Crítica: Tópicos contra tópicos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Sexo fácil, películas tristes

Lo mejor:
Ernesto Alterio

Lo peor:
La pobretería, que no modestia, de las imágenes

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  • Género: Comedia romántica
  • Fecha de estreno: 24/04/2015
  • Director: Alejo Flah
  • Actores: Marta Etura (Víctor Montero), Quim Gutiérrez (Víctor Montero), Carlos Areces (Luis), Ernesto Alterio (Pablo Diuk), Julieta Cardinali (Valeria), Mónica Antonopulos (Lucía Leroux), Bárbara Santa Cruz (Clara)
  • Nacionalidad y año de producción: Argentina, España, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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En algunos medios, Sexo fácil, películas tristes ha sido promocionada en base a que una de las compañías involucradas en su producción, LAZONA, ha estado implicada también en la gestación de una de las comedias más exitosas en la historia del cine español, Ocho apellidos vascos (2014). La estrategia puede costarle a algún responsable de LAZONA agresiones físicas por parte de espectadores despistados: no es ya que esta primera realización del, hasta la fecha, guionista argentino Alejo Flah (Vientos de agua, Séptimo) no tenga absolutamente nada en común con la chocarrera realización de Emilio Martínez-Lázaro estrenada el año pasado; es que sus estrategias creativas pasan por debatir los tópicos asociados desde tiempos inmemoriales al ámbito de la comedia; justo lo contrario de lo que hacía Ocho apellidos vascos, que se refocilaba en ellos. Los designios de la publicidad son inescrutables, pero los de la agresividad humana también.

 El protagonista de Sexo fácil, películas tristes es Pablo ( Ernesto Alterio), un novelista bloqueado sentimental y profesionalmente a quien se le encarga escribir el guión de una comedia romántica estereotípica. Pablo se embarca en la labor sin entusiasmo, con un talante escéptico que le ha llevado sin darse cuenta a malbaratar su vida con apenas cuarenta años; pero, poco a poco, a medida que va indagando y descubriéndose a sí mismo los mecanismos, las estrategias de la comedia romántica que protagonizan en su imaginación Marina ( Marta Etura) y Víctor ( Quim Gutiérrez), irá comprendiendo que una fábula, incluso la más trillada, tiene la facultad de ser tan interesante o tan aburrida como quiera la realidad de la que surge; y, al contrario, que la realidad puede pensarse a sí misma, y hasta escapar a sus propias trampas, a través de la fábula. Aunque Pablo se creía en principio seguro parapetado tras su teclado, las vivencias de las criaturas de su relato y las suyas propias irán combinando sus signos hasta precipitar en una ficción que las comprende a ambas: la propia Sexo fácil, películas tristes.

 Como puede apreciarse, nos hallamos ante un ejemplo de cine metagenérico, siempre interesante aunque haya dejado hace tiempo de ser una novedad: es posible que a la hora de escribir estas líneas siga presente en las carteleras españolas una propuesta que guarda innegables similitudes con Sexo fácil, películas tristes, En tercera persona (2013), y tampoco quedan lejos en el tiempo títulos con argumentos comparables como El ladrón de palabras (2012) y Siete psicópatas (2012). De hecho, la película de Alejo Flah podría considerarse un efecto a destiempo de la moda sobre este tipo de cavilaciones que auspició Charlie Kaufman a lo largo de la pasada década y que culminarían en su extraordinaria Synecdoche, New York (2008).

 El mayor problema de Sexo fácil, películas tristes, no reside en que su propia aportación al registro apuntado no pase de lo anecdótico; en que, a partir de su planteamiento, jamás alce el vuelo con autonomía o grandes perspectivas. Sino, en concordancia, en sus paupérrimas hechuras formales, perceptibles apenas su plano de apertura en la Puerta del Sol madrileña durante una celebración de Nochevieja corta a un diálogo de Víctor con su acompañante. Aunque tenga su origen en los condicionantes de cualquier co-producción, no deja de ser ingenioso el juego de contrastes y diluciones cromáticas logrado por el director de fotografía Julián Apezteguia entre Buenos Aires y el ánimo alicaído de Pablo, y una Madrid que parece vista a través de los ojos de Woody Allen, Rob Reiner, o un publicista pagado por el ayuntamiento de la capital española. Pero, en líneas generales, la planificación, el montaje, las localizaciones, dan una impresión continua de precariedad, de un presupuesto exiguo.

 Y, por otra parte, como sucedía en la reciente Los ilusos (2013), el uso y abuso complacientes de ciertos escenarios, al menos en lo tocante a Madrid, produce la paradoja de que una cinta que se supone trata de jugar con los lugares comunes del género y la ficción de cara a un gran público, se aboque a su vez a aquellos lugares comunes en que podrán reconocerse sus espectadores más probables: los vecinos de las salas del circuito de versión original subtitulada y cine "al margen" en los que es presumible Sexo fácil, películas tristes llegue a tener una mínima relevancia. Si sumamos a la ecuación el factor argentino en forma de música sentimentaloide y reiterativa y una voz machacona en off de Ernesto Alterio que nos explica todo lo que debemos sentir y pensar de las imágenes, la cara que se le acaba quedando al espectador que sí tenía claro lo que iba a ver cuando se sentó en su butaca, es de estupefacción.

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