Crítica: Comedia reciclada

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Tenemos que hablar

Lo mejor:
Los comentarios, más perversos de lo habitual, en torno a las responsabilidades de la presente recesión económica.

Lo peor:
Se aprecia demasiado su condición de producto reciclado y con fecha de caducidad

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 26/02/2016
  • Director: David Serrano
  • Actores: Michelle Jenner (Nuria), Hugo Silva (Jorge), Verónica Forqué, Belén Cuesta, Ernesto Sevilla, Óscar Ladoire
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Si los estrenos recientes de títulos como El mal que hacen los hombres o Reverso, propiciaban reflexiones sobre el auge renovado del thriller y el noir en el ámbito del cine español, la llegada a las carteleras de Tenemos que hablar constata el boom patrio actual de otro género, la comedia sentimental y costumbrista, cuya repercusión está siendo tanta como para mudar de signo -al menos circunstancialmente- la percepción que el público local tenía de su cine. Ocho apellidos vascos y su secuela son las muestras más obvias del fenómeno, pero tampoco hay que olvidar 3 bodas de más (2013), Kamikaze (2014), Ahora o nunca (2015) o Perdiendo el norte (2015).

 En esta revalorización última de la comedia ha tenido mucho que ver la labor intensiva de zapa ejercida por las televisiones privadas y sus tentáculos multimedia, que han ido acostumbrando al espectador a unos actores, unos modos humorísticos y unas formas que les hacen percibir ahora las películas, sus virtudes y defectos, como familiares. Algo a lo que han contribuido además activamente los imperios audiovisuales mentados, partícipes de la gestación y la machacante promoción de largometrajes como el que nos ocupa. Ello supone una interesante evolución de paradigmas productivos, que está trayendo aparejada, entre otras cosas, la recuperación de profesionales que han demostrado en otras épocas su solvencia, y que tienen ahora nuevas oportunidades, aun con servidumbres inevitables.

 Ha sido sin ir más lejos el caso de Emilio Martínez Lázaro, devuelto a la primera división de la comedia por Ocho apellidos vascos; y es también el del director y co-guionista de Tenemos que hablar, David Serrano, colaborador precisamente de Martínez Lázaro en un gran éxito de la pasada década, El otro lado de la cama (2002), y realizador de la asimismo célebre Días de fútbol (2003). Esta fue seguida por las mucho menos populares Días de cine (2007) y Una hora más en Canarias (2010), y por un paréntesis considerable de seis años del que Serrano emerge con una película sencilla cuya autoría comparte con el ubicuo Diego San José, uno de los nombres esenciales a la hora de analizar los tiempos boyantes que vive la comedia española.

 Tenemos que hablar se centra en Nuria ( Michelle Jenner) y Jorge ( Hugo Silva), cuya felicidad como pareja pasó a la historia arrastrada por la recesión socioeconómica que se inició en 2008. Jorge es, de hecho, responsable, no solo de su fracaso sentimental con Nuria, sino de haber llevado a la ruina a sus padres con consejos varios en torno a inversiones que resultaron catastróficas. Nuria y los suyos, con todo, han rehecho a trancas y barrancas sus vidas. Tras dos años de separación, ella ha conseguido incluso enderezar su vida amorosa y pretende casarse; pero, creyendo que Jorge está en una situación anímica desesperada, no se atreve a pedirle el divorcio, por lo que urde una estrategia que, como podrá imaginar cualquier connoisseur de la comedia que se precie de tal, desencadenará un aluvión de enredos y emociones imprevistos.

 El inconveniente esencial de Tenemos que hablar se cifra en que sus artífices creen que basta con disponer ordenadamente en pantalla elementos genéricos reconocibles y de más o menos pedigrí, para que susciten por sí mismos los efectos deseados. Así, Hugo Silva y Michelle Jenner reeditan juntos la química que les procuró antaño la fama en la serie Los hombres de Paco (2005-2010), pero su gestualidad no pasa del tic, y no tienen personajes coherentes a los que agarrarse. Lo mismo ocurre con los secundarios de manual que encarnan Óscar Ladoire, Verónica Forqué, Ernesto Sevilla y Belén Cuesta. El relato no se sostiene a partir de la, de por sí, forzada premisa inicial, lo que deriva en cascada de situaciones destartaladas y en el agotamiento de la paciencia del espectador. Y no hay ni un solo gag memorable, tan solo pálidas emulaciones de un acervo humorístico explotado mil veces.

 Con este panorama tan poco inspirado, apenas funcional, la tendencia habitual de David Serrano como realizador a lo discreto, a que sean los intérpretes y sus dinámicas en el encuadre los que desaten la risa, resulta contraproducente: todo queda expuesto con claridad meridiana en pantalla, y ese todo es casi nada. Siendo honestos, lo único destacable de Tenemos que hablar reside en sus comentarios, lindantes con la incorrección política, sobre las responsabilidades en lo tocante a la crisis, y su optimista discurso acerca de la conveniencia de pasar páginas en la vida, de no quedar atrapados por las ruinas del ayer. Son apuntes que nos permiten hablar con toda propiedad de cine popular con valor significante, y no de un producto de laboratorio facturado con ingredientes reciclados.

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