El País

Crítica: Sublimación expresiva

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
The Duke of Burgundy

Lo mejor:
Una arquitectura formal admirable y fascinante

Lo peor:
Strickland, en algunas secuencias, se gusta demasiado sí mismo

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 15/07/2016
  • Director: Peter Strickland
  • Actores: Sidse Babett Knudsen (Cynthia), Chiara D´Anna (Evelyn), Kata Bartsch (Dr. Lurida), Monica Swinn (Lorna), Zita Kraszkó (Dr. Schuller), Gretchen Meddaugh (Doctora), Eszter Tompa (Dr. Viridana)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, Hungría, 2014
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Si en Berberian Sound Studio (que se estrenará en nuestros cines el próximo viernes 22, ¡con cuatro años de retraso!), el británico Peter Strickland indagaba en el giallo planteando una ensoñada ficción que tenía lugar entre los bastidores del subgénero, en su último largometraje toma prestadas las hechuras del sexploitation fantástico no tanto para rendir pleitesía a esta venerada formulación del pulp-arty, sino con el fin de sublimar sus posibilidades expresivas.

Este amor por cines populares que con el tiempo han terminado gozando de un prestigio entre cinéfilos y directores con sensibilidad vanguardista lo lleva, en The Duke of Burgundy, a recrear, en un entorno netamente femenino, la relación amorosa y sexual entre Cynthia (Sidse Babett Knudsen) y Evelyn (Chiara D´Anna), cuya esencia se ve determinada por un juego de roles sadomasoquista que funciona en términos de paradoja. Pero The Duke of Burgundy no solo se define por turbador acercamiento a los dominios compartidos por el deseo y lo thanático, la búsqueda de una estabilidad sentimental improbable fuera de los equilibrios que ofrece la impostura o la muerte como obsesión de madurez. Strickland reivindica, a través de un ejercicio de apropiación formal, la capacidad para penetrar en nuestros anhelos más inquietantes de Bergman, Buñuel o Jess Franco, trazando con una caligrafía hipnótica una narración que vuelve recurrentemente sobre sí misma con ánimo deconstructivo, y que se va tornando más hermética y enigmática a medida que los minutos transcurren.

Basculando, siempre desde una rigurosa cohesión estética, entre la representación onírica de connotaciones ambiguamente simbólicas y la pura abstracción experimental (también en el montaje de Matyas Fekete), que transmuta con un notable fragor sensitivo actores, objetos y naturaleza en manchas de luz y color sobre la pantalla, el poder de fascinación de su tejido sonoro y de las imágenes, especialmente por la sugestiva fotografía panorámica digital del veterano Nic D. Knowland, hace de The Duke of Burgundy uno de los estrenos imprescindibles del año.

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