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Crítica: Seth McFarlane reflexiona sobre las aristas de la madurez en una comedia casi siempre hilarante, que se traiciona solo en el hollywoodiense desenlace

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Ted

Lo mejor:
El cameo de Sam Jones, inolvidable

Lo peor:
La condescendencia sentimentaloide del desenlace

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 10/08/2012
  • Director: Seth MacFarlane
  • Actores: Mark Wahlberg (John Bennett), Mila Kunis (Lori Collins), Joel McHale (Rex), Giovanni Ribisi (Donny), Patrick Warburton (Guy), Matt Walsh (Thomas), Jessica Barth (Tami-Lynn), Aedin Mincks (Robert), Bill Smitrovich (Frank)Seth MacFarlane (Ted), Patrick Stewart (Narrador)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2012
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Hacerse asalto siempre ha sido un drama, y la comedia americana de los 2000 tiene fijación con el trauma de la adultescencia. En Ted los tiros suenan por ahí, pero con matices La coartada del animal de trapo parlante, que materializa la voz de la conciencia de un adulto con más vicios que virtudes ya se le ocurrió a Ron Leavitt en los 90, y la plasmó, con un sentido del humor muy irreverente, en la sitcom Infelices para siempre. Lo que hace Seth McFarlane, fundamentalmente, es convertir al peluche en un perfecto impresentable muy de ahora, que viene a ser la versión juguete de uno de los adultescentes desfasados de las comedias de la factoría Judd Apatow, más o menos.

En realidad Ted tiene algo de siniestro, porque no es sino la encarnación de un peterpanismo con metástasis, un engendro urdido por la mente eternamente infantil de un tipo cuyo lado oscuro, de psicoanalista además, es un oso de peluche permanentemente fumado, obsesionado con el sexo, soez y fanático de Flash Gordon.

McFarlane, que no es sospechoso de andarse por las ramas, convierte a la criatura en una descacharrante proyección del pánico tipo al mundo de los mayores, tan común en los adultos masculinos de trenintaytantos de hoy en día, disparando proyectiles de incorrección política, perfilando una química perfecta entre oso y humano con una comedia que encierra algunos de los minutos humorísticos más lúcidos del cine de este año (memorables las coñas a costa del envejecido Sam Jones), por más que al final se ponga inoportunamente sentimental.

Contra pronóstico McFarlane cae en la misma trampa que tanto frecuentan hacedores de comedia con pedigrí menos subversivo. Al final Ted se amansa y deja de ser vitriólica para volverse complaciente con la moralina tradicional estadounidense de la felicidad a través del compromiso y el sedentarismo medio-burgués. Es decir, que la película pierde gas e interés cuando el irreverente Ted deja de ser un capullo y un perfecto impresentable

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