El País

Crítica: No hay vida después de Statham

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Transporter Legacy

Lo mejor:
La estimulante presencia de Ray Stevenson

Lo peor:
El sustituto de Statham: no hay por dónde cogerlo

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  • Género: Acción
  • Fecha de estreno: 04/09/2015
  • Director: Camille Delamarre
  • Actores: Ed Skrein (Frank Martin), Gabriella Wright (Gina), Loan Chabanol (Anna), Ray Stevenson (Frank Martin Sr.), Lenn Kudrjawizki (Leo Imasov), Tatiana Pajkovic (Maria), Radivoje Bukvic (Karasov)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 16 años

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Fidelísima a sí misma, como pidiendo perdón, eso sí, por volver, por enésima vez, con la misma matraca pero con jeta nueva, la nueva entrega de Transporter es, podríamos decir, un ejercicio de autohomenaje, un pastiche autorreferencial o, dicho de otro modo menos fino y cultureta, un más de lo mismo incapaz de maquillar la previsible y abrumadora falta de argumentos para el reboot. Le perdonas la vida de salida o mejor optas por la película de la sala de al lado. Transporter Legacy se desmenuza atendiendo empáticamente a sus mil atenuantes o no se ve. Así de claro. Y es que, en realidad, no hay de qué salir corriendo.

Camille Delamarre es otro funcionario más de la factoría Besson, que no pone pegas ni se descuelga con inoportunos postureos de autor. No es ni más guapo ni más feo que los Leterrier o Megaton de turno. Y es ahí donde vienen las buenas noticias, si eres fan de la saga y no te incomoda el déjà vu, el legado en cuestión da el pego. Hay un par de secuencias de bólido memorable (la brillante fantasmada del aeropuerto se lleva la palma), sugerentes escenarios exóticos, un pelotón de chicas de anuncio y, en fin, una película que camina hacia delante sin guion, y sin complejo alguno por ello. Delamarre brilla poco, porque su única misión es quitarle el polvo a la vieja fórmula y producir un clon medianamente solvente de las películas que ya hemos visto.

Así las cosas, su desempeño es, podríamos decir, razonablemente satisfactorio. Pero el filón, claro, de las tres películas precedentes, el sex-appeal de la marca Transporter, el bastión, el santo y seña, en definitiva, de la saga era la calva de Jason Statham. El carisma se tiene o no se tiene, y la mejor baza (y en realidad casi la única) de la franquicia bressoniana ha sido, hasta la fecha, el fotogénico palmito y el saber estar cuando de dar coces y collejas se trata, de uno de los pocos actores de cine de acción que en los últimos años ha sabido cuajar como icono.

Statham se las pira y la saga, en consecuencia, se queda desnuda y sin razón de ser. Buscar sustituto a un tipo tan insustituible como Statham era una tarea hercúlea, más aún habida cuenta de las estrecheces del presupuesto. El elegido es Ed Skrein, un tipo soso hasta decir basta, unos guaperas que se curra mucho el postureo, promocionándose como modelo, y que pertenece a la escuela de los actores que modulan los matices del personaje poniendo morritos. Delamarre, presumiblemente consciente de las limitaciones del maromo, lo esconde todo lo que puede detrás de un impagable Ray Stevenson, que pone la sal y la pimienta en un elenco que proyecta atonía en cada plano. Sin Statham, básicamente, no hay Transporter. Y si algo viene a dejar meridianamente claro la nueva entrega es que, o vuelve Jason al redil o aquí no hay recorrido ya ni para diez minutos más de franquicia.

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