El País
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Crítica: Espantando el apocalipsis

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Tomorrowland: El mundo del mañana

Lo mejor:
El retorno a una ciencia-ficción familiar, no apocalíptica, tristemente en desuso

Lo peor:
Promete mucho más de lo que finalmente ofrece

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  • Género: Aventuras
  • Fecha de estreno: 29/05/2015
  • Director: Brad Bird
  • Actores: Britt Robertson (Casey Newton), George Clooney (Frank Walker), Judy Greer, Kathryn Hahn (Ursula), Hugh Laurie (David Nix), Lochlyn Munro (tío Anthony), Darren Shahlavi (Tough Guard), Keegan-Michael Key (Hugo), Pierce Gagnon (Nate), Tim McGraw, Aliyah O´Brien (Funcionaria), Chris Bauer (Pa)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Ni en el bando de la ciencia-ficción chatarrera, hueca y estruendosa del blockbuster estadounidense descerebrado tipo, ni naturalmente en el de la fantasía futurista adulta, existencialista y distópica, ni tampoco, siquiera, en el de la alucinación visionaria infantil. Hablamos, en cierto modo, de una entelequia, de una manera de hacer y entender el cine fantacientífico que ya no se lleva, o que no vende Tomorrowland: El mundo del mañana es muy Disney, hasta la médula de hecho, en tanto que raro ejemplar de un cine que causaba furor en los 80 y que tristemente ha caído en desuso. Hablamos de esa ciencia-ficción festiva para toda clase de públicos, neutra y felizmente familiar, que maneja destellos de ingenuidad calculada sazonados con lecturas didácticas sobre futuros que no han de ser forzosamente tan negros.

 En la edad dorada de la ciencia-ficción ceniza, agorera y apocalíptica, en un tiempo en el que es difícil, por no decir imposible, proyectar miradas hacia el futuro que excluyan de la ecuación el cambio climático, la superpoblación, el empobrecimiento, la escasez de recursos y la polarización social, el antropológico optimismo de Brad Bird, que diserta sobre un futuro abierto de posibilidades infinitas, mandando constantes recados a los paladines del futurismo tenebroso y en crisis perpetua, es una bocanada de aire fresco, reivindicando esa fe, que cotiza tan bajo, en el género humano y en su capacidad para sobreponerse a los peores males y escenarios.

Y lo hace desde una militancia Disney casi impoluta, en lo ético y en lo estético. No hay duda de que no hay mejor elemento que Brad Bird para revitalizar subgénero de tales características, pero tampoco de que por primera vez se esmera sin éxito en equilibrar el tono con una película demasiado blanca quizás para un público adulto ávido de futurismos con músculo o conciencia, y a la vez demasiado oscura, melancólica y discursiva como para encandilar a los críos y a los amantes de la ciencia-ficción inocua. Tienes la sensación de que es demasiado dispositivo y logística para película tan leve y, hasta cierto punto, convencional.

Más allá de esa pátina irresistiblemente retro y de la probada competencia de Bird como narrador y cronista de mundos imposibles, nos cuentan una historia que ya nos contaron muchas veces antes. Pero la aventura, con todo, se sostiene moldeada alrededor de personajes con enjundia, un despliegue técnico asombroso y un discurso alentador y no determinista, para variar, sobre el mundo del mañana.

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