Crítica: Salto al vacío

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Point break: Sin límites

Lo mejor:
Es un retrato muy ajustado del presente

Lo peor:
Es un retrato muy ajustado del presente

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 01/01/2016
  • Director: Ericson Core
  • Actores: Luke Bracey (Johnny Utah), Edgar Ramirez (Bodhi), Teresa Palmer (Samsara), Tobias Santelmann (Chowder), Ray Winstone (Angelo Pappas), Delroy Lindo (FBI Instructor), Clemens Schick (Roach), Matias Varela (Grommet), Senta Dorothea Kirschner (FBI Head)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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No costaría demasiado fulminar esta segunda película deEricson Core, director de fotografía en films como A todo gas (2001) y Daredevil (2003) y realizador del drama deportivo Invencible (2006), con una crítica sumamente negativa, dado que nos hallamos ante un remake en principio endeble de Le llaman Bodhi (1991). Sin embargo, convendría ser prudente. Pese a las alabanzas unánimes de que parecer ser merecedora hoy por hoy la película original, protagonizada por  Keanu Reeves y Patrick Swayze, en el momento de su estreno estuvo lejos de convencer a la mayor parte de la crítica, en especial la española, por mucho que atesorase todas las constantes autorales de que su directora, Kathryn Bigelow, haría gala con más ostentación en títulos posteriores de prestigio como  En tierra hostil(2008) o  La noche más oscura (2012). Quién sabe si no podría suceder algo semejante en el futuro con  Point Break: Sin límites y su firmante.

 La película de Core recicla el argumento de Le llaman Bodhi: un agente novato del FBI se infiltraba en la comunidad surfera de Malibú, California, para desvelar las identidades de quienes integraban un grupo de atracadores antisistema que actuaba en la zona. El film de Bigelow reubicaba el escenario clásico del cine negro, urbano y degradado, en otro soleado y teñido de connotaciones libertarias, y sus magníficas escenas de acción sublimaban pulsiones existenciales abisales que afectaban no solo a los delincuentes, también al joven detective Johnny Utah (Reeves). Sin embargo, Point Break: Sin límites apuesta a que las actividades de Bodhi (  Edgar Ramírez) y su banda tengan un carácter transnacional -apenas insinuado en Le llaman Bodhi- y cuasimístico; por una desustanciación de sus actividades criminales; y por el arrinconamiento del noiry la violencia a favor de un espectáculo en torno a la práctica de deportes de riesgo, casi un ejemplo de branding cinemapagado por fabricantes de automóviles y equipos de escalada, que Core orquesta con una fotografía epatante firmada por él mismo y una realización funcional plagada de panorámicas no exentas en ocasiones de belleza: un puñado de embarcaciones de lujo mecidas por grandes olas, un paquete descomunal de billetes de banco abierto a miles de metros de altura que llena el cielo de confeti, la hierba de un risco agitada al paso veloz de un grupo de paracaidistas con trajes aéreos, motoristas tratando de escapar a una avalancha...

 Es evidente que los cambios descritos responden a la busca y captura del público lobotomizado que pulula hoy por hoy por centros comerciales y multisalas de extrarradio. Lo que, aunque derive en numerosas limitaciones creativas -es terrible que actores de entonces tan limitados como Swayze o Reeves se erijan en el colmo del carisma comparados con los actuales Ramírez o  Luke Bracey-, también sirve al propósito de brindar un testimonio de lo más preciso sobre el panorama sociocultural, hasta económico e ideológico, del ahora. Por un lado, Point Break: Sin límites reinterpreta las imágenes de Le llaman Bodhi a golpe de objetivo macro, y a ello no es ajena la presencia como guionista de Kurt Wimmer, que, en trabajos anteriores -escritos solo o en colaboración- como Equilibrium (2002), Ultravioleta (2006) y Un ciudadano ejemplar (2010), ya había dado muestra de su desparpajo a la hora de revitalizar narraciones tradicionales con una dieta arriesgada de anabolizantes y recursos sensacionalistas. Y, por otra, todo ese trabajo de cuanto más, mejor se ve relativizado por la mezcla de languidez y euforia insustanciales, la falta absoluta de convicción, que transmiten en sus propósitos personajes que, como el Hansel (  Owen Wilson) de Zoolander (2001), como Rey ( Daisy Ridley) y Finn (  John Boyega) en  Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015), bien podrían decir aquello de "a mí me importa muchísimo lo que hago; ¿acaso sé qué producto vendo? ¡No! ¿Sé lo que estoy haciendo hoy? ¡No! Pero estoy aquí, y voy a dar lo mejor de mí".

 Una afasia ideológica que atraviesa la ficción, a sus responsables, a todo cuanto nos rodea en nuestros días. En el film de Bigelow, un Bodhi ya algo farsante se desesperaba tratando de explicar a sus cómplices y a Utah que "lo que hacemos nunca ha sido por el dinero, sino un nosotros contra el sistema, un buscar la paz a través de la potencia de fuego". La estrategia de los protagonistas de  Point Break: Sin límites es otra. Prefieren no despeinarse. Pasan con el mismo espíritu posibilista por una pelea digna de El club de la lucha (1999), una merienda campestre, proezas subacuáticas, macrofiestas con DJs, saltos al vacío sobre tablas de snowboard... como un votante de Podemos cualquiera, los Bodhi y Utah del siglo XXI juegan a ser hippiesen entornos de lujo, rápidos cual sabandijas para no dejarse permear por nada, para eludir la foto-fija que daría cuenta exacta e inapelable de su verdadera condición.

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