El País

Crítica: Sam Mendes indaga en el rostro más humano de Bond con la que es, probablemente, la mejor película de 007 desde los tiempos de Connery

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Skyfall

Lo mejor:
La revelación del lado humano de Bond

Lo peor:
Quizá le falte algún gramo de fuerza como espectáculo puro y duro

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 31/10/2012
  • Director: Sam Mendes
  • Actores: Daniel Craig (James Bond), Helen McCrory (Clair Dowar), Ben Whishaw (Q), Ralph Fiennes (Gareth Mallory), Bérénice Marlohe (Sévérine), Javier Bardem (Raoul Silva), Naomi Harris (Eve), Judi Dench (M), Albert Finney (Kincade), Ola Rapace (Patrice), Rory Kinnear (Bill Tanner)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2012
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Uno de grandes problemas de la era Brosnan de la saga Bond es que ninguno de los directores vinculados a una u otra entrega fue capaz de resetear la franquicia y llevarse a Bond a los 90. Y esa es precisamente la gran virtud de la era Craig. Habrá quien diga que Bond no parece Bond, pero la realidad es que es un fulano del siglo XXI; un cínico servidor del imperio británico, un lacayo escéptico y descreído que se consagra a los valores de un mercenario, no de un agente secreto.

No son tiempos en los que el patriotismo cotice demasiado al alza; en pleno siglo XXI un Bond entregado a la causa e insensible al ruido exterior, a la inmoralidad inherente a la alta política, a los mediáticos excesos de los servicios secretos de los países ricos y a la falta de escrúpulos, ya no supuesta sino evidente, del gran poder, sería, como lo fue Brosnan, un Bond anacrónico. Y esa es la tendencia, pero Sam Mendes termina de rizar el rizo. Por primera vez en la historia moderna de la saga (de los tiempos de Roger Moore en adelante), Bond es un personaje y no un icono, y en torno a él se articula un drama y no una función de fuegos artificiales.

No es que Skyfall descuide los ingredientes tradicionales del universo Bond. Bien al contrario; La función se abre con una apabullante persecución por las calles y techos de Estambul, que disipan, de buenas a primeras, las dudas de quienes veían en Mendes a un director demasiado blando para un producto de esta naturaleza. De ahí en adelante el pulso sigue aceleradísimo hasta que cae el telón, pero entre medias asistimos al ocaso del MI6 en un tiempo en el que la revolución digital desautoriza las hazañas del agente de campo tradicional.

Mendes reinterpreta a Bond como una reliquia, como un vestigio analógico de una época al borde de un inminente colapso. Y es en esa irrespirable atmósfera decadencia, donde 007 se confiesa viejo, hastiado y desencantado consigo mismo y con la máquina estatal que lo sostiene, donde Skyfall se propone como el Bond de la década, trascendiendo el tradicional derroche de adrenalina para temblar ante la inminencia de un tiempo en el que occidente ya no asusta ni a las viejas.

Pero hay más, Skyfall descubre al fin el lado humano de M., se atreve a insinuar la homosexualidad del villano (escalofriante Bardem), y reivindica a Bond como individuo de carne y hueso, con pasado, con remordimientos e inmerso en una relación de amor-odio con la madre que siempre quiso y nunca pudo tener. Mendes consigue que su Bond no se recuerde por el volumen de las explosiones sino por el perfil siniestro del atrezo dramático que los sujeta. Y eso hace de Skyfall el episodio de las andanzas de 007 más audaz y felizmente discordante con la línea global de la saga hasta la fecha

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