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Crítica: Van Sant reflexiona, sin demasiada hondura pero con oficio, en el conflicto entre los ancestrales valores de la América rural y el progreso que todo lo aplasta a su paso

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Tierra prometida

Lo mejor:
Que consigue lo que se propone

Lo peor:
Un desenlace difícil de digerir

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 19/04/2013
  • Director: Gus Van Sant
  • Actores: Matt Damon (Steve Butler), Terry Kinney (David Churchill), Carla Bianco (camarera), Hal Holbrook (Frank Yates), Dorothy Silver (Arlene), Frances McDormand (Sue Thomason), Titus Welliver (Rob)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2013
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Gus Van Sant, modo artesano eficaz on. Es decir, que no es el Van Sant de Last Days o Paranoid Park. Es el otro, el que congenia con el academicismo, el de El indomable Will Hunting o Mi nombre es Harvey Milk. Es decir, un Van Sant poco comprometido pero solvente. No el autor sino el cineasta por cuenta ajena. Cine comercial, en suma, con buenos sentimientos y mensaje social. Esas son las constantes del Van Sant mainstream, que es este, el de Tierra prometida, que coge el guante que le lanza Damon, otra vez metido a guionista, cantando las miserias del modelo nuevo frente a las excelencias del viejo.

Es decir, fábula del brutal desencuentro entre las dos Américas, la del trabajo duro, la ganadería y el minifundio que, de algún modo, pobló la mitología del sueño americano; una América comprometida con su paisaje y sostenibilidad, con la riqueza razonable en beneficio de la comunidad y no del individuo. Por otro lado la de las multinacionales, la insostenibilidad, el dinero mal repartido, la rapiña indiscriminada del territorio, la quiebra de los sacrosantos lazos comunitarios que hicieron de América el país próspero en el que todos querían vivir.

Hay un maniqueísmo inherente a la dramatización de la polaridad tradición-progreso, pero también es cierto que Van Sant y el Damon guionista no caen en la caricatura. Esa dicotomía es muy real, y aunque parcialmente edulcorada (a cuenta, sobre todo, de un desenlace invendible), emerge en Tierra prometida con las hechuras de denuncia light a la deriva infumable de un progreso que deja desierto y ruina a su implacable paso. Todo es previsible y, en cierto modo, mecánico y académico, pero la historia está bien escrita, los personajes son creíbles y Van Sant es un director solvente, incluso cuando rueda pensando en proyectos más personales, de más enjundia.

Crónica de una redención in extremis, la de un hombre dividido entre la voz de su conciencia y su compromiso profesional con el diablo, lo nuevo del director de Mi Idaho privado se lee como una fábula muy americana, plagada de buenos sentimientos y mejores intenciones, que no te cambia la vida ni tu lista de películas del siglo, pero que se sigue con gusto porque todo en ella, salvo el final, es extraordinariamente eficiente.

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