El País

Crítica: Michael Bay reincide en todas las miserias de las dos primeras entregas con más ruido aún si cabe con una secuela tediosa y descompensada

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Transformers: El lado oscuro de la luna

Lo mejor:
Los efectos visuales

Lo peor:
Todo lo demás

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 29/06/2011
  • Director: Michael Bay
  • Actores: Shia Labeouf (Sam Witwicky), Tyrese Gibson (Epps), Josh Duhamel (Coronel William Lennox), John Turturro (Simmons), Rosie Huntington-Whiteley (Carly), Patrick Dempsey (Dylan), Kevin Dunn (Ron Witwicky), Julie White (Judy Witwicky), John Malkovich (Bruce), Frances McDormand (Charlotte Mearing)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2011
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Juraba Michael Bay haber aprendido la lección, ser consciente de haber convertido la saga Transformers: El lado oscuro de la luna es un ente informe cebado de esteroides y yonqui del desmadre digital. Se suponía que el tercer "Transfomers" iba a invertir la tendencia y que el guión dejaría de encajar en el anverso de billete de metro, pero era todo humo. Bay mentía como un bellaco; sigue sin tener guión ni película y tampoco se esmera demasiado en disimularlo.

Lejos de corregir derivas, la tercera entrega de la franquicia enfatiza con fluorescente todas las miserias que salpicaban los dos primeros episodios. Sencillamente esto no es cine, es un sucedáneo; salpicada de píldoras de humor idiota, de caracterizaciones planas e interrelaciones jeroglíficas, a rebufo de las curvas de de un reclamo femenino de anuncio de coche (Rosie Huntington es la nueva chica florero del infumable espectáculo), Transformers: El lado oscuro de la luna quintaesencia la crisis crónica del blockbuster estadounidense que, obsesionado por arrancar al adolescente medio de los mandos de su consola para que pase por taquilla, interpreta el cine como atracción de feria para indignación del abnegado y paciente cinéfilo, testigo frustrado de la insufrible tendencia.

Michael Bay supera todos los listones para descolgarse con una de las peores secuelas de ahora y siempre. Convencido, equivocadamente, de que la acción es el hecho resultante de la acumulación frenética de movimiento Bay procede a demoler San Francisco en un inaguantable clímax de 50 minutos de duración en el que Chicago se cae a trozos ante nuestros hastiados ojos ladrillo a ladrillo.

Estirar el desenlace en modo tan ortopédico es esencial cuando no tienes historia alguna que contar; y Bay no la tiene, ni por asomo. Cuando se esfuerza, poco, en perfilar personajes incurre en un desordenado ridículo impropio de un profesional con tanta mili, cuando asume que no tiene tal historia ni tales personajes procede a llenar la pantalla de dólares amortizados en abrumadores efectos visuales que maquillan el vacío con un afán destructor estomagante cebando el monstruo, que crece más allá de las dos horas y media a base de cine tedioso, amorfo y descompensado.

Lo triste es que Spileberg, arquitecto de la edad de oro del blockbuster estadounidense, gurú del taquillazo con guión y corazón, participe ahora soltando la pasta en la demolición de la dignidad del cine comercial

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