El País

Crítica: El matrimonio es un infierno.

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Perdida

Lo mejor:
Una espléndida Rosamund Pike.

Lo peor:
El cóctel de géneros y tonos no siempre está bien equilibrado.

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  • Género: Thriller
  • Fecha de estreno: 10/10/2014
  • Director: David Fincher
  • Actores: Ben Affleck (Nick Dunne), Missi Pyle (Ellen Abbott), Neil Patrick Harris (Desi Collings), Scoot McNairy (Tommy), Carrie Coon (Margo Dunne), Casey Wilson (Noelle Hawthorne), Patrick Fugit (Detective Jim Gilpin), Sela Ward (Sharon Scheiber), Tyler Perry (Tanner Bolt), Boyd Holbrook (Jeff), Emily Ratajkowski (Andie Hardy)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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David Fincher no es un director convencional, y la novela en la que se basa su última película tampoco. De ese prometedor cruce de caminos no podía cuajar otra cosa que no fuera una película insólita, sutilmente provocadora y felizmente desconcertante del primer al último plano. Si no te cuentas entre los lectores de la novela, la intriga irá siempre dos pasos por delante de ti, mutando sobre la marcha, cambiando de disfraz y revelando una diversidad de lecturas nada corriente en un producto de gran estudio de estas características. Perdida comienza amagando ser un thriller tradicional de desaparecido/a, pero enseguida intuyes que no va a serlo, porque el personaje protagónico está muy lejos de transmitir la desesperación y tensión de un mal trago de estas características.

Aparentemente la dramática desaparición de su esposa le resbala, se la trae casi literalmente al pairo. A partir de ahí arranca el estimulante juego de espejos forjado a base de pistas falsas. Ben Affleck, que habitualmente ejerce de actor sin sangre y de expresividad monolítica, exprime aquí sus defectos, que, para variar, son idóneos para el papel del marido escéptico, impávido y desencantado. Mientras Fincher dibuja una sátira nada sutil acerca de la infumable falta de escrúpulos de los medios de comunicación, que son al final básicamente una industria del espectáculo camuflada y, naturalmente, de la opinión pública, esclava de la frivolidad y el morbo más rastrero.

Poco a poco se filtran píldoras de humor negrísimo en un relato que se sabe insólito, y que proyecta destellos de gran cine en la caracterización de esa dinámica amor-odio, destructiva y autodestructiva, llevando los límites de la venganza hasta extremos delirantes (en el buen sentido del término). Con todo, tienes una sensación extraña que no sueles tener con otras películas de Fincher. El director de Seven suele clavar el tono del relato, dando con la tecla exacta, bordando, con una intuición afilada, el registro que la narración pide a gritos.

En Perdida eso no ocurre. La percepción es que el tono es un tanto errático, que no siempre la visualización del perverso universo de la novela termina de funcionar. El desconcierto en una película de estas características es un arma de doble filo: funciona siempre y cuando termine de disiparse en el último acto. Aquí eso no pasa; tienes la sensación de que Fincher no acierta a dar con la fórmula adecuada para combinar las cadencias naturales del thriller con la parábola matrimonial, el suspense con el sentido del humor. Al final Perdida es una despiadada disección de las mentiras e hipocresía que nutren la convivencia en pareja, de los acuerdos silenciosos, basados en la negación de uno mismo, que implica el matrimonio, que no pocas veces cuaja como una mala película de terror, una pelea a brazo partido, y muy sucia, por el dominio y el poder, pero el personaje femenino (espléndida Rosamund Pike) funciona mucho mejor que el masculino: Affleck y su personaje se diluyen en el último acto y la película queda coja, los porqués de la mitad de la historia simplemente quedan en el aire.

Perdida tiene muchas virtudes, pero dista de ser una película redonda. Sus desequilibrios son a la vez virtud y defecto, y por más que la puesta en escena resulte absolutamente impecable, tienes siempre la sensación de que lidias con un Fincher menor, enormemente audaz pero, precisamente por eso, fallido en buena medida.

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