Crítica: Entretenida ración de ciencia-ficción catastrófica y apocalíptica lastrada por el intimismo emocional de cartón y por un Nicolas Cage fuera del tiesto

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Señales del futuro

Lo mejor:
La agilidad del relato

Lo peor:
El sentimentalismo de cartón-piedra y los diálogos

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 08/04/2009
  • Director: Alex Proyas
  • Actores: Nicolas Cage (John Koestler), Rose Byrne (Diana Wayland), Chandler Canterbury (Caleb Koestler), Nadia Townsend (Grace Koestler), Alan Hopgood (Rev. Koestler)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2009
  • Calificación: No recomendada menores de 13 años

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La ciencia-ficción deja de ser un guiño futurista a la fantasía desbordada para recuperar el aliento viejo de servicio público. Si antaño el género sirvió a la paranoia política y geoestratégica de una guerra fría con tintes pre apocalípticos, en la primera década del siglo XXI sirve a propósitos nuevos. Utilizada por el cine como espejo distorsionado del frenesí milenarista de nuestros días, entre mensajes del ocaso de la civilización, la crisis económica, las pandemias y el calentamiento global irreversible, la ciencia-ficción recupera protagonismo en medio del caos para seducir la sensibilidad catastrófica de un planeta en estado de semi pánico por culpa de la muy fundada paranoia climática.

Es el fin de los días de "El día de mañana", de "El incidente" o de "Ultimátum a la Tierra". La ciencia ficción de la hecatombe vuelve a resurgir con enorme fuerza porque el devenir turbio de los tiempos convierte por pura inercia en un espejo terrorífico del ahora, o del inminente mañana. El cine de ciencia-ficción se convierte de pronto en cine de terror. El escenario destructivo y terminal que explota es estratégicamente afín a los malos augurios ambientales y climáticos. Por eso vende otra vez como nunca.

"Señales del futuro" se suma a esa corriente eludiendo hablar en plata y escondiendo el apocalipsis climático dentro de un esquema meramente fantástico que esquiva así la polémica de señalar al hombre con el dedo como causante del descomunal desarreglo medioambiental. Alex Proyas renuncia así a la oscuridad endémica de sus mejores películas seducido por la luz de una superproducción con enorme potencial taquillero que carga sobre sus espaldas con un millar de defectos pero con una virtud también que casi redime todos los agujeros. Es una película extraordinariamente ágil, su milenarismo numerológico es adictivo y veloz. Cuesta desentenderse de los avatares apocalípticos que el guión desenreda con sabio manejo de los tiempos.

La soltura del embrollo escurre parcialmente el bulto de los pecados: cine trufado de diálogos bobos, de sentimentalismo de lata de conservas, de amoríos paterno-filiales de manual de esquinas dobladas... Proyas enfila con frecuencia el atajo de lo improbable, encadenando casualidades y fortuitas coincidencias con muchas prisas y sin credibilidad ninguna. Molestan cantidad las ñoñerías padre-hijo, los clichés de familia huérfana de madre que sobrevuela el deprimido ambiente hogareño, la contrastadísima incapacidad de Nicolas Cage para hacer creíble o razonable personaje alguno.

El director gestiona bien un guión que sabe urdir la intriga con oficio pero que descuida prácticamente todo aquello que la rodea. A ratos "Señales del futuro" se precipita hacia el abismo del disparate, pero malamente siempre acaba por mantener el tipo para que finalmente la contundencia trepidante del relato acabe disimulando sus incontables carencias. El audaz desenlace, moralina cristiana aparte, que se atreve a exprimir el catastrófico planteamiento hasta sus últimas consecuencias es otro plus a su favor. Ver y olvidar, sin embargo, cine entretenido, de estimable factura e intimismo casi desastroso. Proyas consigue que el reloj permanezca bajo la manga de la camisa y que no aderecemos, a pesar de todo, la proyección con bostezos. No es mal balance después de toro, a pesar de Nicolas Cage.

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