de un cineasta que siempre ha admirado a un proceso de reconocimiento y lectura, mitad ensayístico mitad digresivo, que constituye, al cabo, el verdadero argumento del film. Algo que ponen de manifiesto ciertas incongruencias idiomáticas entre el Pasolini de Dafoe y el reparto italiano, o los bellos y frecuentes fundidos encadenados, que engarzan escenas entendidas como bosquejos, apuntes, ensoñaciones; cuyo conjunto semeja un zibaldone de pensamientos casi á la Giacomo Leopardi. Resulta divertido caer en la cuenta de que la última edición del Festival de Venecia programó en la misma jornada una recreación de la vida de Leopardi, Il giovane favoloso (Mario Martone, 2014), y Pasolini.

 En cualquier caso, el proceso que a la postre lleva a cabo Ferrara -pensarse, como no podía ser de otra manera, a sí mismo pensando a Pasolini- está plagado de tensiones soterradas y apasionantes. Uno y otro director pueden considerarse herederos espirituales de Roberto Rossellini (1906-1977), en tanto en cuanto todos ellos se han interesado por la representación de la condición humana en tiempos que no pueden soslayar la omnipresencia de un mal sistémico. Por ello, cuando uno y otro apelan en sus imágenes a la violencia explícita e implícita en el estar vivo en el seno del orden presente de las cosas, "filman el tumulto fundamental con el objetivo de llegar a una claridad de la conciencia" (Carole Desbarats).

 Sin embargo, Pasolini aún tenía -o tuvo durante gran parte de su vida- una confianza moderna en el poder de la alegoría cinematográfica, en la posibilidad de una reivindicación fílmica de lo mítico sagrado que le permitiese y nos permitiese emanciparnos de "la única ideología real y consciente que unifica lo contemporáneo, el nuevo fascismo de lo consumista". Mientras que Ferrara, nacido treinta años después, sufre de una melancolía posmoderna, un escepticismo y una desesperación de fondo que, para el caso, evidenciaba Mary (2005), trasunto programático de El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini, 1964) que tan solo acertaba a enunciar dubitativamente la impotencia del audiovisual contemporáneo para aprehender lo sagrado.

 La misma melancolía, que algunos han confundido con pereza o inexpresividad, anega las imágenes de Pasolini. El retrato, en definitiva, de un artista con acceso a claves que quien le observa, otro artista, no dispone de útiles para descifrar. Los planos del Pasolini yerto en Pasolini, un Pasolini con los rasgos de Willem Dafoe que parece dormir, flotar, no son por tanto únicamente un homenaje a alguien que edificó lo que predicaba, "un mundo propio con el cual no haya comparaciones posibles, para el cual no existan medidas de juicio anteriores"; también son el reconocimiento de una aspiración propia a hacer lo mismo, y hasta de una envidia sana hacia quien lo ha conseguido. Sentimientos que a quien esto escribe no le cuesta nada reconocer que comparte.

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