El País
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Crítica: Imágenes pavlovianas

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Piratas del Caribe: La venganza de Salazar

Lo mejor:
La luminosa fotografía de Paul Cameron

Lo peor:
Es una película de plástico

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 26/05/2017
  • Director: Joachim Ronning, Espen Sandberg
  • Actores: Johnny Depp (Capitán Jack Sparrow), Kaya Scodelario (Carina Smyth), Orlando Bloom (Will Turner), Javier Bardem (Capitán Salazar), Geoffrey Rush (Barbossa), Brenton Thwaites (Henry Turner), Kevin McNally (Gibbs)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2017
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Han pasado ya seis años desde que se estrenase la anterior aventura del estrafalario bucanero Jack Sparrow, Piratas del Caribe: En mareas misteriosas (2011). Aquella cuarta entrega, dirigida por Rob Marshall, evidenciaba la dificultad de que la serie protagonizada por Johnny Depp emprendiese rumbos creativos distintos tras lo logrado en la trilogía original dirigida por Gore Verbinski. Verbinski apostó en Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003), y, sobre todo, en Piratas del Caribe: El cobre del hombre muerto (2006) y Piratas del Caribe: En el fin del mundo (2007), por una apología desmesurada del audiovisual inmersivo, típica del momento sociohistórico en que se concretaron sus películas. Rob Marshall, en cambio, intentó sin demasiada suerte experimentar con las esencias del clasicismo y el estilo, y, aunque su filme tuvo también repercusión en taquilla, transmitió la sensación de que la franquicia había perdido su razón de ser.

 Pero Piratas del Caribe: La venganza de Salazar ha sido producida. Ahora bien, bajo el auspicio de una Disney que ha descubierto en los últimos tiempos cómo exprimir con éxito las muchas marcas que ha pasado a gestionar, en atención a dos reglas de oro que no dejan lugar ni a desvaríos, ni a titubeos. La primera, satisfacer la cinefilia pavloviana de muchos, a quienes basta la aparición en pantalla de signos antaño con sentido y hoy placebos de valor estrictamente consumible. Y, en la misma línea, la manufactura menos de ficciones, que de pulcros dioramas multiusos, plagados de muñecos de acción articulados y con complementos intercambiables. En este sentido, como ya sucedía comparando planos de transición correspondientes al binomio Guardianes de la Galaxia (2014-2017) y a Rogue One: Una historia de Star Wars (2016), o ciertos efectos visuales de Ant-Man (2015) y Doctor Extraño (2016), hay algunas escenas de Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, más en concreto aquella en la que los protagonistas se disputan en el fondo del océano el mítico tridente del dios Poseidón, en que el diseño de producción y la paleta cromática llegan a generar la impresión de hallarnos viendo alguna de las correrías del Thor encarnado por Chris Hemsworth.

 Por todo ello, el reto a que se enfrenta en esta ocasión Jack Sparrow -eludir la venganza de un viejo enemigo, el capitán Salazar ( Javier Bardem), que ha escapado del Triángulo de las Bermudas con su tripulación fantasma- tiene poco de nuevo; más bien al contrario, parece que la película presumiese en muchos planos de subrayar con un fastuoso trabajo de chapa y pintura su recurso literal a imaginarios, personajes, tropos argumentales y musicales, archisabidos para el espectador. El relato no es verosímil en ningún instante como tal: la entrada en escena de Sparrow, sus encuentros con sus compañeros de lances, Henry Turner (Brenton Thwaites) y Carina Smyth ( Kaya Scodelario), el planteamiento de los nuevos peligros y maravillas que aguardan a todos ellos, no funcionan de manera orgánica, sino como ecos apenas distorsionados por la creatividad de otras situaciones muy parecidas vistas en la misma saga.

 Y, por otro lado, la endogamia de producción percibida en los universos Disney, tiene un reflejo inmejorable en otra narración obsesionada hasta lo casi patológico con lo doméstico y los traumas familiares. Como en el universo muy lejano de los nuevos episodios de Star Wars, en los vastos mares de la saga Piratas del Caribe, las criaturas de ficción han de andarse con cuidado antes de establecer relaciones sexuales o sentimentales, no vaya a ser que acaben en brazos de sus padres, sus hijas, sus hermanos o sus madres. Puede que por eso, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar sea una película tan puritana como es habitual en la Disney actual, aunque un hombre y una mujer blancos se den un beso, y a otra pareja blanca heterosexual se les vea juntos en una cama, el colmo de la incorrección política y el desprecio por la diversidad en la representación.

 Ante tanto adocenamiento, tanto plástico, poco importa que los directores Espen Sandberg y Joachim Rønning se hayan esforzado a la hora de formalizar los instantes más vistosos: el robo al inicio del metraje de una caja fuerte, guiño a la franquicia Fast & Furious y a muchos precedentes de acción y comedia en la misma línea; una isla cuya superficie replica con gran belleza la bóveda celeste; y el enfrentamiento final en un abismo marino cuyos muros son aguas separadas por arte de magia. Poco para dos horas tediosas, muy tediosas, que amenazan, merced a una escena post-créditos, con prorrogarse en más filmes.

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