El País

Crítica: Sitges Tour: Oculus: El espejo del mal. "Reflejos del pasado"

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha: 06/03/2015
Sitges Tour

Lo mejor:
La seriedad con que sus responsables afrontan la película

Lo peor:
Dicha seriedad no tiene su contrapartida en un resultado plenamente satisfactorio.

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  • Género: Ciencia-ficción
  • Fecha de estreno: 06/03/2015
  • Nacionalidad y año de producción: E.E.U.U, 2015
  • Calificación: Pendiente por calificar

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La llegada casi inaudible, a destiempo, de Oculus: El espejo del mal a los cines españoles –la película se estrenó en su país de origen hace exactamente un año, y a la hora de escribir estas líneas puede comprarse vía Internet por solo cinco euros– sirve al menos para reivindicar cierto cine de terror que se está realizando ahora mismo en Estados Unidos, y del que apenas tendrá noticias un aficionado que se limite a guiarse por lo que le brinda nuestra cartelera: secuelas de  Insidious y  Paranormal Activity, y producciones amaneradas de Guillermo del Toro.

La recesión económica, la crisis de la exhibición y la distribución, y la corrección política, han abocado mayormente al cine de género a los festivales especializados y el vídeo bajo demanda, ámbitos donde aún puede disfrutarse de producciones filmadas con bajos presupuesto y en digital que siguen fiando su eficacia a los códigos del terror instituidos en las últimas cuatro décadas; en ese sentido, muchos de estos títulos apelan a una referencialidad que queda de manifiesto, tanto en las técnicas y la iconografía empleadas, como en situaciones muy cercanas bajo las apariencias al ánimo de cualquiera de nosotros. Si el terror de los setenta se caracterizó por sumir al espectador no en otros mundos, sino en el suyo propio pero desde una perspectiva paranoica, lo mismo y más cabe decir del género producido en nuestros tiempos asimismo convulsos. El terror en films como A Horrible Way to Die (2010), Proxy (2013), Starry Eyes (2014) o It Follows (2014) es mera excrecencia de una cotidianidad alienante, espectral, teñida de incertidumbres y miedos para todos.

De cara a resucitar en el presente algo parecido al horror gótico, y a una posible franquicia,  Oculus: El espejo del mal juega sobre el papel con la creación de un nuevo icono del género: un espejo de origen incierto y poderes sobrenaturales que incita a la violencia a los habitantes de los hogares en que ha sido instalado sucesivamente desde, como mínimo, el siglo XVIII. En la práctica, sin embargo, la segunda realización de Mike Flanagan adscrita el terror tras la también interesante Absentia (2011), es una reflexión pesimista sobre los efectos de no dejar el pasado en paz, protagonizada por dos hermanos abocados a la catástrofe debido a la determinación maníaca de uno de ellos, Kaylie Russell (Karen Gillan), por revelar qué llevó al otro, Tim (Brenton Thwaites), a matar a su padre cuando ambos eran apenas unos niños.

Kaylie está convencida de que el responsable de que sus progenitores perdiesen la cordura diez años atrás y les obligasen a ella y Tim a luchar por sus vidas es el susodicho espejo, y dispone un plan complejo para delatar el mal oculto en el objeto y exonerar a su hermano de culpas que le han costado internamiento psiquiátrico durante años. Mike Flanagan alterna escenas ubicadas en el pasado, que nos detallan la degradación fatal de la familia Russell, con las que cuentan en presente los intentos de Kaylie y Tim por llevar a buen puerto su misión. Una estrategia narrativa, aderezada en cada tramo por meandros y sobresaltos varios, que no disimula en ningún momento lo magro de la historia, basada en un cortometraje del propio Mike Flanagan fechado en 2006.

Aunque el trabajo de Flanagan como director es hasta cierto punto elegante –algo a lo que contribuyen su propia labor como montador y la fotografía de Michael Fimognari–, mucho antes de que Oculus: El espejo del mal termine el espectador ha perdido la paciencia ante lo que aprecia peripecias y moraleja elementales que se han llevado demasiado lejos sin necesidad. El resultado es una de esas cintas un poco irritantes en las que la mezcla de realidad, ensoñaciones, recuerdos y alucinaciones deriva en el caos y en nuestro total desinterés, no ya por la mecánica del relato, sino por las cuitas de unas figuras verdaderamente trágicas.

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