El País

Crítica: El mundo entre dos planos

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Stefan Zweig: Adiós a Europa

Lo mejor:
El primer plano y el último, que se bastan para condensar los argumentos de la ficción

Lo peor:
La falta de atención a la segunda y última mujer del escritor, Charlotte Altmann

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 21/04/2017
  • Director: Maria Schrader
  • Actores: Tómas Lemarquis (Lefèvre), Barbara Sukowa (Friderike Zweig), Josef Hader (Stefan Zweig), Charly Hübner (Emil Ludwig), Lenn Kudrjawizki (Samuel Malamud), Ivan Shvedoff (Halpern Leivick), Valerie Pachner (Alix Störk)
  • Nacionalidad y año de producción: Francia, Alemania, Austria, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Hay tanta disparidad entre las calidades atesoradas por el plano inicial y el último de Stefan Zweig: Adiós a Europa, y el resto de su metraje, que el espectador llega a sentir cierto desamparo. No es que la película en su totalidad sea prescindible. Pero las imágenes señaladas albergan tantos sentidos, que resulta imposible no lamentar lo que habría sido el conjunto de estar a la misma altura, o no barruntar si la directora y coguionista del filme, Maria Schrader, ha echado el resto en esos momentos para dejarnos mejor sabor de boca, habida cuenta de lo meramente correcto del grueso de su tercera realización tras las ignotas Liebesleben (2007) y La jirafa (1998), dirigida junto a Dani Levy.

El abatimiento es mayor por cuanto, como indica su título, el filme de Schrader se centra en una personalidad apasionante: el escritor austriaco y judío Stefan Zweig (1881-1942), muy popular durante la primera mitad del siglo XX, pero abocado a un exilio forzado entre 1934 y 1942 debido al auge del nazismo y la persecución de sus libros. Un exilio que le llevaría a Inglaterra, Estados Unidos, Argentina y Brasil, donde acabaría suicidándose junto a su segunda esposa, Charlotte Altmann. Zweig, literato alérgico a lo dogmático y los nacionalismos, paladín de la libertad de expresión y el imperio de la razón, hubo de dejar atrás su mundo, y, sobre todo, su manera de concebir el mundo, y no le fue posible sobreponerse a ello, como detallaba el libro de George Prochnik El exilio imposible: Stefan Zweig en el fin del mundo, publicado en castellano por la editorial Ariel en 2014.

En uno de sus propios textos, Zweig argumentaba que "debemos estar agradecidos sobre todo a quienes, en una época tan inhumana como para desencadenar una segunda guerra mundial, nos exhortan a no malbaratar lo singular e inalienable que poseemos, nuestro yo íntimo; solo quien se mantiene libre, frente a todo y frente a todos, preserva la libertad del mundo". No cuesta pensar que Zweig hablaba de sí mismo, obligado a renunciar durante su destierro a su yo y su libertad al convertirse en una figura pública inmersa en debates y mudanzas que le consumieron. El arranque de Stefan Zweig: Adiós a Europa testimonia tal circunstancia de modo inmejorable: un primer plano de un descomunal y colorido centro de mesa, en el que una sirvienta reemplaza una flor marchita por otra recién cortada, sin que se aprecien alteraciones de importancia en la composición.

De inmediato, asistimos a una toma única de varios minutos que describe la comida de gala ofrecida a Stefan (Josef Hader) y Charlotte (Aenne Schwarz) en un elitista círculo de Río de Janeiro en 1936. Uno de los muchos actos institucionales que habrá de soportar el escritor y que, como ha expresado el plano descrito, le agostan en vida y sirven casi siempre al único objetivo de engalanar a quienes acogen sucesivamente a la celebridad. Las escasas secuencias siguientes de Stefan Zweig: Adiós a Europa se hallan moldeadas de acuerdo al mismo patrón, en unos u otros países: una única situación alargada más allá de lo confortable, que, cuando ostenta rasgos mediáticos, semeja un tableaux vivant, y que, cuando es de orden privado, remite a una representación teatral. En unos y otros casos, la vida espiritual del ser humano tan solo puede hacer acto de presencia furtiva, lo que redunda en su cansancio. Una decisión creativa tan arriesgada como meritoria de la directora, que, sin embargo, en más de una ocasión a punto está de hacer que los rasgos de la película se confundan con los de la vida sin vida que oprime a Zweig. Por exceso de corrección argumental y formal –un defecto habitual en este tipo de producciones– la cinta de Schrader tiende a conformarse también como acto protocolario en torno a la memoria de un gran escritor. Baste con señalar el retrato tan insuficiente que se hace de Charlotte Altmann, aspecto en el que, claramente, la ficción ha tenido miedo y ha cedido el paso a la reconstrucción ornamental.

El extraordinario encuadre final vuelve a poner de manifiesto una inspiración que permite recomendar en definitiva la película. Un juego de espejos en formato panorámico, con el lecho mortuorio de Charlotte y Stefan –documentado fotográficamente en su momento–, como punto (casi) ciego, que otorga a las imágenes la consistencia de la mejor literatura. Una disposición visual que equipara el destino trágico de dos individuos a las convulsiones de una época, y que enfrenta a esta con los fantasmas prefigurados por el autor austriaco. Un plano que hace justicia a las dotes de los observadores más agudos de la realidad: "el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para examinar y conocer el corazón humano y el corazón del mundo" (Stefan Zweig).

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