El País

Crítica: La calamitosa relación entre una madre y su hijo descarriado es el epicentro de este drama en exceso formalista pero con pinceladas de gran cine

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Tenemos que hablar de Kevin

Lo mejor:
Tilda Swinton y la desasosegante puesta en escena

Lo peor:
Algún exceso manierista que otro

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 16/03/2012
  • Director: Lynne Ramsay
  • Actores: Ezra Miller (Kevin ), Tilda Swinton (Eva Khatchadourian), John C. Reilly (Franklin), Jasper Newell (Kevin, 6-8 años), Ashley Gerasimovich (Celia), Siobhan Fallon (Wanda), Alex Manette (Colin), Kenneth Franklin (Soweto)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Hollywood tiende a frivolizar las relaciones paterno-filiales, incluso cuando son un infierno, con una edulcorada patina de ficción telefílmica. Es muy difícil, primero, encontrar críos creíbles en el cine USA de hoy en día, y más aún de que estos colisionen con sus progenitores de una manera coherente, privados de la improbable verborrea adulta y discursiva que caracteriza todo crío o adolescente de película americana habido y por haber. Tenemos que hablar de Kevin teje su intenso vendaval dramático en torno a una colisión madre-hijo virtualmente real.

Kevin es un chaval imposible, al que su madre no supo domar desde niño, al que alimentó de reproches y rencores y que madura como psicópata en ciernes. Lynne Ramsay nos mete en el contundente ajo amparada en la honestidad de unos retratos impecablemente dibujados. Kevin es un niño/adolescente real y Eva (grandiosa Tilda Swinton) una mala madre de carne y hueso. Su desencuentro conmueve porque nace de una incomprensión visceral de las que anida a colación de una suma de decisiones equivocadas, de frustraciones mal encauzadas.

Pero el drama en sí es lo de menos. En Tenemos que hablar de Kevin cuenta más el cómo que el qué. No solo por el manierismo formal que adorna el infierno doméstico y la dolorosa purga de pecados de madre e hijo. Ramsay, cierto, quiere, y consigue, que su película entre por los ojos filmando la angustia, la congoja, de manera que resulte desapacible y tangible desde el primer minuto.

Lo consigue. Es verdad que le pierde, a veces, el desvarío formalista y que, precisamente ese énfasis de estilo, roba plano a la conmovedora historia. Le falta un hervor de intensidad dramática, de dimensión personal y humana a una película más prolija en la forma que en el fondo, pero también es cierto que Ramsay logra salpicar el drama de grimoso e inhóspito desasosiego. Su película es brillantemente incómoda, y el cortocircuito emocional de Eva, la madre que no sabe ser madre, rezuma amargura de la buena por todos sus poros.

Ramsay filma imágenes inquietantes, de humanidad inhóspita e inhabitable buscando, y encontrando, un filtro genuino que subjetivice el drama. La tragedia está contada no ya desde el punto de vista extremadamente parcial de la madre, sino matizada por el filtro de su turbado estado de ánimo. Es ahí, en la presentación en primera persona de la perspectiva materna, una perspectiva con interferencias, alterada por un paisaje emocional caótico que Ramsay consigue hacer visible, donde Tenemos que hablar de Kevin se propone diferente dejando bien claro que, más allá de ciertos exabruptos exhibicionistas, se gesta una directora con talento.

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