El País
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Crítica: Planeta Optimismo

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Passengers

Lo mejor:
Es una de las películas más divertidas, irreverentes y optimistas del año.

Lo peor:
¿Habrá que esperar, para variar, cuarenta o cincuenta años para que sea reivindicada?

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  • Género: Ciencia-ficción
  • Fecha de estreno: 30/12/2016
  • Director: Morten Tyldum
  • Actores: Jennifer Lawrence (Aurora Lane), Michael Sheen (Arthur), Laurence Fishburne (Gus Mancuso), Andy García (Capitán Norris), Vince Foster (Oficial), Kara Flowers (Oficial de comunicaciones), Chris Pratt
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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En los planos de la que acaba por ser realización más inspirada hasta la fecha del sueco Morten Tyldum, firmante previo de títulos como Headhunters (2011) y The Imitation Game (2014), confluyen dos imaginarios que, en los últimos años, Hollywood ha frecuentado y cargado de sentidos alegóricos: uno de ellos, la ciencia ficción, que recogió el testigo de la fantasía alienante característica de la pasada década, para poner de manifiesto su proverbial talante especulativo en relación con la actual crisis socioeconómica; el otro imaginario atañe, a su vez, al retrato del individuo en clave de náufrago solitario, abocado, en un territorio hostil que no es sino metáfora de nuestro tiempo, a la supervivencia y la reconfiguración espiritual.

Moon (2009), 127 horas (2010), Infierno blanco (2011), La vida de Pi (2012), Gravity (2013), Al filo del mañana (2014), El renacido (2015) o Marte (2015) son ejemplos notorios de una y otra tendencia, coincidentes a menudo en el mismo relato; y Passengers evidencia hasta qué punto el cinéfilo se ha aclimatado a ambas. Películas como las apuntadas apelaban a fuentes literarias de prestigio, retos audiovisuales, premisas concienciadas, para justificar su existencia. La protagonizada por Chris Pratt y Jennifer Lawrence, se limita en cambio a explotar sin complejos ciertas corrientes de moda, en provecho de un ramillete de imágenes vistosas a todos los niveles, que han aspirado sin demasiada suerte hasta ahora a reventar estas navidades las taquillas de todo el mundo: dos actores jóvenes y atractivos en la piel de personajes enredados en un crescendo de interacciones emocionales primarias, y un presupuesto holgado que otorga tanta verosimilitud como esplendor a su plasmación de los interiores y el exterior de una gigantesca nave espacial que, en un futuro cercano, transporta hibernados a cinco mil colonos desde la Tierra a otro planeta situado a ciento veinte años luz.

Uno de ellos, Jim Preston (Pratt), despierta, a causa de un encontronazo con asteroides que compromete poco a poco el funcionamiento de la nave, y toma conciencia con horror de que no puede volver a su cápsula de hipersueño. Habrá de vivir y morir por tanto a solas en tiempo real, mientras el resto del pasaje duerme los noventa años que restan hasta la conclusión del viaje. Desesperado, Jim empieza a pergeñar la idea imprudente de despertar a otro pasajero para que comparta siquiera temporalmente su suerte… El guión de Passengers, obra de Jon Spaithts, ha tardado en materializarse como cine casi diez años, y ha sido objeto de alteraciones incluso durante la realización de la película que ahora se estrena. Algo que, junto a los condicionantes de producción señalados, explica el principio de indeterminación que rige tono y narración; la mezcla sincrética, desprejuiciada, en ocasiones irreflexiva, de géneros populares -aventuras, romance, space opera, tragicomedia con apuntes perturbadores- que se da a lo largo de todo el metraje, y que le ha costado a la película críticas negativas en Estados Unidos.

Hay que lamentar la falta de sentido del humor y, lo que es más grave, de perspectiva, que implican esos juicios: merced a lo luminoso de la fotografía de Rodrigo Prieto y la escenografía digital, y la elegante puesta en escena de Morten Tyldum, los registros variados no solo contribuyen a urdir uno de los espectáculos más bellos de la temporada, así como un relato muy ameno. Además, hermanan la película con modelos gozosamente pulp, folletinescos, como los representados por la literatura de ciencia ficción que se produjo en Estados Unidos hasta la llamada Era de Campbell, el Flash Gordon a medias burgués y a medias fantasioso dibujado por Dan Barry, o las novelas populares de kiosco escritas antaño por un Luis García Lecha.

Más aún, resulta complicado disociar las formas polifacéticas de Passengers, de las sugerencias argumentales que puntúan muchas de sus escenas en torno a la organización de la vida en el seno del capitalismo, las clases productivas y las creativas, la contraposición entre destino manifiesto y música del azar, y la búsqueda utópica de nuevas fronteras para una sociedad que ha agotado los recursos materiales y espirituales que procuraban su bienestar, y que pretende sin embargo mudar todas sus lacras a ámbitos inexplorados. Y ello acaba por generar el eco más inesperado y a la vez más lógico que se percibe en Passengers: el de las revulsivas y agridulces screwball comedies posteriores a la Gran Depresión estadounidense de 1929. No cuesta nada imaginar como protagonistas a Fredric March y Jean Arthur, a Edward Everett Horton como el camarero androide que interpreta Michael Sheen, y al estiloso Mitchell Leisen como director artístico y/o realizador de la película. Aunque mucho nos tememos que, al igual que hubieron de pasar décadas para que la crítica reivindicase con todas las consecuencias el talento de un Leisen, suceda lo mismo con Passengers.

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