El País

Crítica: Cuando el pasado es el futuro

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Sufragistas

Lo mejor:
Los momentos de ficción, más inspirados que los discursivos

Lo peor:
Es una película que no auspicia apenas reflexiones, solo el asentir

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 18/12/2015
  • Director: Sarah Gavron
  • Actores: Carey Mulligan (Maud Watts), Anne-Marie Duff (Violet Miller), Grace Stottor (Maggie Miller), Geoff Bell (Norman Taylor), Amanda Lawrence (Miss Withers), Helena Bonham Carter (Edith Ellyn), Meryl Streep (Emmeline Pankhurst), Adam Michael Dodd (George Watts), Ben Whishaw (Sonny Watts), Sarah Finigan (Mrs. Garston), Lorraine Stanley (Mrs. Coleman), Romola Garai (Alice Haughton)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Hay dos maneras de ver y valorar Sufragistas. La primera, relajada, es acotarla a la condición de fábula basada en determinados sucesos históricos, a cuya moraleja nadie en su sano juicio pondría -ni se atrevería a poner, dado el asfixiante clima de corrección política que volvemos a vivir- ninguna pega. En este aspecto, es del todo revelador que el guión oportuno y oportunista de la película sea obra de una escritora de peso creciente en lo que atañe a la reflexión en la gran pantalla sobre el empoderamiento de la mujer: Abi Morgan, firmante previa de La dama de hierro (2011) y La mujer invisible (2013). Tras la cámara, por el contrario, nos topamos con Sarah Gavron, una directora sin créditos relevantes en su haber más allá de Brick Lane, drama sobre la emigración bangladesí en Londres del que fue precisamente co-guionista Morgan.

 Es decir, Sufragistas es una cinta que prima el discurso sobre la expresividad artística. Una propuesta de la que el espectador sabe qué va a contar, y en qué registro, antes siquiera de verla. Un título biempensante, "necesario", perfecto para que codas de informativos, columnas de suplementos dominicales, y púberes críticas hipster enarbolen la bandera de la indignación moral y las reivindicaciones el tiempo justo como para poder colgarse la medalla de combatientes por el feminismo. Todo ello, a costa de que, como cine, lo que aquí importa, Sufragistas solo resulte atractiva cuando la narración logra escapar a los dictados de los hechos reales y su mixtificación ideológica; cuando su protagonista, Maud ( Carey Mulligan), es algo más que el símbolo destilado de todas las mujeres que en la Inglaterra de principios del siglo XX apelaron a la desobediencia civil para obtener el derecho al voto, primer paso para contribuir a la articulación de una sociedad más justa para su género. Para todos.

 Por fortuna, Maud está lo suficientemente viva como criatura de ficción como para que quepa recomendar Sufragistas. Sus desventuras y su despertar en tanto esposa, madre y trabajadora sojuzgada por un régimen de las cosas a todas luces injusto, son, aunque estereotípicos, absorbentes. Honran el que esta película en concreto haya sido producida, en lugar de consagrarse la inversión económica a un documental. Algo en lo que son decisivos, más que la interpretación de Mulligan -actriz que se está convirtiendo en una parodia de sí misma-, el montaje de Barney Pilling, la dirección artística de Alice Normington, y las habilidades de Abi Morgan a la hora de plantear el relato; aunque, después, hagan acto de aparición errores de bulto que una puesta en escena funcional no consigue soslayar: véanse el papel paternalista extenso concedido al inspector Arthur Steed ( Brendan Gleeson), represor policial de las sufragistas que devendrá en último término figura testimonial y compasiva; o ese desenlace precipitado en el Derby de Epsom celebrado en 1913, con el que se trata a toda costa de clausurar el metraje con modos significativos.

 Ahora bien, una vez determinado que Sufragistas cumple con dignidad su función de entretenimiento comprometido, idóneo para regar nuestras imprescindibles tardes sabatinas de tapas con golpes de pecho enardecidos sobre la emancipación de la mujer, cabe preguntarse, ¿cómo nos afectan a fecha de hoy sus imágenes? En la película se escucha más de una vez que lo que cuentan no son las palabras, sino los hechos; y los hechos en 2015 nos indican que estamos aún muy lejos de haber alcanzado la igualdad -la justicia- en lo que se refiere al rol que juegan socialmente hombres y mujeres, a las posibilidades de uno y otro género para concretar sus potenciales. ¿Qué estamos haciendo al respecto? A medida que el feminismo del siglo XXI copa espacio en la esfera pública, más evidente resulta que, salvo por lo que toca a sus ataques histéricos, sobreactuados, contra las manifestaciones de machismo más tópicas, su aquiescencia y el de sus compañeros de viaje con el sistema dominante, con las formas sofisticadas del patriarcado capitalista, está generalizada.

 Sufragistas no trata en el fondo sobre las mujeres que pugnaron por el voto en 1913. Sino de la lucha a cara de perro que exige la disidencia contra cualquier orden de lo real, moldeado ayer como hoy a la medida de las mayorías silenciosas, acomodaticias, cobardes, sonrientes. Y basta con atender a lo que acontece en el presente en cuanto a relaciones, empleos, redes sociales, en los ámbitos mismos de la cultura y la crítica, para llegar a la conclusión de que, bajo las palabras grandilocuentes, los hechos de la sumisión, la prostitución, la venta del espíritu para procurarse un nicho confortable en nuestro statu quo siguen a la orden del día. Por parte de ellas, y de ellos. Al final resulta que Sufragistas no plasma un pasado inspirador; esboza la promesa de un futuro siempre por conquistar: el que solo aflorará de atrevernos a destrozar los escaparates de nuestro propio tiempo a pedradas. Empezando por el que conforma nuestro espejo.

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