Crítica: Música y vida

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Sing Street

Lo mejor:
Su pareja protagonista, los jóvenes y desconocidos Ferdia Walsh-Peelo y Lucy Boynton, y sus últimos minutos

Lo peor:
Las trazas formales de la película son innegablemente convencionales

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  • Género: Musical
  • Fecha de estreno: 30/09/2016
  • Director: John Carney
  • Actores: Ferdia Walsh-Peelo (Conor), Kelly Thornton (Ann), Maria Doyle Kennedy (Penny), Jack Reynor (Brendan), Aidan Gillen (Robert), Ian Kenny (Barry), Ben Carolan (Darren)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., Reino Unido, Irlanda, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Ahora que La La Land (2016), la tragicomedia de Damien Chazelle con Emma Stone y Ryan Gosling que ha encandilado a los asistentes a la última edición del Festival de Venecia, parece tener todas las papeletas para volver a poner de moda el musical entre los periodistas de tendencias, se nos antoja más necesario que nunca reivindicar la labor en ese ámbito del irlandés John Carney. A estas alturas, está claro que su dedicación prioritaria como guionista y director a partir de Once (2007) al musical o, por ser más precisos, a las sinergias entre música, cine y periplo existencial, es la susceptible con mayor justicia de procurar a su carrera un rédito crítico firme, un reconocimiento que no deje lugar a las dudas que sí suscitan realizaciones suyas meramente dramáticas como Al límite (2001).

  Sing Street es otro jalón en la susodicha faceta de Carney, tras la citada Once y Begin Again (2013). La trayectoria creativa de los tres títulos podría hacer pensar que la primera fue un accidente feliz, cuyos argumentos han sido prorrogados por su autor en las siguientes con formas cada vez más familiares, asimiladas al sistema mainstream de producción. Y, sin dejar de ser ello cierto, en todas ellas late un innegable, y nada habitual, entendimiento de la música en términos, no de acompañamiento en la travesía de la vida, sino de inspiración, motor y destino de la misma; entendimiento que Carney sabe transmitir al espectador con una virulencia tampoco frecuente.

 Vuelve a suceder en Sing Street, escrita y producida también por Carney, que narra con mimbres autobiográficos la historia de un adolescente, Conor (Ferdia Walsh-Peelo), a quien su padre obliga por motivos económicos en la Dublín de 1985 a cambiar de escuela y caer en manos de docentes católicos. El terrible ambiente a que se ve arrojado el chico, que conjuga el trato tiránico y arbitrario de los religiosos y la ley de la selva entre los estudiantes, se ve aliviado cuando conoce a otro alumno que le anima a participar de una banda de pop en plena formación. Conor se embarca encantado en la aventura, no solo porque le permite subvertir y sublimar su penosa cotidianidad, también porque le brinda más oportunidades de ligarse a Raphina (Lucy Boynton), una aspirante a modelo.

 Sing Street sigue punto por punto las recetas para el éxito que ha estandarizado en las últimas décadas cierto cine británico con vocación internacional: un entorno localista transformado en pintoresco; unas pinceladas de crítica social; el contraste entre actores sin experiencia y secundarios veteranos; un relato que articulan viñetas cómicas o efectistas; conflictos dramáticos y sentimentales sin demasiada gravitas, y una intriga en torno a si los anhelos de los protagonistas llegarán a buen puerto que resuelve un desenlace triunfal/epifánico. Baste con decir que su distribución en Estados Unidos ha corrido a cargo de los hermanos Weinstein.

 Pero, como decíamos, la potencia y el encanto de la banda sonora, su impacto en el drama y la construcción de las imágenes; así como el carisma que desprenden como protagonistas los desconocidos Ferdia Walsh-Peelo y Lucy Boynton, y la mirada retrospectiva que arroja Carney sobre la escena pop de los años ochenta -incluyendo, una interesante aportación, el auge del videoclip-, hacen el visionado de la película muy disfrutable. De su nobleza esencial, capaz de trascender lo rutinario de muchos de sus planteamientos artísticos, da cuenta uno de los finales más románticos de la temporada, metáfora de la tormenta de la vida a la que se abocan con entusiasmo imprudente las pasiones y vocaciones de la juventud. Solo por esos minutos postreros, que constituyen la precuela de otro filme que ha vivido ya cualquier espectador con una cierta edad, vale la pena ver Sing Street.

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