El País

Crítica: Feel-bad movie

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha:
Toni Erdmann

Lo mejor:
Un retrato femenino malicioso y en absoluto complaciente

Lo peor:
Aunque se pretenda subversiva, es casi siempre una película simpática hasta lo inocuo

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  • Género: Comedia dramática
  • Fecha de estreno: 20/01/2017
  • Director: Maren Ade
  • Actores: Sandra Hüller (Ines), Peter Simonischek (Winfried), Michael Wittenborn (Henneberg), Thomas Loibl (Gerald), Trystan Pütter (Tim), Ingrid Bisu (Anca), Hadewych Minis (Tatjana)
  • Nacionalidad y año de producción: Alemania, Austria, Rumania, 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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En los primeros minutos de Toni Erdmann, nuevo trabajo de la cineasta, guionista y productora germana Maren Ade, se concretan en un sketch marciano las mejores previsiones sobre lo que se ha convertido, para tantos críticos y cinéfilos, en una de las cumbres audiovisuales de 2016. La película se abre con el diálogo imposible entre un empleado de servicio de mensajería y un anciano de humor retorcido; un encuentro breve y desagradable, punteado por el ruido mórbido de un artefacto para medir la presión sanguínea, un catálogo de revistas pornográficas y unos dientes postizos que obtendrán una presencia recurrente en pantalla. Sin embargo, Toni Erdmann se revelará poco a poco como un filme de espíritu más convencional de lo que prometía.

 A pesar de las loas y galardones recibidos por los largometrajes previos de Ade -Los árboles no dejan ver el bosque (2003) y Entre nosotros (2009)-, Toni Erdmann ha alcanzado la condición de acontecimiento cinematográfico desde su estreno en el pasado Festival de Cannes, donde se alzó con el prestigioso Premio FIPRESCI. Y si hay algo verdaderamente relevante en esta extensa comedia es su afán -en sintonía con una tendencia comentada por mi compañero Diego Salgado a propósito de la reciente White God (2014)- de apropiarse de registros populares -la comedia de tintes absurdos y gamberros hasta lo escatológico- para redefinir los contornos del cine europeo de prestigio. Pero, ¿hasta qué punto ha conseguido Maren Ade instituir unas formas capaces de ahondar, tal como pretende, en los males y contradicciones de la Europa actual?

 En Toni Erdmann, Inès (Sandra Hüller) es una treintañera germana asentada en Bucarest que se desvive por su oficio en una gran empresa. No obstante, bajo su apariencia de mujer independiente, sobrevive al servicio de hombres que la tratan con paternalismo o como catalizador de frustraciones sexuales. Preocupado por ella, su padre, Winfried (meritorio Peter Simonischek), un profesor de música en horas bajas, decide acudir a su rescate a través de un álter ego con peluca y sonrisa demencial que se erige en improbable anti-coach, tratando de devolver lo imprevisible, lo lúdico y lo absurdo a la existencia hiperpautada de su hija.

 Es en los argumentos que maneja, pese a un desarrollo de los mismos a menudo enunciativo, donde Toni Erdmann encuentra su faceta más estimulante: el puntilloso y perverso retrato de Inès, cuya notable formación profesional y éxitos aparentes no la libran de llevar una existencia subsidiaria; el modo progresivo en que Erdmann va calando en el entorno de su hija, menos para transmitirle un mensaje convincente acerca de la búsqueda de la felicidad que para provocar su regresión a un estado pueril del ser; o un significativo -y estupendo- plano final que señala la imposibilidad de sustraerse más que por unos minutos, a partir de una candidez anárquica, de los ritmos que impone un presente dinámico y mutante que reclama constantemente nuestra atención y energías.

 Lamentablemente, los resultados no están a la altura de estos interesantes planteamientos. Toni Erdmann, en sus excesivas dos horas y cuarenta minutos -montadas a partir de decenas de horas grabadas, donde la improvisación cumple, como adivinará el espectador, un papel esencial-, es tan timorata en la desinhibición como torpe a la hora de construir set-pieces que, al margen de su eficacia simbólica -la fiesta nudista que cierra el filme-, hacen gala de una rigidez escénica que impide la fricción fructífera entre la lógica del absurdo y el devenir mecánico de lo cotidiano. Más aún, Toni Erdmann fracasa estrepitosamente como feel-bad movie, dada la falta de arrojo y el sentimentalismo -incluyendo apuntes ideológicos dignos del Ken Loach más 'plasta'- que acaban primando por encima del ánimo revulsivo que preside teóricamente la propuesta. Lo más duro que podemos decir de ella es que, al final, acaba haciéndose simpática.

Tal vez quepa entender la sobrevaloración de Toni Erdmann, pacata y relamida, como inevitable contrapunto del injusto desprecio que sufren comedias populares con tramas similares, aunque en los mejores casos demuestren, en primer lugar, una comprensión de las posibilidades subversivas del humor mucho más audaz, entendiendo que traspasar las fronteras del buen gusto implica a veces hundir el dedo en la llaga de los consensos representacionales de nuestro tiempo; y por otro lado, una aproximación erosiva a los conflictos entre la construcción del ´yo´ y su implicación en el mundo moderno que deja en evidencia a la sobrevalorada obra de Ade. Hablamos, por ejemplo, de las reivindicables Desmadre de padre (2012), Jackass: Bad Grandpa (2013) o Dirty Grandpa (2016).

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