El País
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Crítica: El tsunami de la gentrificación

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
T2 Trainspotting

Lo mejor:
La película podría titularse "cómo acabar de una vez por todas con la nostalgia"

Lo peor:
Algunos subrayados zafios, y que algunos ni siquiera sepan leer así su talante sombrío

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 24/02/2017
  • Director: Danny Boyle
  • Actores: Ewan McGregor (Renton), Robert Carlyle (Begbie), Steven Robertson (Stoddart), Ewen Bremmer (Spud), Shirley Henderson (Gail), Gordon Kennedy (Tulloch), Johnny Lee Miller (Simon)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, 2017
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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En la estela de tantas resurrecciones fílmicas de marcas acuñadas con éxito hace treinta y cuarenta años, en su mayor parte ejercicios viscosos de mercantilización de la nostalgia por una época percibida como más feliz que la presente, llega la secuela de Trainspotting (1996), uno de los títulos estrella de la década en que se estrenó para los aprendices en aquel entonces de "lo moderno" -la equivalencia a lo hipster de hoy-.

 Trainspotting está lejos de poder considerarse la mejor película de Danny Boyle. Pero le cabe el honor de ser una de las más impactantes a nivel sociocultural que ha dirigido, amén de testimoniar como pocas lo especulador y posibilista de su propio cine, características que han hallado una y otra vez reflejo honesto en sus personajes. Entre ellos, los protagonistas de aquella adaptación de la novela homónima de Irvine Welsh.

 En puridad, Trainspotting no era una película sobre la amistad entre seres humanos en una determinada coyuntura sociohistórica, sino una radiografía de dicha coyuntura a través de las relaciones sintomáticas que establecían varios ya no tan jóvenes vecinos de Edimburgo adictos a la heroína y/o el alcohol y/o el desempleo y/o la vagancia. La diferencia entre uno y otro enunciado va más allá del juego de palabras: la película de Doyle, como la suma de relatos de Welsh, era, ante todo, una sátira social en la línea de las escritas en el siglo XIX por William Thackeray.

 En el caso de Trainspotting, lo que se satirizaba eran los efectos de una década de gobierno de Margaret Thatcher sobre la sociedad británica. Incluyendo una juventud post punk que ansiaba pensarse a sí misma en términos aún marginales. Aunque formase parte en realidad de una clase media a punto de embarcarse en la bonanza económica y la globalización, y aunque hubiese sido despojada de la conciencia política y la sensibilidad social de que había hecho gala lo alternativo en aquel país durante los años ochenta. Mucho antes de que, en Trainspotting, Mark Renton ( Ewan McGregor) traicione a sus amigos tan falsamente al margen de lo establecido como él, para ratificar su condición latente de mero ejecutor y consumidor del sistema, reflexiona en off que "no existe tal cosa como la sociedad, y, aunque existiera, yo realmente no tengo nada que ver con ella". Mark se revelaba portavoz casi literal, inmejorable, de las doctrinas de Thatcher.

  T2 Trainspotting vuelve sobre aquella generación, ahora en los cuarenta y los cincuenta años, para testimoniar hasta qué punto sus imposturas, su rabia inarticulada y en buena medida artificial, sus pretensiones de nadar a contracorriente pese a navegar la burbuja socioeconómica en la cresta de la ola y despeñarse por ello cuando llegó la Gran Recesión, han hecho de ellos en el convulso panorama presente factores irrelevantes. La película, basada como su predecesora en textos de Welsh reinterpretados por el guionista John Hodge, recupera con ambición a la práctica totalidad de los personajes, actores y escenarios de antaño, para trazar una semblanza en principio también tragicómica, pero lindante finalmente con el terror, sobre su colosal fracaso, que, por extensión, es también el de las derivas que algunos quisieron entender en Trainspotting como cool.

 Escena a escena, T2 Trainspotting practica una demolición absoluta de Mark y sus amigos, y de la Gran Bretaña que habitan; territorio crepuscular, carente ya casi por completo de señas identitarias, sometido al "tsunami de la gentrificación" urbanística y emocional, y a los modos y maneras de inmigrantes bastante más lúcidos que los nativos. En última instancia, la demolición se ceba también con el fenómeno generacional de la nostalgia, que, como pone de manifiesto sin piedad el último plano de T2 Trainspotting, consiste, básicamente, en escurrir el bulto reescribiendo el ayer para no sentirnos culpables de los males que ahora nos asolan a nosotros y a quienes vienen detrás, y en encerrarnos con nuestros fetiches de la infancia y juventud mientras lo real tira la llave y sigue su curso. "El mundo cambia. Nosotros, no".

 La película es, en resumidas cuentas, un juicio sumarísimo para el espectador maduro. Pero, también, un aviso a navegantes jóvenes, que viven hoy su propia idealización de sus vicisitudes existenciales y culturales, de espaldas al atroz capitalismo post crisis que las articula; algún día, también a ellos se les pasará factura. Si tales argumentos resultan fascinantes, pese a detalles de sal gruesa y vacilaciones, es gracias al enérgico aparato audiovisual que los expresa. Al igual que la reciente Snowden (2016) -que fotografió, como el filme que nos ocupa, Anthony Dod Mantle- respecto de un clásico de su firmante, Oliver Stone, Nacido el 4 de julio (1989), T2 Trainspotting puede y debe leerse como revisión por Danny Boyle de sus facultades pretéritas como director, y lo que ello implica para ambas películas.

 Trainspotting apelaba a una estilización sincopada deudora de Martin Scorsese, el indie norteamericano coetáneo y la estética MTV. Esta su continuación, abraza un abanico infinito de texturas y registros -digitales-, en sintonía con el estado líquido, inaprensible en nuestros tiempos, de la imagen. En T2 Trainspotting hay ficción inédita, pero, también, un juego dialéctico, casi ensayístico, con la película original, y momentos meta, documentales, fotográficos, pictorialistas, divertidamente cinéfilos -¡El tercer hombre! ¡Blade Runner!-, dignos en otras ocasiones del reportaje, el found footage o la videoinstalación. Una vorágine expresionista con la que Boyle demuestra ser el primero en no anclar su mirada al espejo retrovisor. Su mirada al pasado no ha condicionado el signo de sus inquietudes presentes.

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