El País

Crítica: Ricardo Darín exhibe, otra vez, una asombrosa amplitud de registros en la piel de antihéroe de un entrañable cuento en el que comedia y drama se dan armoniosamente la mano

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Un cuento chino

Lo mejor:
Un excelso Ricardo Darín

Lo peor:
El flashback de las Malvinas

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 17/06/2011
  • Director: Sebastián Borensztein
  • Actores: Ricardo Darín (Roberto), Muriel Santa Ana (Mari), Javier Pinto (Italian Lover), Ignacio Huang (Jun)
  • Nacionalidad y año de producción: Argentina, España, 2011
  • Calificación: Todos los públicos

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Un cuento chino, lo advierte el título, es eso, un cuento, una fábula con ogro bueno. En ese registro encaja casi cualquier exabrupto, y aunque a Sebastián Borenzstein le cueste un tanto engarzar el naturalismo costumbrista de una rutina apolillada y gris de ferretería con el desparrame mágico-realista del cuento de hadas puro y simple, su segunda película hace camino siendo fiel a sí misma, dotándose, con criterio, con toda la parafernalia conceptual del cuento con final feliz.

En los cuentos no hay razón para respetar las leyes del principio causa-efecto. Un cuento chino se mueve siempre en el umbral de lo asombroso, de lo increíble, en la concatenación de improbabilidades y ortopédicos bucles del destino. Borenzstein desarrolla todos los tics del cuento clásico; la redención es el fin, pero el medio es netamente moralista: el ogro se hace bueno no por inercia, sino como premio; la bondad acaba por dar sus frutos.

En cualquier otro registro el mensaje, la ingenua candidez bienintencionada del pintoresco relato, se leería como blandengue y almibarada. Borenzstein huye del realismo frontal precisamente para evitar eso: al fin y al cabo Un cuento chino regala la salvación a un ciudadano al que las circunstancias hacen ejemplar a través de la compasión, la solidaridad y la generosidad con el inmigrante.

Podría ser un melodrama ñoño, una comedia cursi con mensaje social pero no lo es. Y no lo es porque Borenzstein pega en la diana con el tono, dosificando con oficio comedia y drama, pero más importante, filtrando la magia, el delirio fabulístico con mesura, insertándolo en el meollo de una comedia trágica con los pies en la tierra a colación de la huida de la soledad crónica de un ermitaño gruñón de pésimas pulgas que se descubre, sin querer y a regañadientes, buen samaritano sumergido en una catarsis de amor y amistad en la que el "lost in translation" emerge como estelar recurso humorístico.

La clave del éxito es la contención del tono, decíamos, y la categoría de un libreto que borda la caracterización de protagonistas y secundarios alrededor de una entrañable batería de diálogos. Pero el quid de la cuestión, otra vez, es Darín, su inconmensurable talento para tomarle el pulso al personaje en cuestión desplegando una asombrosa gama de matices entre lo triste y lo alegre, lo blanco y lo negro. Darín compone aquí un antihéroe memorable en blanco y negro oscilando entre lo trágico y lo cómico con una soltura digna de lo que es, uno de los mejores actores en activo del planeta entero.

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