El País

Crítica: La representación infinita

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Un día perfecto

Lo mejor:
Olga Kurylenko, que merece más de lo que le procura su agente

Lo peor:
Tim Robbins, un mero contenedor de chistes

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  • Género: Drama
  • Fecha de estreno: 28/08/2015
  • Director: Fernando León de Aranoa
  • Actores: Benicio del Toro (Mambrú), Tim Robbins (B), Olga Kurylenko (Katya), Mélanie Thierry (Sophie), Fedja Stukan (Damir), Eldar Residovic (Nikola), Sergi López (Goyo)
  • Nacionalidad y año de producción: España, 2015
  • Calificación: No recomendada menores de 12 años

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Aunque, en base a sus historias, títulos como Barrio (1998), Los lunes al sol (2002), Princesas (2005), Amador (2010) y el que ahora nos ocupa continúen otorgándole a su guionista y director, Fernando León de Aranoa, el título de campeón español del cine social contemporáneo en dura liza con Icíar Bollaín, una mirada más atenta nos permite descubrir que, posiblemente, León de Aranoa nunca ha abandonado el ámbito de su ópera prima y ficción aun a fecha de hoy más lograda, Familia (1996).

 Y hemos escogido ese término con toda intención, dado que aquella tragicomedia protagonizada por Juan Luis Galiardo en la piel de un tipo adinerado que contrataba a un grupo de extraños para que simulasen ser miembros de su familia el día de su cumpleaños, jugaba a varios niveles con el carácter escenográfico de toda ficción, incluyendo la que presta sentido a nuestro día a día, en el ámbito de una sociedad contemporánea en la que el individuo ya tiene a su disposición las herramientas necesarias como para gestionar -en tanto actor o incluso demiurgo- los constructos que articulan su lugar en el mundo.

 Así, los conflictos de clase, como se percibía especialmente en Princesas y Amador, pero también de forma más soterrada en Barrio y Los lunes al sol, ya no tienen tanto que ver en el cine de León de Aranoa con los conflictos económicos, como con la dialéctica y la representación, con los beneficios y servidumbres que nos aporta el rol social que se nos ha adjudicado, que nos hemos adjudicado. Es la razón de que, en mayor o menor medida, todas las películas de León de Aranoa estén recorridas por una tensión creativa resuelta con apuros entre el realismo y la retórica; entre unas determinadas certidumbres en torno a situaciones injustas, y la constatación de la dificultad, por parte de los personajes y su propio cine, de hacer algo tangible más allá del papel en el que se sienten cómodos aun jugando a la contra.

 En la estela curiosamente de una de las últimas realizaciones de Icíar Bollaín, También la lluvia (2010), Un día perfecto vuelve a ser manifestación de la problemática descrita. Se trata de la adaptación al cine de Dejarse llover, mediocre novela testimonial y didáctica de una ex-cooperante en Organizaciones No Gubernamentales, Paula Farias, que pretendía honrar la labor de quienes alivian los sufrimientos de la población civil en zonas sumidas en catástrofes naturales o, como es el caso, bélicas: no cuesta nada reconocer como los Balcanes de mediados de los años noventa la región donde cruzan sus destinos un estadounidense (al que da vida en pantalla Tim Robbins), una rusa ( Olga Kurylenko), una francesa (Mélanie Thierry) y un puertorriqueño ( Benicio Del Toro), empeñados en preservar la salubridad de un pozo de agua en medio de un ambiente de odio étnico y violencia siempre a punto de estallar.

 A quien haya visto películas como Territorio Comanche (1997), Welcome to Sarajevo (1997) o En tierra de nadie (2001), no le sorprenderá en lo más mínimo lo que brindan las imágenes de Un día perfecto, mezcla bienintencionada de lugares comunes narrativos, dramáticos e ideológicos que, de hecho, exuda en casi todo instante una molesta sensación de deja vu, de producto algo anacrónico. Un defecto que subrayan un diseño de producción poco inspirado, actores de renombre que se limitan a brindarnos su fotogenia, y un tono desenfadado debido principalmente a los chascarrillos de Tim Robbins y un aluvión de canciones pop susceptible de enervar al espectador. Sin embargo, se cargan tanto en ese último aspecto las tintas, se cuestiona de manera tan persistente la relevancia del relato desde dentro del mismo, que el mensaje habitual en este tipo de cintas sobre la utilidad o no del trabajo humanitario en escenarios dantescos, llega al extremo de atañer a la propia Un día perfecto, que en muchas escenas parece que nos estuviese interpelando sobre la necesidad, la pertinencia, el interés de su discurso humanista; sobre sus cualidades y su calidad como ficción.

 Si durante gran parte del metraje hemos tenido la sensación de hallarnos ante una función adocenada, cuando termina la película nos queda la duda de si no habrá sido precisamente esa la ambición de Fernando León de Aranoa: hacernos comprender que, tal y como se plantean ciertos argumentos, en la vida real o mediante la obra de arte, no pueden constituir otra cosa que actos de una única representación eterna, en la que cambiasen las apariencias pero todos nos supiésemos ya desde hace tiempo -tanto da si como creadores o como espectadores- los papeles, las entradas, las salidas, el momento exacto en que caerá el telón y podremos pasar a otra cosa.

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