El País
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Crítica: Los vivos y los muertos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Poltergeist (2015)

Lo mejor:
La fotografía de Javier Aguirresarobe y el retrato de familia

Lo peor:
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  • Género: Terror
  • Fecha de estreno: 22/05/2015
  • Director: Gil Kenan
  • Actores: Sam Rockwell (Eric Bowen), Rosemarie DeWitt (Amy Bowen), Jared Harris (Carrigan Burke), Saxon Sharbino (Kendra Bowen), Nicholas Braun (Boyd), Kennedi Clements (Madison Bowen), Jane Adams (Dr. Claire Powell), Susan Heyward (Sophie), Kyle Catlett (Griffin Bowen)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Días antes del estreno en nuestro país de este remake de la famosa película de terror auspiciada en 1982 por Steven Spielberg, el cineasta Nacho Vigalondo bromeaba en su cuenta de Twitter con que "resulta significativo que en el cine de hoy hasta los muñecos vengan de fábrica con la cara escalofriante puesta"; y lo certificaba adjuntando una imagen del payaso que, también en esta nueva Poltergeist (2015), acosa por las noches a uno de los pequeños de la familia recién instalada en una casa llena de espíritus malignos. Ciertamente, mientras que el muñeco de la cinta original adquiría rasgos inquietantes en virtud de la manifestación creciente de fenómenos paranormales y la sugestión, cuando el de la  Poltergeist (2015) presente es hallado junto a otros en un desván, ya ostenta en el rostro una expresión terrorífica.

 Es un detalle significativo; como lo es que en el primer filme el espectador fuese partícipe junto a la familia Freeling de una cotidianidad y unas expectativas vitales progresivamente desbaratadas, mientras que en esta ocasión tiene noticia desde los primeros planos de que algo malo se cierne sobre los Bowen; por no hablar de la aparición del título de la película, no sobreimpresionado a las imágenes o en un aparte sobre negro, sino como si hubiese sido labrado sobre los terrenos malditos circundantes a la vivienda que habitarán los protagonistas. Todo ello nos habla, como viene sucediendo desde hace unos años en el ámbito del cine comercial, de un producto menos aprehensible como ficción que como representación, puesta en escena de claves que una vez tuvieron sentido dramático y narrativo y que hoy solo aspiran a jugar con el público al escondite o el veo veo. Lo interesante ya no es el qué se cuenta, ni el cómo se cuenta, sino el placer lúdico derivado de transitar con los sobresaltos justos por lo que ayer fue sentido y hoy es signo flotante, jalón en un parque temático o un videojuego.

 En este sentido, no resulta extraño que el director escogido finalmente para este remake -que ha tardado años en salir adelante- sea Gil Kenan, artífice previo de City of Ember (2008) y, sobre todo, la producción animada Monster House (2006). Como tampoco es chocante que la reescritura de la historia haya sido encargada al guionista, pero también dramaturgo, David Lindsay-Abaire (Los secretos del corazón, 2010). En primera instancia, resulta obvio que ambos han sido contratados por lo que pudiesen aportar en términos de valor de marca, sin importar demasiado que a la postre ninguno haya honrado los supuestos talento e idoneidad que hacían presuponer sus anteriores trabajos. Pero no es menos cierto que, pasados unos primeros minutos de metraje cuya fluidez y naturalidad -a las que contribuye decisivamente la fotografía digital de Javier Aguirresarobe- dan al traste con la retórica ochentera de la película original, la mirada de Kenan y Lindsay-Abaire sobre la primera Poltergeist es la propia de escenógrafos tan entusiastas como errados a la hora de escoger la obra a adaptar; de viajeros que intentasen recorrer hitos de un país extranjero leyendo con innegable atención una guía turística, subrayándola en ocasiones hasta el extremo de hacerla ilegible, pero sin una comprensión real de la cultura circundante que les permitiría no solo honrarla, también transgredirla con fundamento.

 El resultado de ello es, y los aficionados al género sabrán de inmediato a qué nos referimos, el enésimo ejemplo actual de cine de terror incoherente y descafeinado, reservado a los aficionados de multisala. Ni siquiera salva la función, aunque se cuente entre lo más meritorio de la misma, el discurso en torno a la crisis inmobiliaria y económica de 2008 y sus interminables efectos, que la película que nos ocupa comparte con otro título similar reciente, El heredero del diablo (2014). En la Poltergeist de 1982, la familia de clase media baja liderada por Steve (Craig T. Nelson) luchaba con su cambio de residencia por subirse al carro de la prosperidad económica y especulativa reaganiana, aunque el desenlace de la película expusiera el complejo de culpa latente de una sociedad que había abjurado de sus raíces y principios en nombre del bienestar material. La Poltergeist de 2015, con Eric ( Sam Rockwell), el cabeza de familia, abocado al paro y la desesperanza por la Gran Recesión presente, cierra el círculo, funciona como reflejo especular casi perfecto de la anterior; como alegoría sobre el final de toda una época, coronado por la idea de que ya es factible sepultar y olvidarse de los vivos como se había hecho siempre con los muertos.

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