El País

Crítica: La santidad del miserable

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
St. Vincent

Lo mejor:
Un estratosférico Bill Murray

Lo peor:
Un desenlace inevitablemente sensiblero

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 12/12/2014
  • Director: Theodore Melfi
  • Actores: Bill Murray (Vincent), Melissa McCarthy (Maggie), Naomi Watts (Daka), Chris O´Dowd (hermano Geraghty), Terrence Howard (Zucko), Jaeden Lieberher (Oliver), Kimberly Quinn (enfermera Ana), Lenny Venito (entrenador Mitchell), Nate Corddry (Terry), Dario Barosso (Ocinski), Donna Mitchell (Sandy), Ann Dowd (Shirley), Scott Adsit (David), Reg E. Cathey (Gus), Deirdre O´Connell (Linda)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Bill Murray es dueño de esa extraña virtud del actor que solo sabe resultar adorable aún en la piel del mayor impresentable de entre los impresentables. Y es de ese irresistible equilibrio entre el canalla y el vecino de tus sueños donde St. Vincent cuaja como la estimable comedia que es, aún a pesar de sus perdonables concesiones al sentimentalismo. Concesiones excusables, decimos, en una cinta montada alrededor de un malnacido con credenciales semejantes. Theodore Melfi mira de reojo la fábula de amor paterno-filial sin padre y sin hijo del Gran Torino de Clint Eastwood, quizá la última gran película del maestro, que viene a ser el espejo en el que se mira esta (a ratos) inclasificable comedia de fraternización entre un crío enclenque, canijo y repelente y el "loser" más descarado y descarriado del barrio: un tipo cascarrabias, misógino, bebedor y putero que encarna al modelo de vecino que cualquier padre querría mantener apartado de sus retoños.

St. Vincent traza una amistad imposible entre dos individuos que, sin saberlo, se necesitan como el aire que respiran en mitad de un cruce de caminos en sus respectivas vidas, un flirteo intergeneracional entre el hijo perfecto y un padre salido de una película de terror o de un fichero de la policía. Melfi construye el drama y la comedia en torno al carisma de un personaje con mucho recorrido: un tipo de verbo agresivo y pésimos modales que oculta un tierno corazoncito bajo dos toneladas de incorrección política, que es la espina dorsal y el resto de la estructura ósea de una película que habla, sin cargantes didactismos ni manipulaciones sentimentales de tres al cuarto, acerca de los modelos sobre los que construimos nuestros impecables códigos de conducta, sobre un héroe vecinal que en verdad es un perfecto canalla/majadero, a cuya vera el pequeño Oliver se hace adolescente, encontrando el diamante entre las montañas de colillas y las latas de cerveza oxidadas.

Pero no son, en sí, las cualidades de la dramedia las que convierten a St. Vincent en una comedia de multisala de esas por encima de la media. Es el personaje protagónico, todo un filón, el eje en torno al cual giran casi todas las virtudes de la propuesta; una propuesta que vive de las hazañas de un casting ejemplar, en el que naturalmente brilla con luz propia un mayúsculo Bill Murray, hincando el diente hasta el fondo a un tipejo entre adorable y denunciable, hecho a medida, o casi, que es coartada para una de las composiciones masculinas más brillantes, y desternillantes, del curso fílmico que ya termina.

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